16 Noviembre 2003 Seguir en 

El nombre de James Joyce aparece asociado en la memoria colectiva a su libro Ulises, considerado por algunos críticos y lectores como "El mejor libro del siglo XX".
Indudablemente es una obra maestra de la literatura universal. Pero hay una constante en el conjunto de todos sus escritos -que incluyen a Ulises por supuesto, con su manifiesta "musicalidad" de la palabra y el entorno- que es la obsesión por dublín, Irlanda, ciudad en la que había nacido, en 1882.
Cuando pensamos en los escritores que ensalzaron a la ciudad en la que nacieron -o a su ciudad de adopción- incorporándola a su obra, rememoramos a Fernando Pessoa y a Lisboa; a Benito Pérez Galdos y a Madrid o a Honorato de Balzac y París, entre otros. Si se trata de argentinos los nombres de Jorge Luis Borges (Fervor de Buenos Aires); Manuel Mujica Láinez (La casa, Misteriosa Buenos Aires); Eduardo Gudiño Kieffer (Carta abierta a Buenos Aires violento, Será por eso que la quiero tanto) o Leopoldo Marechal (Adán Buenos Aires) entre otros, nos vienen a la memoria. Pero el caso de James Joyce es sumamente particular y distintivo porque esa remembranza se mantiene como la saudade latente o manifiesta de Pessoa por Lisboa, en casi la totalidad de su obra. Esta característica, junto al monólogo interior -unida al realismo y al simbolismo- configura la tónica de su obra. Salvo en su primer libro Música de cámara, poemario con reminiscencias, de Flaubert, y de la poesía lírica isabelina publicado hacia 1907, en el resto de su obra hace referencia a Dublín casi sin excepción. Así, los quince cuentos que integran el volumen de Dublineses, escritos entre 1904 y 1907, y publicados en 1914, conforman una epifanía piadosa sobre la ciudad y su gente, descrita con prosa cuidada y perspicaz. El término "Epifanía" (manifestación) fue usado por Joyce en el sentido de "expresión o revelación de ciertos valores interiores, intrínsecos, desde la memoria remanente". En ese sentido todo el libro Dublineses es una epifanía. En sus cuentos, Joyce pinta, esculpe sus personajes con caracteres y trazos finos inspirado en su memoria afectiva y en el amor por Dublín y sus habitantes.
Lo interesante de Dublineses -que también se puede percibir en buena parte del conjunto de las creaciones del autor- es que el libro está concebido como si Dublín fuese una persona, (¿acaso una mujer?). O al menos produce esa impresión, bastante probable si se tiene en cuenta que su esposa y él mismo se encuentran insertos también en Ulises y en otras de sus novelas. Teniendo en cuenta el conjunto de sus escritos creo avizorar cierta transferencia de esa nostalgia de Dublín hacia las mujeres de su vida (madre, esposa, hija), sentimiento luego proyectado en sus novelas, ennoblecido con su genialidad creativa. Desde ella el autor cuenta al mundo, recrea para el mundo su amada y odiada ciudad. Desde esa perspectiva, la infancia se encuentra ficcionada en los cuentos Las hermanas y Un encuentro, entre otros. La adolescencia, personificada en sus relatos: Eveline, Después de la carrera, Los dos galanes y Casa de huéspedes. La vida adulta, alegóricamente expresada en los cuentos Una pequeña nube; Revancha, y Arcilla. Y cierra el conjunto de las narraciones con historias de la vida pública, de la política y de la ciudad en El día de la hiedra en la sede del comité electoral. Dublín es para él la ciudad de la quietud; "La ciudad de la parálisis" a su decir, donde el tiempo parecía haberse detenido comparándolo con París, la ciudad de su exilio voluntario durante treinta y cinco años, contando sus distintas estadías. Pero esta aseveración respecto de Dublín es relativa porque ¿quién puede pensar que en un ámbito relativamente pequeño no pueda ocurrir un mundo de eventos, de sucesos? Ya el interior de cada individuo es todo un universo. Sus mismos relatos en Dublineses -y mucho más en Ulises- así lo prueban. Es que amaba a París, pero Dublín representaba "La verdadera patria". Era la nostalgia la que contaba, aquella saudade de Pessoa y de tantos otros escritores.
