MIGUEL DE MONTAIGNE, segun el UNICO RETRATO QUE SE CONOCE DE EL.
30 Noviembre 2003 Seguir en 

Montaigne escribe en francés. Es el primer pensador en expresarse como tal en esa lengua. ¿Qué implica el abandono del latín? El francés es la lengua de la experiencia vivida fuera del campo de las investiduras asumidas por la identidad oficial. Montaigne no escribe para un público existente sino en proceso de existencia. Si su lector no precede a su escritura es porque Montaigne creará a su lector. Lo convalidará como tal al convocarlo a reunirse con él en un idioma sin historia literaria. Montaigne, con su obra, autoriza la construcción de ese lector casi inédito. Al definirse como escritor, nos ofrece a la vez algunos de los rasgos distintivos del lector al que se dirige. Dice él que no escribe como tratadista ni como experto: "Yo me comunico como Miguel de Montaigne, no como poeta, gramático o jurisconsulto". De igual modo, va en busca de un lector inespecífico. De un lector que no lee como especialista a especialistas. Que excede como lector el campo de lo profesional, de la contención de lo subjetivo en lo profesional. Montaigne escribe para uno cualquiera. Uno cualquiera es ese que habla, ante todo y con todos, francés, lengua del vulgo. Lengua de lo vulgar. Lengua de lo común. De ningún modo aún lengua de la cultura decantada. (Ya llegará la hora, algunas décadas más adelante, a mediados del siglo XVII, en que el francés hará pública su intención de reemplazar al latín). Pero si queremos al menos vislumbrar qué implica escribir en francés hacia 1580 recordemos que, por entonces, si algo había para decir se lo decía y se lo debía decir en latín. El latín establecía el universo de lo consensuado como inteligible. Apartarse de él equivalía a reconocer que no se tenía nada que decir en el orden de lo convenido y aceptado como digno de expresión. Si no había qué decir y, aun así, el querer decir insistía, entonces correspondía decirlo en francés. Lo que expresa Montaigne es tan inédito como la lengua en que lo expresa. ¿Y qué dice Montaigne de nuevo? De nuevo Montaigne dice yo. Toma la palabra para emplearla en la primera persona del singular. Para explorar la primera persona del singular. Si nos atenemos a su singularidad retórica, Montaigne rompe con una tradición filosófica. Pero hay que decir que tampoco es un tratadista. No propone una enunciación lógicamente convincente. Atendamos a lo que asegura en su ensayo "Del arrepentimiento": "Yo no enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar". Y agrega: "Yo no pinto el ser, pinto el pasaje". "El pasaje", es decir la transición, el tránsito, la condición gerundial del ser: su siendo. ¡Remotísima cuestión que desveló a Heráclito y a Parménides! ¿Cómo retratar lo que está en movimiento?
¿Recuerdan ustedes el momento que precede al epílogo de El Aleph, cuando Borges se apronta a enunciar lo que le brinda la contemplación de la "pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor"? "Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo recogeré". Sí, algo del tránsito se hace residuo en el lenguaje. Así lo cree Montaigne también. Lo provisional de una forma hace mella en el decir. El enunciado conjetural será para él su sintaxis. "Si mi alma pudiera hacer pie -declara- no ensayaría". Esto es lo decisivo. Montaigne ensaya. El ensayo no sólo habla sobre lo provisorio sino desde él. Lo encarna. Se resiste, en su modalidad discursiva, a toda cristalización. Hay en Montaigne una renuncia explícita a lo inequívoco pues en ello se desdibuja para él la singularidad. Renuncia a lo universal que no emana de lo singular. No subsume al yo en la lógica formal. Lo extrae del anonimato. Lo escucha. Ensayo significa, entonces, entonación verbal de una vivencia. Nunca transmisión de un saber constituido de antemano y trasladado luego a la escritura. Un enunciado, el del ensayo, que dice del sujeto en su singularidad irreductible. La propia experiencia entendida como lo que da que hablar gana, de esta manera, estatuto literario, el primer plano de la expresión. Si es cierto, como Montaigne asegura, que "cada hombre lleva en sí la forma de la humana condición", debe entonces pronunciarse, al escribir, como tal hombre singular porque sólo así, conjugándolo todo en la primera persona, se hará evidente "la humana condición".
