¿Aprendices o aprendices de brujo?

Este artículo, que tiene como autores a uno de los intelectuales franceses más influyentes y reconocidos de la segunda mitad del siglo XX, fallecido el año pasado, y a uno de los sociólogos más prestigiosos de Francia, forma parte del libro "Los herederos. Los estudiantes y la cultura", inédito en castellano, y que será próximamente editado en nuestro idioma por la editorial Siglo XXI.

“EL INTERCAMBIO UNIVERSITARIO ES UN INTERCAMBIO DE DONES DONDE CADA UNO DE LOS PARTICIPANTES ACUERDA AL OTRO LO QUE ESPERA DE EL, EL RECONOCIMIENTO DE SU PROPIO DON”. “EL INTERCAMBIO UNIVERSITARIO ES UN INTERCAMBIO DE DONES DONDE CADA UNO DE LOS PARTICIPANTES ACUERDA AL OTRO LO QUE ESPERA DE EL, EL RECONOCIMIENTO DE SU PROPIO DON”.
23 Noviembre 2003
¿Hay que concluir que el estudiante está condenado a un rol pasivo, como si no hubiera otra alternativa que entre la digestión y la creación? La imagen romántica del trabajo intelectual y la impaciencia de las disciplinas impuestas a uno mismo conducen a algunos a tildar de infantil la actividad específica del aprendiz de intelectual; a saber, el aprendizaje de la actividad intelectual a través del entrenamiento y del ejercicio. Pues es al organizar ese "hacer" ficticio, como la educación prepara con ese ejercicio a los estudiantes para hacer, haciendo lo que hay que hacer para hacerse.
Dicho de otro modo, el estudiante no tiene ni podría tener otra tarea que trabajar por su propia desaparición en tanto que estudiante. Lo que supondría que se asume como estudiante y como estudiante provisorio: trabajar en su propia desaparición en tanto que estudiante sería entonces trabajar por la desaparición del profesor como profesor apoderándose de aquello por lo cual es profesor, ayudado en esto por el profesor que se daría como tarea preparar su propia desaparición en tanto que profesor. Esto sirve para mostrar que la mistificación por excelencia consiste en negarse mágicamente en tanto que estudiante negando al profesor como profesor por medio de la utopía de la participación en la creación de la cultura, es decir, creyendo abolirse en tanto estudiante cuando no se hace más que rehusarse a ser estudiante sin imponerse la paciencia ni el trabajo de la negación.
Los modelos de conducta profesional y de conducta estudiantil construidos por la hipótesis de la racionalidad de los fines y de los medios están, como se ve, igualmente alejados de la realidad actual. Así, profesores y estudiantes pueden estar de acuerdo en la denuncia de la pasividad de los estudiantes sin dejar por eso de disfrutar de las ventajas que les procura. Es demasiado evidente que, sobre todo en París, el estudiante está condenado a no ser nunca algo más que el término pasivo de la relación pedagógica. Si se percibe como sujeto manejado, desprovisto de iniciativa y reducido, como una estatua de Condillac, a una pura receptividad es porque se hace que toda su actividad sea la del registro: acumula material y mentalmente el saber y, dispensado de crear y sobre todo de ejercitarse en crear, es el receptáculo puro del saber profesoral. Pero imputar ese estado de cosas únicamente al conservadurismo de los profesores autoritarios es dispensarse de analizar las satisfacciones profundas que procura a los estudiantes, lo que conduciría a comprender mejor las satisfacciones que asegura en el mismo movimiento a los profesores: jamás un profesor exige toda la pasividad que los estudiantes le acuerdan y la invitación profesoral a la participación activa no alcanza para sacar de la pasividad a los estudiantes modelados por el sistema y sometidos a la lógica del sistema, como tampoco lo logra el espartaquismo estudiantil que rechaza la opresión profesoral en nombre del mito de la creación estudiantil, como si la pasividad sólo tuviera como su opuesto a la creación.Del mismo modo que todo el mundo acuerda en definir al estudiante como alguien que estudia, sin sacar de eso las mismas consecuencias, también se convendrá con certeza que ser estudiante es prepararse a través del estudio para un porvenir profesional. Pero no es superfluo desplegar todas las implicaciones de esta formulación. Es en principio decir que la acción de estudiar es un medio al servicio de un fin que le es exterior, es decir luego que la acción presente sólo adquiere sentido en referencia a un futuro que ese presente no prepara sino preparando su propia negación. Se sigue de allí que una condición que se define como provisoria no puede deber su seriedad más que a la condición para la que se