09 Noviembre 2003 Seguir en 

Contar la propia vida -de eso se trata una autobiografía- es una empresa ardua; imagino muy difícil verse a uno mismo en un mágico desdoblamiento, acaso imposible, diría el psicoanálisis. En líneas generales, los escritores hacen de su vida una novela más, unos con más suerte que otros, por cierto.
María Esther de Miguel teje, con sencillez y encanto, una trama memoriosa en la que engarza recuerdos de distintas épocas e incluso sobre el pasado reciente y, en ese hacer, desliza un juego literario de tiempos que se superponen y se concatenan entre sí en el contexto de un armónico relato. Declara que amó la escritura desde pequeña, y por tanto escribir su biografía o el conjunto de sus recuerdos es algo inevitable.
Con una prosa límpida y directa, sin barroquismos, con cierta picardía, narra su niñez en Larroque, Entre Ríos, hija de madre judía y padre español llegado a esas tierras por casualidad. Trae los recuerdos de sus primeros años, de los personajes que pasaron por su vida familiar; de su vocación religiosa y la convivencia con las Hermanas Paulinas; de su amor a las letras y a los cafés de Buenos Aires.
Celebra con humildad los premios recibidos e intercala partes de sus novelas y cuentos en el texto, de modo que ellos continúan con naturalidad la narración.
Nombra a los escritores que admira mientras relata encuentros interesantes con los intelectuales de su tiempo. Da cuenta de lecturas importantes en su vida y se detiene con mirada crítica en algunos acontecimientos desgraciados de nuestros país (Malvinas, amigos torturados). Su escritura revela devoción democrática y respeto por las libertades políticas.
En suma, un libro de grata lectura que puede ser sintetizado como el auténtico relato final de una mujer cuyo nombre quedó inscripto en las letras argentinas. Como suele suceder con espíritus apasionados, en su escritura se refleja su rostro, al que recuerdo iluminado por una mirada transparente con destellos de inteligencia y bondad.
María Esther de Miguel murió hace muy poco.Ella sabía de su muerte cercana y, como no podía ser de otro modo, la esperó escribiendo. (c) LA GACETA
María Esther de Miguel teje, con sencillez y encanto, una trama memoriosa en la que engarza recuerdos de distintas épocas e incluso sobre el pasado reciente y, en ese hacer, desliza un juego literario de tiempos que se superponen y se concatenan entre sí en el contexto de un armónico relato. Declara que amó la escritura desde pequeña, y por tanto escribir su biografía o el conjunto de sus recuerdos es algo inevitable.
Con una prosa límpida y directa, sin barroquismos, con cierta picardía, narra su niñez en Larroque, Entre Ríos, hija de madre judía y padre español llegado a esas tierras por casualidad. Trae los recuerdos de sus primeros años, de los personajes que pasaron por su vida familiar; de su vocación religiosa y la convivencia con las Hermanas Paulinas; de su amor a las letras y a los cafés de Buenos Aires.
Celebra con humildad los premios recibidos e intercala partes de sus novelas y cuentos en el texto, de modo que ellos continúan con naturalidad la narración.
Nombra a los escritores que admira mientras relata encuentros interesantes con los intelectuales de su tiempo. Da cuenta de lecturas importantes en su vida y se detiene con mirada crítica en algunos acontecimientos desgraciados de nuestros país (Malvinas, amigos torturados). Su escritura revela devoción democrática y respeto por las libertades políticas.
En suma, un libro de grata lectura que puede ser sintetizado como el auténtico relato final de una mujer cuyo nombre quedó inscripto en las letras argentinas. Como suele suceder con espíritus apasionados, en su escritura se refleja su rostro, al que recuerdo iluminado por una mirada transparente con destellos de inteligencia y bondad.
María Esther de Miguel murió hace muy poco.Ella sabía de su muerte cercana y, como no podía ser de otro modo, la esperó escribiendo. (c) LA GACETA