¿De qué quiere hablar Montaigne? De él. ¿Y él qué es? Aquello en lo cual no hace pie. No puede hacer pie. ¿Y entonces? Entonces ensaya. Tantea. Oscila. Tartamudea. Da vida a una retórica de la conjetura: la de la aproximación infinita a su asunto. Un asunto que él, que nada sabe, conoce, paradójicamente, mejor que nadie: Miguel de Montaigne. ¿Y a quién puede importarle Miguel de Montaigne si no es más que "sí mismo"? Vuelve a decirnos: "Cada hombre lleva en sí la forma de la humana condición". Hablar de uno es hablar de lo inviable como certeza, de lo inviable como objeto del saber apodíctico. Hablar de uno como inviabilidad de la certeza y del saber es hablar de la "humana condición". De la subjetividad como inconclusión. Dominio no colonizable por la voluntad de poder. Terra incognita de la "interioridad". Territorio no reductible a la condición de reino. Paraje o extensión sin límite. Lo amorfo. Escenario de lo inconquistable en tanto se acepte su transitividad incesante. Decir la propia verdad es declararse inapropiable para sí, anunciar y denunciar la verdad como impropia, como lo que no puede pertenecernos como sustancia. La heteronomía no es, pues, un recurso literario, es un destino. El reverso de "ensayarse" es resolverse. Lo otro del ensayo es el estreno. La puesta en escena de lo constituido. "Si mi alma pudiera hacer pie, no me ensayaría, me resolvería". El discurso de la resolución, el que cierra ilusoriamente la fisura, es el discurso del saber. Quien quiera saber, admite Montaigne en el prólogo de sus Ensayos, no deberá leerlo. "Yo no enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar".
Montaigne pinta, se pinta. Retrata su forma en incesante transición. Lo irreductible de su presencia en el mundo a un perfil definido, consumado. No es dueño de sí. Es su habitante. Su inquilino. Su observador. Un observador sujeto ante todo a la curiosidad. Sin afán principista ni anhelo de sistematización. Es el primer escritor de ideas que separa lo normativo -el deber ser- del estudio del hombre, en el sentido de que no escribe desde lo normativo hacia el sujeto. No supedita la experiencia al tamiz del deber ser. Procede exactamente al revés.
Auberbach recuerda que el de Montaigne es un "estilo socrático". "Algo libre, desenvuelto, cercano a la vida diaria". Tiene razón. Si algo quiere Montaigne es ser oído. Oído antes que leído. Bioy Casares, en una nota bien conocida, entiende que el ensayo debe tener y brindar la atmósfera "de una conversación junto al fuego". Se trata, pues, de intimidad. Del reverso de lo público. Se trata de lo que invita a celebrar la afinidad, la empatía, el encuentro.
Con respecto a una modernidad colonizadora, sedienta de inventariar y de gerenciar lo real, Montaigne es un denunciante. Es la otra modernidad. La que viene a aguar la fiesta de la autosuficiencia y del ciframiento de lo real. La que pondrá en tela de juicio el ardid del universalismo eurocéntrico y el del racionalismo imperial. De su misma estirpe son Sánchez, Pascal en altísima medida, Cervantes y Shakespeare. ¿Filósofos? ¿Pensadores? ¿Artistas? La otra modernidad. La de los hombres que no han querido hablar para hacer callar a quienes no coincidieran con ellos ni a lo que de sí mismos no coincidiera con ellos. Montaigne y los abanderados de lo trágico en un tiempo en que el progreso se empeña en hacer olvidar lo irresoluble por estructura. El insospechado renacimiento de lo trágico. Los herederos de Sófocles, Eurípides y Esquilo. Los auténticos humanistas.
Cabe, por último, la pregunta eminente. Si la experiencia del yo y el yo de la experiencia son lo inestable por antonomasia, si el objeto "yo" escapa sin cesar a la enunciación, ¿de qué "sí mismo" nos habla Montaigne?
