
Cuando usualmente hablamos de lectores, pareciéramos darle un único sentido a tal dedicación y este es el comienzo de muchos errores. Poder leer no es saber leer un libro, como tragar no es comer: será condición necesaria pero no suficiente.
Resultan interesantes al respecto ciertas observaciones del escritor C.S. Lewis, un docente de Oxford y Cambridge, colega y amigo de J.R.R. Tolkien, cuando distingue entre dos tipos de lectores, buenos y malos, caracterizando formas acertadas o equivocadas de lectura, verdaderas y falsas.Según Lewis, el mal lector no se comporta de otro modo que como lo hace por lo general alguna gente con la pintura o con la música.Hay personas que, ante un cuadro, lo único que les importa es lo que este representa como estímulo para la imaginación, la vida emotiva o tal vez las sensualidades que cargan. Mirar una pintura es para ellas buscar conmoverse, impresionarse, ensoñarse, reavivando nostalgia o renovando anhelos y usando las imágenes del cuadro como disparador.
A otros les ocurre igual con la música. Seleccionan en su percepción las melodías y ritmos de las obras que escuchan, en la medida que hagan consonancias con sus subjetividades y estados anímicos actuales o deseables. (El mismo Diccionario de la Real Academia Española, en una de sus definiciones, concibe la música como una combinación de sonidos "que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente": el patrimonio artístico de siglos reducido a un par de estados de ánimo).
En los dos casos estos espectadores miran y no ven, oyen y no escuchan, omiten y desechan lo que no les sirve: ciegos para los matices y la composición de un cuadro, sordos al desarrollo arquitectónico de una obra musical. El extremo opuesto de lo que enseñaba entre nosotros fray Mario Petit de Murat, marcando como una de las notas más distintivas del goce estético el desinterés: contemplar las cosas en relación con ellas y no para sí, respetando en consecuencia su integridad, pues la inteligencia frente a lo bello no toca, no quita, no altera".
Es claro que este uso desviado puede realizarse hasta con las grandes obras consagradas, violentando su percepción, pero más propio resulta lograrlo con las vulgares que ya hayan allanado el camino a este abordaje utilitario.
El buen y el mal lector
Si trasladamos estos criterios a la literatura podremos comprobar que el buen lector, cuando lo es de verdad, tiene en el encuentro de su vida con ciertos libros una experiencia transformadora tras la cual nunca será el mismo ni verá en lo sucesivo las cosas como antes de conocer esas obras que ya constituirán un mojón significativo en el desplegarse de su personalidad. El no trocea ni selecciona: se entrega al mundo propuesto por un libro, se abre a él lo comparta o no posteriormente; escucha al otro suspendiendo el escucharse a sí mismo. Lee para enriquecerse con otras visiones de la vida y no para potenciar o aderezar estéticamente la suya, pues tiene la necesaria humildad que pide el sentido común para saber que la humanidad es más vasta que la palma de su mano.
El lector equivocado, en cambio, solamente quiere encontrarse con aquello que ya busca, presentado en habilidosas variaciones temáticas que él supone son el único servicio de la literatura. Hasta es impaciente con los tiempos ajenos: le fastidian las lentitudes detallistas, las descripciones dilatadas (a excepción de las eróticas), del mismo modo que seguramente en materia de cine preferirá sin vueltas el ritmo narrativo de las películas norteamericanas sobre las europeas.
Gustará o de cierto verismo casi documentalista o de cualquier argumento fantasioso pero nunca poético y creerá que hay en esas obras más artes que en las mejores creaciones. Leerá sin escuchar con los ojos: la musicalidad de las palabras no le interesa pues quiere en ellas sentido, no sonidos, y mejor si se encadenan en frases hechas que, aunque gastadas, le resulten periodísticamente familiares, o sea que le hayan traducido y reducido la vida prosaicamente, sin peligros de honduras.
No es cuestión de intenciones torcidas en todo los casos, sino de intenciones utilitarias siempre. Puedo usar un libro para afrodisiarme y esto es una mala lectura, pero tan mala como leer otro para "elevarme culturalmente" o cualquier motivación muy noble pero ajena a la literatura en sí.
Masificación del mal lector
Si bien estos desvíos tienen tanta antigüedad como la existencia de los libros mismos, hoy se han agigantado con el individualismo feroz que envenena todos los aspectos de nuestra existencia en el mundo contemporáneo, donde al hombre no le interesa sino buscarse a sí en todas las cosas. No es extraño entonces que el mal gusto se desborde y masifique precisamente con el advenimiento del burgués y la exacerbación del individualismo con su mentalidad utilitaria consecuente. (El mal gusto, al fin, no es apenas una nesciencia estética o el gusto por lo malo en sí y a sabiendas sino la preferencia egocéntrica por todo lo que pueda engolosinar mi mundo limitado, así haya que malear para eso hasta las intuiciones del buen gusto).