En Retrato del artista adolescente (1916), la novela que inaugura en su obra un nuevo estilo, transforma su obsesión por Dublín en un extraño y bello laberinto. En él como en un sueño, el juego de realidades convive con símbolos salidos desde la memoria, del mascullar con sus recuerdos. Un verdadero monólogo con el espejo. Habla consigo mismo en un estilo personalísimo y genial que luego, en Ulises y en Finnegans Wake, su libro posterior, llegan a asumir características de verdadera filosofía. Los cinco capítulos que componen el libro reflejan al protagonista casi especularmente dentro de una atmósfera medieval a través de sus monólogos. Si bien en la época de estudiante universitario abandonó (ética aunque no dogmáticamente) su fe inicial, durante su adolescencia Joyce se había educado en un colegio jesuita. Formado en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, la duda aristotélica, la impronta tomista contribuyen a su estilística. El tipo de narración de Retrato del artista adolescente se asemeja además por momentos al discurrir de Lope de Vega o al de Quevedo en España, por cierta elaboración y expresivo bizantinismo. Y en medio de ellos, siempre Dublín.
En 1918 publica Desterrados, una autobiografía intelectual en la que la inteligencia y los sentimientos, el arte y el amor, buscan su propio espacio en un drama casi ibseniano. Pero ello fue sólo una pausa hasta llegar a Ulises, publicada en París en 1922. Tardó siete años en hacerlo y fue escrito en tres ciudades: Trieste, Zurich y París. Valió la pena esperar tanto tiempo. El resultado fue una obra gratamente sorprendente, con una incomparable complejidad de estilos pero sobre todo valorada por la novedad de su técnica narrativa y el monólogo interior, que había comenzado en Retrato del artista adolescente. La obra transcurre en un Dublín transformado en Mediterráneo, transformado en un pequeño universo, en el mes de junio de 1904, cuando se encuentran como en la Odisea de Homero -a la que se hace mención en varios capítulos- el agente de publicidad irlandés Leopold Bloom con el escritor Stephen Dedalus. Bloom está acompañado por su mujer Molly (fácilmente identificable con su esposa en la realidad, Nora Barnacle). Ellos conviven durante veinticuatro horas de un día cualquiera, concebido según el desarrollo sinfónico que va traduciendo en libro, la "música de las ideas", como suele decir el escritor y editor español Jorge A. Mestras. Leopold Bloom buscaba simbólicamente un hijo y Stephen Dedalus encontrarse a través de la escritura convocado por una vocación e inspiración emergente desde su subconsciente. Aparte de ser sumamente original sobre la base de personajes sencillos, el encuentro es poético y emotivo, casi etéreo. Aquí el empleo del monólogo interior mencionado es utilizado en forma intensiva y aparece asociado a otras técnicas narrativas como el naturalismo, el realismo psicológico y la parodia de estilos literarios sabiamente aplicados, configurando un libro memorable.
La idea de Dublín, el recuerdo en vivo de su ciudad amada, aparece una vez más en 1939, en su obra Finnegans Wake, en donde construye un poema del sueño. Todo lo que le sucede en una noche al tabernero dublinés de origen escandinavo Humphrey Climpden Earwicker, es el supremo intento de James Joyce por entender y compartir la esencia de la vida y de recrearla desde la ficción. La obra está escrita como una serie o sucesión ininterrumpida de sueños que transcurren durante esa noche. Sumamente ecléctica, en ella intervienen en una extraordinaria mélange, figuras históricas y míticas, el propio Earwicker, conocidos y familiares dublineses, todos desde su imaginación creativa onírica.