Leámoslo: "Yo no puedo fijar mi objeto; se mueve confuso y renqueante, en una ebriedad natural. Lo agarro en algún lugar, tal como es en el preciso instante en el que me ocupo de él". Pues bien, ¿Quién es ese que lo agarra? ¿Quién es ese que se ocupa de él? ¿Cómo se relacionan mutación y unidad del yo? ¿Cómo piensa Montaigne la identidad del yo? Acota Peter Bürger: "Tiene que haber algo que conecte las partes de tal modo que el yo pueda concebir sus exteriorizaciones como suyas propias". Montaigne concluye que la unidad del yo está en la facultad de juzgar. Esa es la instancia creadora de unidad, nos propone, preanunciando notablemente a Kant. Pero aclaremos: tal facultad, en su caso, no preexiste a la escritura. La escritura, nos dice en sus anotaciones tardías, constituye los procedimientos de autoconciencia. A ella le debe él la posibilidad de saberse tal como se sabe. La escritura, pues, no es mediación. No es herramienta. El hombre escribe para ser. Ser significa, con Montaigne, ser expresión. No es una operación a posteriori, un acto de traslado o de transposición del saber a la grafía. El auténtico ensayista no informa sobre lo que ya sabe valiéndose para ello de la escritura. En otra ocasión yo lo he dicho así: no se escribe para decir lo que se sabe sino para llegar a saber qué se quiere decir. El escritor no transmite conclusiones.
Conclusiones transmiten los que saben. El escritor da forma a su juicio, pronunciándose. Redacta para ser, es lo que dice. Se autoconvoca a la existencia mediante la palabra. La escritura lo vertebra. La escritura funda lo que explora y al que explora. El sujeto, entonces, no construye una obra sino que se construye como una obra. Es productor en la medida en que es lo producido. Se ha objetivado en la medida en que se ha subjetivado. "Yo mismo -declara Montaigne- soy el contenido de mi libro". Salta a la vista el papel del acto; la escritura como acción constituyente. Nos damos el ser al proceder. Con ello nos hemos desplazado del terreno teológico (venir a ser por obra de otro) al terreno ontológico-productivo moderno: (configurar el ser mediante la propia obra). "Pues es en el mundo de la acción donde el alma se halla a sí misma" -escribirá Hegel dos siglos más tarde.
Valerse de la escritura para dar a conocer lo que ya se sabe es cosa de expertos. Recurrir a la escritura para constituir nuestro ser es menester de seres vivientes que aspiran a retratarse como tales y ello quiere decir de seres finitos, de seres que obran bajo la imposición del límite, en respuesta al límite que impide darse por concluidos en la medida en que les dice, como proverbiales columnas de Hércules, nec plus ultra.
Para finalizar, una reflexión de Oscar Wilde que hubiera sido improbable sin Montaigne. La extraje de De profundis: "Los hombres cuyo deseo consiste únicamente en realizarse a sí mismos, no saben nunca adónde van. Ni pueden saberlo. En cierto sentido de la palabra es necesario, por supuesto, según decía el oráculo griego, conocerse a sí mismo; y esta es la primera consecuencia del conocimiento. Pero reconocer que el alma humana es desconocida es la suprema realización de la sabiduría. El misterio final reside en uno mismo. Cuando se ha pesado el Sol en la balanza, medido los pasos de la Luna y dibujado el mapa de los siete cielos, estrella por estrella, todavía queda nuestro propio ser". ¿Crisis de la Modernidad? Oigámosla, por ejemplo, como el reclamo de la singularidad reivindicando para sí otro espacio que aquel a que lo condene la identidad de lo idéntico. (c) LA GACETA
¿Recuerdan ustedes el momento que precede al epílogo de El Aleph, cuando Borges se apronta a enunciar lo que le brinda la contemplación de la "pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor"? "Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo recogeré". Sí, algo del tránsito se hace residuo en el lenguaje. Así lo cree Montaigne también. Lo provisional de una forma hace mella en el decir. El enunciado conjetural será para él su sintaxis. "Si mi alma pudiera hacer pie -declara- no ensayaría". Esto es lo decisivo. Montaigne ensaya. El ensayo no sólo habla sobre lo provisorio sino desde él. Lo encarna. Se resiste, en su modalidad discursiva, a toda cristalización. Hay en Montaigne una renuncia explícita a lo inequívoco pues en ello se desdibuja para él la singularidad. Renuncia a lo universal que no emana de lo singular. No subsume al yo en la lógica formal. Lo extrae del anonimato. Lo escucha. Ensayo significa, entonces, entonación verbal de una vivencia. Nunca transmisión de un saber constituido de antemano y trasladado luego a la escritura. Un enunciado, el del ensayo, que dice del sujeto en su singularidad irreductible. La propia experiencia entendida como lo que da que hablar gana, de esta manera, estatuto literario, el primer plano de la expresión. Si es cierto, como Montaigne asegura, que "cada hombre lleva en sí la forma de la humana condición", debe entonces pronunciarse, al escribir, como tal hombre singular porque sólo así, conjugándolo todo en la primera persona, se hará evidente "la humana condición".
¿De qué quiere hablar Montaigne? De él. ¿Y él qué es? Aquello en lo cual no hace pie. No puede hacer pie. ¿Y entonces? Entonces ensaya. Tantea. Oscila. Tartamudea. Da vida a una retórica de la conjetura: la de la aproximación infinita a su asunto. Un asunto que él, que nada sabe, conoce, paradójicamente, mejor que nadie: Miguel de Montaigne. ¿Y a quién puede importarle Miguel de Montaigne si no es más que "sí mismo"? Vuelve a decirnos: "Cada hombre lleva en sí la forma de la humana condición". Hablar de uno es hablar de lo inviable como certeza, de lo inviable como objeto del saber apodíctico. Hablar de uno como inviabilidad de la certeza y del saber es hablar de la "humana condición". De la subjetividad como inconclusión. Dominio no colonizable por la voluntad de poder. Terra incognita de la "interioridad". Territorio no reductible a la condición de reino. Paraje o extensión sin límite. Lo amorfo. Escenario de lo inconquistable en tanto se acepte su transitividad incesante. Decir la propia verdad es declararse inapropiable para sí, anunciar y denunciar la verdad como impropia, como lo que no puede pertenecernos como sustancia. La heteronomía no es, pues, un recurso literario, es un destino. El reverso de "ensayarse" es resolverse. Lo otro del ensayo es el estreno. La puesta en escena de lo constituido. "Si mi alma pudiera hacer pie, no me ensayaría, me resolvería". El discurso de la resolución, el que cierra ilusoriamente la fisura, es el discurso del saber. Quien quiera saber, admite Montaigne en el prólogo de sus Ensayos, no deberá leerlo. "Yo no enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar".
Montaigne pinta, se pinta. Retrata su forma en incesante transición. Lo irreductible de su presencia en el mundo a un perfil definido, consumado. No es dueño de sí. Es su habitante. Su inquilino. Su observador. Un observador sujeto ante todo a la curiosidad. Sin afán principista ni anhelo de sistematización. Es el primer escritor de ideas que separa lo normativo -el deber ser- del estudio del hombre, en el sentido de que no escribe desde lo normativo hacia el sujeto. No supedita la experiencia al tamiz del deber ser. Procede exactamente al revés.
Auberbach recuerda que el de Montaigne es un "estilo socrático". "Algo libre, desenvuelto, cercano a la vida diaria". Tiene razón. Si algo quiere Montaigne es ser oído. Oído antes que leído. Bioy Casares, en una nota bien conocida, entiende que el ensayo debe tener y brindar la atmósfera "de una conversación junto al fuego". Se trata, pues, de intimidad. Del reverso de lo público. Se trata de lo que invita a celebrar la afinidad, la empatía, el encuentro.
Con respecto a una modernidad colonizadora, sedienta de inventariar y de gerenciar lo real, Montaigne es un denunciante. Es la otra modernidad. La que viene a aguar la fiesta de la autosuficiencia y del ciframiento de lo real. La que pondrá en tela de juicio el ardid del universalismo eurocéntrico y el del racionalismo imperial. De su misma estirpe son Sánchez, Pascal en altísima medida, Cervantes y Shakespeare. ¿Filósofos? ¿Pensadores? ¿Artistas? La otra modernidad. La de los hombres que no han querido hablar para hacer callar a quienes no coincidieran con ellos ni a lo que de sí mismos no coincidiera con ellos. Montaigne y los abanderados de lo trágico en un tiempo en que el progreso se empeña en hacer olvidar lo irresoluble por estructura. El insospechado renacimiento de lo trágico. Los herederos de Sófocles, Eurípides y Esquilo. Los auténticos humanistas.
