FRANCISCO “PANCHO” GALINDEZ

y el otro recoge su sombra"
Pancho Galíndez
Noche. Soledad. Calor. Asfixia. Las teclas de la vieja Olivetti
rebotan ahora en el silencio. El amor desvela su barba
y se descuelga en poemas. En ese espejo, donde resbala su otro yo,
hay voces amanecidas, ecos de una infancia que se hamaca
en una lluvia detenida por el tiempo. La vida se ha sentado en su silla
y con sus ruedas le camina el corazón y el alma.
En sus pupilas, explota la risa, también esa ginebra fraterna
que se hospeda en la bohemia y las ausencias.
Las flores de sus pensamientos llevan nombres de mujeres
que han despabilado su ternura para poder enamorarlo.
Manos, brazos, piernas conversan en el aire.
Laberintos. Espejos. Escaques. Sonidos que tropiezan en su boca.
El cine, una mano abierta. El teatro, un abrazo vivo.
Su cabeza es un tablero, donde caballo siete alfil
es sinónimo de duda y torre ocho rey, de jaque mate.
Inválido. Espástico. Los poemas escriben su cuerpo.
No hay penumbras ni obstáculos
que su corazón y su mente no puedan derrotar.
El amor sopla el ombligo de esa silla de ruedas,
donde se demora su humanidad maltrecha.Esa noche,
Pancho Galíndez se cayó en la lágrima de un poema
y sus ojos no pudieron levantarse.