En esta obra, Joyce llevó su experimentación al límite del paroxismo, describiendo desde las técnicas enunciadas a sus personajes y explorando con detallismo autoexigente sus facetas de artistas, amantes y protagonistas. De esa forma las mezquindades y grandezas que conforman los variados aspectos de sus personalidades o de sus relaciones familiares, se ven favorecidas por igual. Ello llevó a la creación de un estilo propio que inspiró a partir de allí, y aun luego de su muerte, en 1941, a miles de escritores de todo el mundo a otorgarle su reconocimiento generalizado, contándose entre sus primeros y fervientes seguidores a Samuel Beckett.
Se dice que la amistad con escritores de la talla de Heminway y Faulkner enriquecieron su inventiva. Sin desmerecer los beneficios que dicha amistad privilegiada seguramente le procuraron creo conveniente señalar que su trato con los escritores fue a partir de 1920, año en que Joyce se instaló en París, lugar donde residían los escritores americanos. Esa fecha es posterior a la publicación de Dublineses (1914), Retrato del artista adolescente (1916). Incluso la revista Little Review, en 1918, había dado ya a conocer anticipos de Ulises; fue prohibida luego hacia 1920 y publicada finalmente en 1922.
Resulta interesante señalar que las dos obras más destacadas de James Joyce, además, se refieren a personajes de su Dublín natal, lo que se traduce en un teatro de los acontecimientos geográficamente acotado (aunque toda la obra de J. Joyce es un gran teatro de lo más sorprendente, especialmente estas dos novelas) transcurren además en tiempos literarios pequeños. En Ulises el encuentro dura veinticuatro horas. Finnegans Wake transcurre y se resuelve en una noche. Es que el tiempo de la literatura es casi adimensional e inabarcable, y sus obras maestras imperecederas, eternas como el aire, la tierra, el agua. Todo un aliciente para quien valore y ame el mundo de la ficción y de la creación literaria, como en el caso de Ulises, y se acerque a participar de la melodía subyugante de su música. (c) LA GACETA
Indudablemente es una obra maestra de la literatura universal. Pero hay una constante en el conjunto de todos sus escritos -que incluyen a Ulises por supuesto, con su manifiesta "musicalidad" de la palabra y el entorno- que es la obsesión por dublín, Irlanda, ciudad en la que había nacido, en 1882.
Cuando pensamos en los escritores que ensalzaron a la ciudad en la que nacieron -o a su ciudad de adopción- incorporándola a su obra, rememoramos a Fernando Pessoa y a Lisboa; a Benito Pérez Galdos y a Madrid o a Honorato de Balzac y París, entre otros. Si se trata de argentinos los nombres de Jorge Luis Borges (Fervor de Buenos Aires); Manuel Mujica Láinez (La casa, Misteriosa Buenos Aires); Eduardo Gudiño Kieffer (Carta abierta a Buenos Aires violento, Será por eso que la quiero tanto) o Leopoldo Marechal (Adán Buenos Aires) entre otros, nos vienen a la memoria. Pero el caso de James Joyce es sumamente particular y distintivo porque esa remembranza se mantiene como la saudade latente o manifiesta de Pessoa por Lisboa, en casi la totalidad de su obra. Esta característica, junto al monólogo interior -unida al realismo y al simbolismo- configura la tónica de su obra. Salvo en su primer libro Música de cámara, poemario con reminiscencias, de Flaubert, y de la poesía lírica isabelina publicado hacia 1907, en el resto de su obra hace referencia a Dublín casi sin excepción. Así, los quince cuentos que integran el volumen de Dublineses, escritos entre 1904 y 1907, y publicados en 1914, conforman una epifanía piadosa sobre la ciudad y su gente, descrita con prosa cuidada y perspicaz. El término "Epifanía" (manifestación) fue usado por Joyce en el sentido de "expresión o revelación de ciertos valores interiores, intrínsecos, desde la memoria remanente". En ese sentido todo el libro Dublineses es una epifanía. En sus cuentos, Joyce pinta, esculpe sus personajes con caracteres y trazos finos inspirado en su memoria afectiva y en el amor por Dublín y sus habitantes.