Cabe, por último, la pregunta eminente. Si la experiencia del yo y el yo de la experiencia son lo inestable por antonomasia, si el objeto "yo" escapa sin cesar a la enunciación, ¿de qué "sí mismo" nos habla Montaigne?
Leámoslo: "Yo no puedo fijar mi objeto; se mueve confuso y renqueante, en una ebriedad natural. Lo agarro en algún lugar, tal como es en el preciso instante en el que me ocupo de él". Pues bien, ¿Quién es ese que lo agarra? ¿Quién es ese que se ocupa de él? ¿Cómo se relacionan mutación y unidad del yo? ¿Cómo piensa Montaigne la identidad del yo? Acota Peter Bürger: "Tiene que haber algo que conecte las partes de tal modo que el yo pueda concebir sus exteriorizaciones como suyas propias". Montaigne concluye que la unidad del yo está en la facultad de juzgar. Esa es la instancia creadora de unidad, nos propone, preanunciando notablemente a Kant. Pero aclaremos: tal facultad, en su caso, no preexiste a la escritura. La escritura, nos dice en sus anotaciones tardías, constituye los procedimientos de autoconciencia. A ella le debe él la posibilidad de saberse tal como se sabe. La escritura, pues, no es mediación. No es herramienta. El hombre escribe para ser. Ser significa, con Montaigne, ser expresión. No es una operación a posteriori, un acto de traslado o de transposición del saber a la grafía. El auténtico ensayista no informa sobre lo que ya sabe valiéndose para ello de la escritura. En otra ocasión yo lo he dicho así: no se escribe para decir lo que se sabe sino para llegar a saber qué se quiere decir. El escritor no transmite conclusiones.
Conclusiones transmiten los que saben. El escritor da forma a su juicio, pronunciándose. Redacta para ser, es lo que dice. Se autoconvoca a la existencia mediante la palabra. La escritura lo vertebra. La escritura funda lo que explora y al que explora. El sujeto, entonces, no construye una obra sino que se construye como una obra. Es productor en la medida en que es lo producido. Se ha objetivado en la medida en que se ha subjetivado. "Yo mismo -declara Montaigne- soy el contenido de mi libro". Salta a la vista el papel del acto; la escritura como acción constituyente. Nos damos el ser al proceder. Con ello nos hemos desplazado del terreno teológico (venir a ser por obra de otro) al terreno ontológico-productivo moderno: (configurar el ser mediante la propia obra). "Pues es en el mundo de la acción donde el alma se halla a sí misma" -escribirá Hegel dos siglos más tarde.
Valerse de la escritura para dar a conocer lo que ya se sabe es cosa de expertos. Recurrir a la escritura para constituir nuestro ser es menester de seres vivientes que aspiran a retratarse como tales y ello quiere decir de seres finitos, de seres que obran bajo la imposición del límite, en respuesta al límite que impide darse por concluidos en la medida en que les dice, como proverbiales columnas de Hércules, nec plus ultra.
Para finalizar, una reflexión de Oscar Wilde que hubiera sido improbable sin Montaigne. La extraje de De profundis: "Los hombres cuyo deseo consiste únicamente en realizarse a sí mismos, no saben nunca adónde van. Ni pueden saberlo. En cierto sentido de la palabra es necesario, por supuesto, según decía el oráculo griego, conocerse a sí mismo; y esta es la primera consecuencia del conocimiento. Pero reconocer que el alma humana es desconocida es la suprema realización de la sabiduría. El misterio final reside en uno mismo. Cuando se ha pesado el Sol en la balanza, medido los pasos de la Luna y dibujado el mapa de los siete cielos, estrella por estrella, todavía queda nuestro propio ser". ¿Crisis de la Modernidad? Oigámosla, por ejemplo, como el reclamo de la singularidad reivindicando para sí otro espacio que aquel a que lo condene la identidad de lo idéntico. (c) LA GACETA







