El liderazgo que el país necesita

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

09 Noviembre 2003
Durante sus primeros cuatro meses al frente del Poder Ejecutivo Nacional, buena parte de los actos de Néstor Kirchner apuntó en tres direcciones. En primer lugar, a demostrar que manda, como cuando removió a la cúpula militar o cuando echó a los funcionarios de la Secretaría de Turismo y Deportes que había colocado el vicepresidente Daniel Scioli. En segundo término, a mostrar que actúa y arregla, como cuando viajó a la provincia de Entre Ríos para solucionar un conflicto docente o cuando se puso a la cabeza de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. Por último, a convencer a todos de que no depende de nadie y, fundamentalmente, de que no es el Chirolita de Eduardo Duhalde, como se dijo en la campaña electoral.
Desde un primer momento, Kirchner se preocupó por contrarrestar su aparente ilegitimidad de origen, derivada de haber llegado a la Presidencia con apenas el 22% de los votos. Para eso, buscó con sus gestos exhibirse como la contrafigura de Fernando de la Rúa; no dudó en recurrir a actitudes con cierto sesgo autoritario o antirrepublicano, tales como arengar por la cadena nacional de radio y televisión a los legisladores para que arremetieran contra la llamada "mayoría automática" de la Corte Suprema de Justicia, y desairó a representantes del empresariado cuantas veces pudo.
No le ha ido nada mal al presidente Kirchner en esta tarea. Además de ostentar un alto nivel de popularidad y de ganar elecciones en todo el país, su gobierno se encuentra con un llamativo apoyo de la opinión pública a decisiones políticas o económicas que en otros tiempos hubieran sido blanco de severas críticas. Vale citar como ejemplo que las metas fiscales a las que se comprometió la Argentina en su reciente acuerdo con el FMI fueron en otros tiempos duramente resistidas por la mayor parte de la población y hoy son aplaudidas. Algo que demuestra que cualquier medida puede ser aceptable o no, según cuál sea el contexto de credibilidad en el que se apoye el gobierno.
El primer mandatario se ubicó con éxito en el centro del escenario y pasó a ocupar prácticamente todo el sistema político, en un fenómeno que el politicólogo Mario Serrafero ha denominado originalmente el presidecentrismo. Su objetivo primordial fue consolidar un liderazgo fuerte, parecido al que desde 1991 hasta hace pocos meses ejerció en la provincia de Santa Cruz. ¿Es un liderazgo personalista o caudillista el que necesita la Argentina? ¿O, por el contrario, la gravedad de los problemas presentes exige otro tipo de liderazgo, basado en la capacidad para articular grandes consensos políticos y sociales?
Nuestra cultura política exhibe una vieja tendencia a preferir los liderazgos caudillistas. Basta con repasar los elevados índices de imagen positiva del jefe del Estado, que rondan el 80%. Con alrededor de dos tercios de las gobernaciones provinciales controladas por el justicialismo y mayoría propia en el Senado y en la Cámara de Diputados a partir del 10 de diciembre próximo, la cuestión de la hegemonía del PJ se instaló rápidamente en la opinión pública.Mientras desde sectores liberales se cuestionaron las posibles tentaciones hegemónicas del primer mandatario y este se preocupó por negar tajantemente que su gobierno pueda parecerse en algo al Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México, el ex vicepresidente Carlos Chacho Alvarez contribuyó a sincerar el debate: "¿Qué presidente no quiere tener hegemonía? No conozco ninguno". Su apreciación se relacionaba con la creencia en que la hegemonía posibilita resolver los problemas de gobernabilidad.
La experiencia reciente, sin embargo, no parece demostrar que la gobernabilidad dependa ni de un amplio control del Poder Legislativo ni de la llegada al poder con un apoyo masivo.
Carlos Menem llevó a cabo las principales reformas de su gobierno cuando no tenía mayoría propia en la Cámara de Diputados. Desde 1995, cuando tuvo quórum propio, su ímpetu reformista pareció concluir, a no ser por su frustrado intento de forzar una nueva reelección a todas luces inconstitucional. Y fue la oposición dentro de su propio partido -básicamente el duhaldismo- la que frenó su proyecto de perpetuación en el poder.
De la Rúa llegó a la Casa Rosada con casi el 50% de los votos y con una imagen positiva que rondaba el 70%. Creyó que el ciento por ciento de aquellos sufragios le pertenecían y que podía prescindir de una estrategia de búsqueda de consensos. No fue capaz de fijar el papel de cada componente de la alianza que lo había llevado al poder. Pronto se produjo la renuncia de su vicepresidente; su gobierno comenzó a perder legitimidad y terminó como todos sabemos. Claro que no es fácil ejercer un liderazgo de consensos en la Argentina. Porque buena parte de la dirigencia política confunde consensos con acuerdos de cúpulas entre gallos y medianoche, a espaldas de la ciudadanía, o con meros intercambios basados en la adjudicación de espacios de poder.
Será muy difícil que un líder de consensos tenga éxito con una clase política acostumbrada a recurrir a prácticas degradantes para construir poder. Entre tales prácticas degradantes figuran el clientelismo -que no es más ni menos que concebir a los pobres como una masa disponible dispuesta a venderse al mejor postor-; el reparto de cargos tanto en la administración pública como en el Poder Judicial y otro tipo de favores personales, incluyendo la designación de empleados ñoquis y la adjudicación de beneficios originados en verdaderos subsidios encubiertos disfrazados de planes de empleo.
Son precisa y paradójicamente el elevado nivel de pobreza y el consecuente auge del clientelismo dos de los factores que explican en buena parte los triunfos de los oficialismos en la mayoría de las recientes elecciones de gobernadores provinciales.El peso de los aparatos gubernamentales puede explicar, entonces, la tendencia al mantenimiento de un statu quo en las administraciones provinciales. Pero no es la única explicación. Frente a la desilusión que exhiben quienes han bregado para "que se vayan todos" y hoy contemplan cómo se quedan muchos, habría que recordar que la sociedad ya ha realizado una importante limpieza política: de un plumazo, desaparecieron de la escena política el delarruismo, el cavallismo y, en buena medida, el menemismo. Esto es, ni más ni menos que los sectores que dominaron la década del 90 y el comienzo del siglo XXI. Seguramente, deberían irse muchos más, pero el barrido no ha sido menor. El problema de esta limpieza política es que no ha dado el tiempo suficiente para la construcción de una nueva dirigencia. Y, por si fuera poco, los viejos dirigentes no se preocupan por facilitar este proceso, como lo demuestran la continuidad de las listas sábana en los grandes distritos electorales y los nulos avances hacia una reforma política que posibilite una mayor calidad institucional y una mayor transparencia.
Con ladrillos viejos no será imposible, pero sí complicado construir una nueva casa. Sus cimientos no serán sólidos y los consensos serán endebles. La espera de una nueva dirigencia será larga. Entretanto, el tradicional liderazgo personalista regirá nuestros destinos. Pero si este estilo de gobierno no es degenerado por otros vicios mayores y respeta las formas y las instituciones de la República, tal vez la larga espera se convierta pronto en esperanza y se pueda dar lugar a una nueva política. (c) LA GACETA.

Tamaño texto
Comentarios