Lo interesante de Dublineses -que también se puede percibir en buena parte del conjunto de las creaciones del autor- es que el libro está concebido como si Dublín fuese una persona, (¿acaso una mujer?). O al menos produce esa impresión, bastante probable si se tiene en cuenta que su esposa y él mismo se encuentran insertos también en Ulises y en otras de sus novelas. Teniendo en cuenta el conjunto de sus escritos creo avizorar cierta transferencia de esa nostalgia de Dublín hacia las mujeres de su vida (madre, esposa, hija), sentimiento luego proyectado en sus novelas, ennoblecido con su genialidad creativa. Desde ella el autor cuenta al mundo, recrea para el mundo su amada y odiada ciudad. Desde esa perspectiva, la infancia se encuentra ficcionada en los cuentos Las hermanas y Un encuentro, entre otros. La adolescencia, personificada en sus relatos: Eveline, Después de la carrera, Los dos galanes y Casa de huéspedes. La vida adulta, alegóricamente expresada en los cuentos Una pequeña nube; Revancha, y Arcilla. Y cierra el conjunto de las narraciones con historias de la vida pública, de la política y de la ciudad en El día de la hiedra en la sede del comité electoral. Dublín es para él la ciudad de la quietud; "La ciudad de la parálisis" a su decir, donde el tiempo parecía haberse detenido comparándolo con París, la ciudad de su exilio voluntario durante treinta y cinco años, contando sus distintas estadías. Pero esta aseveración respecto de Dublín es relativa porque ¿quién puede pensar que en un ámbito relativamente pequeño no pueda ocurrir un mundo de eventos, de sucesos? Ya el interior de cada individuo es todo un universo. Sus mismos relatos en Dublineses -y mucho más en Ulises- así lo prueban. Es que amaba a París, pero Dublín representaba "La verdadera patria". Era la nostalgia la que contaba, aquella saudade de Pessoa y de tantos otros escritores.
En Retrato del artista adolescente (1916), la novela que inaugura en su obra un nuevo estilo, transforma su obsesión por Dublín en un extraño y bello laberinto. En él como en un sueño, el juego de realidades convive con símbolos salidos desde la memoria, del mascullar con sus recuerdos. Un verdadero monólogo con el espejo. Habla consigo mismo en un estilo personalísimo y genial que luego, en Ulises y en Finnegans Wake, su libro posterior, llegan a asumir características de verdadera filosofía. Los cinco capítulos que componen el libro reflejan al protagonista casi especularmente dentro de una atmósfera medieval a través de sus monólogos. Si bien en la época de estudiante universitario abandonó (ética aunque no dogmáticamente) su fe inicial, durante su adolescencia Joyce se había educado en un colegio jesuita. Formado en Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, la duda aristotélica, la impronta tomista contribuyen a su estilística. El tipo de narración de Retrato del artista adolescente se asemeja además por momentos al discurrir de Lope de Vega o al de Quevedo en España, por cierta elaboración y expresivo bizantinismo. Y en medio de ellos, siempre Dublín.
En 1918 publica Desterrados, una autobiografía intelectual en la que la inteligencia y los sentimientos, el arte y el amor, buscan su propio espacio en un drama casi ibseniano. Pero ello fue sólo una pausa hasta llegar a Ulises, publicada en París en 1922. Tardó siete años en hacerlo y fue escrito en tres ciudades: Trieste, Zurich y París. Valió la pena esperar tanto tiempo. El resultado fue una obra gratamente sorprendente, con una incomparable complejidad de estilos pero sobre todo valorada por la novedad de su técnica narrativa y el monólogo interior, que había comenzado en Retrato del artista adolescente. La obra transcurre en un Dublín transformado en Mediterráneo, transformado en un pequeño universo, en el mes de junio de 1904, cuando se encuentran como en la Odisea de Homero -a la que se hace mención en varios capítulos- el agente de publicidad irlandés Leopold Bloom con el escritor Stephen Dedalus. Bloom está acompañado por su mujer Molly (fácilmente identificable con su esposa en la realidad, Nora Barnacle). Ellos conviven durante veinticuatro horas de un día cualquiera, concebido según el desarrollo sinfónico que va traduciendo en libro, la "música de las ideas", como suele decir el escritor y editor español Jorge A. Mestras. Leopold Bloom buscaba simbólicamente un hijo y Stephen Dedalus encontrarse a través de la escritura convocado por una vocación e inspiración emergente desde su subconsciente. Aparte de ser sumamente original sobre la base de personajes sencillos, el encuentro es poético y emotivo, casi etéreo. Aquí el empleo del monólogo interior mencionado es utilizado en forma intensiva y aparece asociado a otras técnicas narrativas como el naturalismo, el realismo psicológico y la parodia de estilos literarios sabiamente aplicados, configurando un libro memorable.
