Enorme liviandad

Por Rodolfo Alonso

30 Noviembre 2003
Yo también, como el agudo Alfonso Berardinelli en más alta ocasión, después de tantos años de trajinar el oficio en estas páginas, debo disculparme con los lectores: tenía que escribir un comentario sobre el libro del rubro, y no me fue posible. ¿Será porque, regresando de Bélgica e Italia, lo que me obligó a frecuentar varios otros aeropuertos de países distintos pero sin embargo prácticamente similares entre sí, pude ver en todos la misma tapa de este mismo libro reiterado hasta la saturación en todos los idiomas? ¿Será porque la misma contratapa repite en todos esos clones que el autor ya tuvo más de cuarenta y tres millones de libros vendidos y lectores en más de ciento cincuenta países, cifras que harto difícilmente podrían llegar a verse modificadas por opinión crítica alguna? ¿Será que, después de estadísticas tan hábilmente esgrimidas, no pude soportar la liviandad (a mi modesto entender no exenta de cinismo) con que desde el breve prólogo el autor se anima a pretender hablar de aquello que me preocupa, y no de lo que a todos les gustaría escuchar? ¿O será porque, ya en la tercera página, me fue imposible soportar -casi como una ofensa personal- un lugar común de este calibre: los pobres mantienen siempre la esperanza, independientemente de las tragedias que siempre les suceden? (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios