Macedonio, la más legendaria biografía del panteón literario

Por Gustavo Bernstein

09 Noviembre 2003
En su reciente libro de ensayos Oficio de lector (Alción, 2003), Santiago Sylvester apunta una curiosidad referida a una dualidad ilustre de nuestras letras: que si bien Leopoldo Lugones y Macedonio Fernández nacieron ambos en 1874, uno, inscripto dentro del modernismo, cierra literariamente el siglo XIX y el otro, en su afán de una escritura fragmentaria, abre las vanguardias del XX. El dato, al margen de evidenciar cómo el siglo literario no se atiene a un esquema cronológico, marca dos aspectos medulares de la aproximación monográfica que Nélida Salvador hace a la figura de Macedonio. En primer lugar, a su calidad de precursor, de piedra fundacional, de "primer adelantado" en la inserción de la Argentina en el siglo XX literario. En segunda instancia, a esa suerte de anacronismo invertido o disrupción cronológica que propició su escritura; hecho que le confirió la dudosa fortuna de oficiar de "padrino literario" de toda una generación de escritores, y a la vez padecer una rara condición de "paria literario", en tanto le impidió encuadrarse en cofradía generacional alguna.
Una dualidad que deviene otra; porque maestro de todos y condiscípulo de nadie, errático, inasible, solo en su insondable soledad, admirado por sus contemporáneos y venerado por sus acólitos, Macedonio construyó el corpus literario más evasivo e inclasificable de nuestras letras y urdió la más legendaria biografía de la que nuestro panteón literario pueda jactarse.
De lo primero, la prueba más elocuente es la factura de este libro, que elude atinadamente la sistematización por género de su obra, para ir y venir de los textos haciendo eje en sus recursos literarios, sin importar si estos pertenecen a la ensayística, la poética o la novelística del autor. Es que si algo distingue la escritura de Macedonio es ese mestizaje, esa fusión permanente de géneros y registros en un mismo texto, esa capacidad para instalarse en las grietas de toda normativa, para fugarse de todo protocolo. Lo señala la autora y lo subraya con un epígrafe del propio hijo del escritor, Adolfo de Obieta: "A veces el lector no sabe si en una página el autor sólo quiere divertirse o divertir, o si quiere hacer pensar, o imponer una tesis doctrinal; en medio de un cuento y hasta en un poema surge un enunciado filosófico o un escape humorístico, y hasta en medio de lo menos poético, la comicidad, se despliega una metáfora o una conjetura trascendental".Aunque, en esto último, me permito una discrepancia. Porque Macedonio abjuró fácticamente de toda trascendencia. Más bien fue la inmanencia a la patria de sus desvelos literarios. De ahí ese despliegue rizomático de su obra, ese sentido de la vaguedad de las cosas tan parecido a la naturaleza de los sueños.
Por cierto que No todo es vigilia la de los ojos abiertos condensa esa vocación por lo onírico, ese escamoteo mágico y burlón del mundo concreto. Pero el germen puede extenderse a cualquier párrafo de sus obras extraído al azar: casi no hay fragmento de Macedonio cuya fragua no esté destinada a la demolición del silogismo; o lo que es lo mismo, de la realidad entendida como una sucesión causal. Es por eso que toda ínfula lógica, toda aspiración positiva, tiene en él a su más acérrimo rival. Un adversario cuya esgrima burlona apela al metafísico, al poeta, al humorista o al narrador integrados casi siempre en una misma y letal estocada. Sin aportes reveladores, pero con tino y justeza, la labor monográfica en cuestión desanda esta multiplicidad de registros que fluyen con amenidad desde lo coloquial a lo retórico, desde lo dramático a lo lúdico y dialoga, con ductilidad y eficacia, a lo largo de todo el volumen, con el vasto aparato crítico elaborado por sus precedentes en torno de la obra macedoniana; sin descuidar tampoco el otro factor mentado: el contexto epocal y la relación entre los textos y las circunstancias biográficas del autor, algo tan oportuno como arduo si se tiene en cuenta, según señaló Alvaro Abós en su magnífico Macedonio Fernández, la biografía imposible (Plaza & Janés, 2002), que "por amor a la paradoja, espíritu juguetón y extremo pudor, Macedonio sembró de datos falsos su vida y llenó su obra de señuelos autobiográficos transfigurados ficcionalmente", construyendo un mito de sí mismo, según completó Ricardo Piglia, "tan hermoso que toda batalla que se libre contra él está condenada a perderse". (c) LA GACETA

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