La idea de Dublín, el recuerdo en vivo de su ciudad amada, aparece una vez más en 1939, en su obra Finnegans Wake, en donde construye un poema del sueño. Todo lo que le sucede en una noche al tabernero dublinés de origen escandinavo Humphrey Climpden Earwicker, es el supremo intento de James Joyce por entender y compartir la esencia de la vida y de recrearla desde la ficción. La obra está escrita como una serie o sucesión ininterrumpida de sueños que transcurren durante esa noche. Sumamente ecléctica, en ella intervienen en una extraordinaria mélange, figuras históricas y míticas, el propio Earwicker, conocidos y familiares dublineses, todos desde su imaginación creativa onírica.
En esta obra, Joyce llevó su experimentación al límite del paroxismo, describiendo desde las técnicas enunciadas a sus personajes y explorando con detallismo autoexigente sus facetas de artistas, amantes y protagonistas. De esa forma las mezquindades y grandezas que conforman los variados aspectos de sus personalidades o de sus relaciones familiares, se ven favorecidas por igual. Ello llevó a la creación de un estilo propio que inspiró a partir de allí, y aun luego de su muerte, en 1941, a miles de escritores de todo el mundo a otorgarle su reconocimiento generalizado, contándose entre sus primeros y fervientes seguidores a Samuel Beckett.
Se dice que la amistad con escritores de la talla de Heminway y Faulkner enriquecieron su inventiva. Sin desmerecer los beneficios que dicha amistad privilegiada seguramente le procuraron creo conveniente señalar que su trato con los escritores fue a partir de 1920, año en que Joyce se instaló en París, lugar donde residían los escritores americanos. Esa fecha es posterior a la publicación de Dublineses (1914), Retrato del artista adolescente (1916). Incluso la revista Little Review, en 1918, había dado ya a conocer anticipos de Ulises; fue prohibida luego hacia 1920 y publicada finalmente en 1922.
Resulta interesante señalar que las dos obras más destacadas de James Joyce, además, se refieren a personajes de su Dublín natal, lo que se traduce en un teatro de los acontecimientos geográficamente acotado (aunque toda la obra de J. Joyce es un gran teatro de lo más sorprendente, especialmente estas dos novelas) transcurren además en tiempos literarios pequeños. En Ulises el encuentro dura veinticuatro horas. Finnegans Wake transcurre y se resuelve en una noche. Es que el tiempo de la literatura es casi adimensional e inabarcable, y sus obras maestras imperecederas, eternas como el aire, la tierra, el agua. Todo un aliciente para quien valore y ame el mundo de la ficción y de la creación literaria, como en el caso de Ulises, y se acerque a participar de la melodía subyugante de su música. (c) LA GACETA
Bibliografía: James Joyce, Gens de Dublín, Plon, (París, 1950); A Portrait of the artist as a young man. P. Books, N. York, 1991. Dublineses, J. Joyce, Lumen 1980; Dubliners, traduc. De Joseph Club; J.J. Dublín, Jorge A. Mestas, Edic. Escol, Madrid 2000; James Joyce, Ulises, Vol I, E. Lumen, Trad. de J.M. Valverde.