Por supuesto que el espíritu mercantil, invaliéndolo todo, se ha ocupado convenientemente de esto. Cierta industria editorial propone hoy libros cuyas ofertas nada tienen que hacer con lo verdaderamente literario, potenciando cada vez más los vicios de la mala lectura como una estrategia comercial generadora de abultadas ganancias.
Que no nos confunda por eso la sobreabundancia contemporánea del libro: la literatura no está en los catálogos de las editoriales, las vidrieras de las librerías o el ruido multicolor de las ferias, sino en la pasión empecinada de los lectores genuinos y anónimos, y sólo ahí.
¿Qué ha ocurrido entonces ante este eclipse y parodia sustituta del buen libro? La literatura, como todo el arte, ha buscado eludir tal utilitarismo deformante y creciente, despojándose y abstrayéndose, tirando lastres por la borda. Aquí cabe en gran parte la historia del arte moderno. Pero este intento en el naufragio tiene al menos un riesgo: las dificultades de comunicación de tales creaciones con el público llano. Como resultado muchas veces el arte genuino pareciera quedar para el goce de iniciados y entendidos. Los plásticos saben mirarse entre ellos; los literatos leerse entre sí y, en el mejor de los casos, el público obtenido no va más allá de los críticos. (Y todavía peor, queda entonces la puerta entornada para los simuladores del arte, esos falsarios que enturbian las aguas para que parezcan profundas, según el decir de Friedrich Nietzsche).
De este modo, mientras la buena literatura se pone a prudente distancia, la mediocre o mala proporciona una utilidad deleitosa pasajera, tan sólo una más, al lector vulgar. Así es como el libro se ha vuelto algo irrelevante en las vidas contemporáneas, incapaz de suscitar apasionamiento alguno a nadie.
La opción de los clásicos
Muy de otro modo era el camino de los clásicos. Diego de Velázquez, Ludwig van Beethoven, Miguel de Cervantes, que son casos ejemplares, se manejan con una representación figurativa en el óleo; un tema melódico en la sinfonía; un argumento narrativo y lineal en la novela, mas no se quedan allí. Arrancan desde un punto de partida, comunicable, pero para llevar a los espectadores hacia regiones de excelencia, transfigurándolo todo con su genio en cimas del arte. William Shakespeare en sus tragedias sería el ejemplo rotundo y de síntesis. Tales clásicos atrapan con ese señuelo al espectador, conduciéndolo luego adonde no sabían e inicialmente no pretendían. Decimos señuelo, pero no es sino la fuerza de universalidad de los auténticos creadores haciendo puentes comunicables que llevan de lo popular hacia el arte cultivado. Es como la seducción en el amor, introduciendo al amante desde las atrayentes hermosuras exteriores, a sus más recónditos y dulces aposentos.
Pensamos por eso que son los clásicos quienes inicialmente pueden rescatar hoy a la gente de los torcimientos en la lectura. El mal lector no es un sujeto despreciable y muchas veces esconde a un lector atrofiado y no enviciado al que le falta madurar y completarse con una verdadera apertura por la cual escuchar y contemplar otros mundos distintos al suyo.
Muchos objetarán que el polvo venerable de los clásicos abre un abismo frente al lector contemporáneo y no es así. Hay un clásico de iniciación para cada lector posible y la clave está en encontrarlo. De nada han de servir las introducciones históricas, biográficas o críticas: importa el encuentro directo y desnudo entre libro y lector, ritual de magia donde se suscita misteriosamente ese hechizo luego imposible de conjurar. Como para el amor, sólo nos es dado provocar un encuentro. Más que esto nadie -nunca- nada pudo hacer. Con gracia decía el maestro Leonardo Castellani que basta un solo hombre para llevar un caballo al río, pero ni cinco juntos podrían hacerlo beber el agua si no quiere.
No es una cuestión menor esta de la lectura. Importa, y mucho, que no haya vocaciones de verdaderos lectores extraviadas tal vez para siempre. La cultura requiere que haya en cada comunidad y renovándose generacionalmente quienes vivan, perseveren y se perfeccionen como lectores. La cultura necesita de quienes le den su tercera dimensión, la de la profundidad, para usar el lenguaje del filósofo tucumano Alberto Rougés.
Todo esto, es claro, de una manera siempre abierta, pues todo don pasa a ser atributo desperdiciado y pertenencia injusta si no se pone al servicio de los demás, Y la palabra, no lo olvidemos, nos ha sido concedida también para ir hacia los otros. (c) LA GACETA







