07 Diciembre 2003 Seguir en 

Los textos que Julio Ardiles Gray reúne en este libro, varios de los cuales aparecieron en estas páginas de LA GACETA, no parecen vincularse con el doloroso nacimiento que William Faulkner adjudicó a la creación literaria, producida, según su discurso de aceptación del Nobel, con "agonía y sudor". El discurso poético de este tucumano, monterizo por más señas, impresiona en cambio como un gozoso discurrir del lenguaje en torno de imágenes impregnadas de delicada emoción; un fluir que se brinda libremente, sin un compromiso formal con uniformidades de estilo, privilegiando en cambio las incursiones exploratorias en diversos registros del discurrir poético. Esta amable convivencia del soneto con el haiku, del discurso lírico sugerente y profundo con el ritmo juguetón de las rimas infantiles, y hasta del español con el francés, hace de este pequeño volumen una caja de sorpresas cuyo denominador común es la fe en el poder evocador del lenguaje.
Agrupados en secciones, los textos individuales tienen, sí, la solidez de una creación alerta y cuidadosa, marca de una pautada fidelidad al tono elegido. "Acentos para una balada" reúne poemas que rezuman nostalgia por el perdido paraíso de la infancia, temática recurrente en Ardiles Gray, que se prolonga en un suave tono de anticipada nostalgia ante la posible cercanía de la muerte y que, en mi opinión, alcanza su máximo logro en el poema VI, en el que los habitantes de la memoria disfrutan de sus alegres encuentros, inocentes del hecho de que se extinguirán junto con quien los alberga.
Los cuatro "Sonetos" siguientes celebran la belleza de ciertos momentos que regala la vida. Los "Cuatro haikus", si bien poética y formalmente impecables, pecan de la impronta que esta forma poética japonesa viene adquiriendo en español: expresar una idea en vez de limitarse a sugerirla a través de una imagen puramente sensorial. Los "Disparates" incluyen rimas infantiles y juegos verbales a partir de refranes populares.
Los "Tres poemas en francés", a cuyos misterios idiomáticos accedí gracias a la generosa ayuda de la profesora Silvia Martínez Aráoz de Glesser, son el homenaje a una cultura que Ardiles Gray exploró desde su juventud. En esta lengua elabora, con pericia y humor, un homenaje a François Villon (1431-1463?) -cultor de la nostalgia, el ubi sunt de los latinos-, que dedica al cantautor Georges Brassens (1921-1981), uniendo dos momentos -y dos monumentos- de la creatividad gala. El segundo poema en francés se acerca a los "Disparates" ya mencionados, y el tercero, más formal, lanza una mirada ética sobre los conflictos sociales ocasionados en Francia -o en cualquier lugar del mundo-, por el fenómeno de la inmigración.
Plural, inquieto, siempre maestro, Julio Ardiles Gray cierra su libro con una sensata "Carta a un joven que quiere ser poeta". Sin pretensiones de constituir una ars poetica, lo que él mismo juzga que sería "presuntuoso", desliza aquí frases definitorias, como cuando alude a la capacidad de la poesía de "romper el blindaje de las apariencias". Confiamos en que nuestro Julio continúe explorando, como lo viene haciendo desde los legendarios días de La Carpa, tal capacidad.(c) LA GACETA
Agrupados en secciones, los textos individuales tienen, sí, la solidez de una creación alerta y cuidadosa, marca de una pautada fidelidad al tono elegido. "Acentos para una balada" reúne poemas que rezuman nostalgia por el perdido paraíso de la infancia, temática recurrente en Ardiles Gray, que se prolonga en un suave tono de anticipada nostalgia ante la posible cercanía de la muerte y que, en mi opinión, alcanza su máximo logro en el poema VI, en el que los habitantes de la memoria disfrutan de sus alegres encuentros, inocentes del hecho de que se extinguirán junto con quien los alberga.
Los cuatro "Sonetos" siguientes celebran la belleza de ciertos momentos que regala la vida. Los "Cuatro haikus", si bien poética y formalmente impecables, pecan de la impronta que esta forma poética japonesa viene adquiriendo en español: expresar una idea en vez de limitarse a sugerirla a través de una imagen puramente sensorial. Los "Disparates" incluyen rimas infantiles y juegos verbales a partir de refranes populares.
Los "Tres poemas en francés", a cuyos misterios idiomáticos accedí gracias a la generosa ayuda de la profesora Silvia Martínez Aráoz de Glesser, son el homenaje a una cultura que Ardiles Gray exploró desde su juventud. En esta lengua elabora, con pericia y humor, un homenaje a François Villon (1431-1463?) -cultor de la nostalgia, el ubi sunt de los latinos-, que dedica al cantautor Georges Brassens (1921-1981), uniendo dos momentos -y dos monumentos- de la creatividad gala. El segundo poema en francés se acerca a los "Disparates" ya mencionados, y el tercero, más formal, lanza una mirada ética sobre los conflictos sociales ocasionados en Francia -o en cualquier lugar del mundo-, por el fenómeno de la inmigración.
Plural, inquieto, siempre maestro, Julio Ardiles Gray cierra su libro con una sensata "Carta a un joven que quiere ser poeta". Sin pretensiones de constituir una ars poetica, lo que él mismo juzga que sería "presuntuoso", desliza aquí frases definitorias, como cuando alude a la capacidad de la poesía de "romper el blindaje de las apariencias". Confiamos en que nuestro Julio continúe explorando, como lo viene haciendo desde los legendarios días de La Carpa, tal capacidad.(c) LA GACETA