prepara, o, en otros términos, que el presente no tiene realidad salvo por procuración o por anticipación. También a condición de llevar la lógica a su extremo, la manera más racional de cumplir con el oficio de estudiante consistiría en organizar toda la acción presente en referencia a las exigencias de la vida profesional y en poner en práctica todos los medios racionales para alcanzar, en el menor tiempo posible y lo más perfectamente posible, ese fin explícitamente asumido.La realidad es muy diferente. Todo sucede como si los estudiantes, beneficiándose en esto de la complicidad interesada de sus profesores, trabajaran inconscientemente en disfrazarse la verdad de su trabajo, separando su presente de su futuro y a los medios de los fines a los que se supone deben servir. Si lo que hacen los estudiantes, es decir lo que se les hace hacer, les suele parecer un "fingimiento" o un "hacer como si" es que el trabajo no se acompaña, como en otras partes, de las gratificaciones serias y palpables que se continúan directamente de las tareas profesionales. Un futuro ligado al presente por demasiadas mediaciones corre siempre el riesgo de ser considerado como ficticio y de manera ficticia. La autonomización de un estado esencialmente provisorio y transitorio permite al estudiante olvidarse como tal al olvidar su futuro. Con ese fin, la tradición universitaria le propone dos grandes modelos que, en apariencia contradictorios, están igualmente probados, "el animal de exámenes" o el "diletante". El primero, fascinado por el éxito académico, pone al servicio del examen el olvido de todo lo que esté más allá de él, comenzando por la calificación que supone que garantiza el examen. Al estudiante "obsesionado" por el horizonte limitado de los plazos académicos se opone, en apariencia, el "diletante", que no conoce más que los horizontes indefinidamente postergados de la aventura intelectual. La ilusión del aprendizaje como fin en sí mismo cumple con la aspiración a la condición de intelectual, aprendiz eterno, pero sólo de manera mágica, pues debe negar los fines a los que sirve realmente el aprendizaje; a saber, el acceso a una profesión, aunque sea intelectual. En ambos casos, es el mismo esfuerzo por inmovilizar ficticiamente -eternizándolo o autonomizándolo- un presente que apela objetivamente a su propia desaparición.
Estas dos maneras de vivir la vida de estudiante sin vivirla no conviven tan felizmente entre los estudiantes, y a veces dentro del mismo estudiante, porque son producidas y estimuladas por todo el sistema universitario y porque procuran a los profesores, a la vez adversarios y cómplices, las razones y los medios de vivir el oficio de profesor tal como les gusta. En efecto, alcanza con que el estudiante se haga de su condición una imagen racional y realista para que el profesor se vea enfrentado a exigencias que lo relegan al rol de auxiliar pedagógico. La tarea profesional del profesor no es ya más que un momento de un proyecto profesional del cual deja de ser dueño y cuya verdad se le escapa. Del mismo modo que algunos estudiantes se niegan mágicamente en tanto que estudiantes o, lo que resulta ser lo mismo, niegan mágicamente al profesor en tanto profesor, de igual modo, numerosos profesores, que se las ingenian valiéndose de todos los recursos del carisma para negar la posibilidad de su propia negación en tanto que maestros, se rehusarían absolutamente a ese rol instrumental.
La experiencia mistificada de la condición de estudiante autoriza la experiencia encantada de la función profesoral: la puesta en relación, técnicamente acondicionada, entre un pedagogo y un aprendiz, puede ser sustituida por un encuentro de elección entre elegidos. Dado que permite a los profesores aparecer como maestros que comunican una cultura total a través de su don personal, ese juego de las complacencias recíprocas y complementarias obedece a la lógica de un sistema que, como el sistema francés en su forma actual, parece servir a los fines tradicionales más que a los racionales y trabajar objetivamente para formar hombres cultivados más que hombres de oficio. El propio curso magistral sigue siendo un intercambio pues la proeza del virtuoso se dirige implícitamente a sujetos dignos de recibirla y de apreciarla. El intercambio universitario es un intercambio de dones donde cada uno de los participantes acuerda al otro lo que espera de él, el reconocimiento de su propio don. (c) LA GACETA

(Traducción del original en francés de Marcos Meyer)

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