30 Noviembre 2003 Seguir en 

Hay profesores universitarios y profesores universitarios. Los unos, la mayoría, suelen pasar por las aulas sin dejar huellas de significación. Otros, y entre ellos se encuentra hoy, en primera línea, José Emilio Burucúa, en el área de las humanidades, difunden; enseñan lo que importa; abren rutas; gestan un discipulado entusiasta y agradecido. Ya hace unos pocos años, Burucúa exhibía los frutos de lo que debe ser un scholar auténtico con su libro Corderos y elefantes, un denso e ilustrado antecedente que explica, en parte, que el Fondo de Cultura Económica le haya editado el libro que aquí, muy escuetamente, se reseña.
Se centra en el pensamiento de uno de los más fecundos investigadores del arte y la cultura que el pensamiento occidental de fines del siglo 19 y comienzo del 20 ha producido: el alemán Aby Warburg (1866-1929). La calidad y la originalidad de su pensamiento, rico en incitaciones que abarcan un espectro muy variado, han sido justamente valoradas e interpretadas por el autor, quien, en reiterados trabajos, ha puesto de manifiesto las virtudes intelectuales de Warburg y, en cierto modo, se ha puesto bajo su égida. Warburg, que eligió el Renacimiento, a partir del florentino, como centro de sus especulaciones, desarrolló una serie de postulaciones acerca de los diversos tiempos históricos que contribuyeron a iluminar, desde la creación artística, una serie de problemas de alta complejidad y que llevaron a la construcción de una densa red de vinculaciones entre la historia, la filosofía, las imágenes y representaciones religiosas y mágicas, la antropología y otras disciplinas. Para entender, a la postre, qué es lo que ocurre ahora, y no sólo en el mundo del arte. Conceptos como la "Pathosformel" y el "Denkraum" han servido, entre otros, al mejor conocimiento de hitos con un alto valor cultural. Warburg, un hombre de considerable fortuna personal, dejó, a su muerte relativamente temprana, una biblioteca de aproximadamente 60.000 volúmenes que discípulos y amigos trasladaron desde su primera sede en Hamburgo a la Universidad de Londres, para salvarla de la horda parda.La lista de los deudores de Warburg es reveladora de su sensibilidad y su saber. Los argentinos estamos también incluidos y, aparte del autor del libro comentado, debe mencionarse a Héctor Ciocchini e, indirectamente, a Marasso y Martínez Estrada, según opinión de Burucúa. Los europeos, por lo demás, constituyen una legión de nombres con brillo propio: Cassirer, Gombrich, Panowsky, Benjamin, Carlo Ginzburg, por ejemplo. Lo que no es poco, ciertamente.(c) LA GACETA
Se centra en el pensamiento de uno de los más fecundos investigadores del arte y la cultura que el pensamiento occidental de fines del siglo 19 y comienzo del 20 ha producido: el alemán Aby Warburg (1866-1929). La calidad y la originalidad de su pensamiento, rico en incitaciones que abarcan un espectro muy variado, han sido justamente valoradas e interpretadas por el autor, quien, en reiterados trabajos, ha puesto de manifiesto las virtudes intelectuales de Warburg y, en cierto modo, se ha puesto bajo su égida. Warburg, que eligió el Renacimiento, a partir del florentino, como centro de sus especulaciones, desarrolló una serie de postulaciones acerca de los diversos tiempos históricos que contribuyeron a iluminar, desde la creación artística, una serie de problemas de alta complejidad y que llevaron a la construcción de una densa red de vinculaciones entre la historia, la filosofía, las imágenes y representaciones religiosas y mágicas, la antropología y otras disciplinas. Para entender, a la postre, qué es lo que ocurre ahora, y no sólo en el mundo del arte. Conceptos como la "Pathosformel" y el "Denkraum" han servido, entre otros, al mejor conocimiento de hitos con un alto valor cultural. Warburg, un hombre de considerable fortuna personal, dejó, a su muerte relativamente temprana, una biblioteca de aproximadamente 60.000 volúmenes que discípulos y amigos trasladaron desde su primera sede en Hamburgo a la Universidad de Londres, para salvarla de la horda parda.La lista de los deudores de Warburg es reveladora de su sensibilidad y su saber. Los argentinos estamos también incluidos y, aparte del autor del libro comentado, debe mencionarse a Héctor Ciocchini e, indirectamente, a Marasso y Martínez Estrada, según opinión de Burucúa. Los europeos, por lo demás, constituyen una legión de nombres con brillo propio: Cassirer, Gombrich, Panowsky, Benjamin, Carlo Ginzburg, por ejemplo. Lo que no es poco, ciertamente.(c) LA GACETA







