Corresponsal, un oficio para pocos

Por Walter Vargas

02 Noviembre 2003
¿Qué rasgo define a un corresponsal de guerra?¿Su bagaje técnico? ¿Su precisión semántica? ¿Su acervo cultural? ¿Su inteligencia práctica? ¿Su valentía? Acaso todas las preguntas merezcan una respuesta afirmativa, sin que ningún atributo destaque, sin que ninguno pueda prescindir de los otros, pero, eso sí: hablamos de un oficio reservado para pocos, para muy pocos, un puñado de gente respetada y admirada si las hay, sencillamente porque, en su caso, la tenue distancia entre la vida y la muerte nada tiene de noción existencial, de juego simbólico, de metáfora.
La vida y la muerte o, mejor, la vida o la muerte, es la disyunción omnipresente, el elemento vital o letal, fuente de zozobra infinita y, al mismo tiempo, fuente de dicha infinita. Sí, por absurdo que parezca, es imposible trabajar en medio de una guerra sin una enorme dosis de deseo, de pasión y, por qué no, de amor propiamente dicho. O por lo menos es lo que transmiten las notables crónicas de Jon Lee Anderson, ilustre baqueano de conflictos bélicos, que después de haber andado por Sri Lanka, Birmania, Uganda, Sahara Occidental, Irlanda, Israel y Bosnia, regresó a Afganistán para dar cuenta de la ira de la Administración Bush postatentados del 11 de setiembre de 2001.Anderson, autor de Che, corresponsal de The New Yorker, asiste al ocaso del régimen talibán pero no ya, como pudiera pensarse, en condición de mero acopiador de posiciones tomadas o perdidas, de bajas, o de comunicados oficiales u oficiosos. Qué va. Durante extensos tramos de La tumba del león la guerra es, con suerte, un sobreentendido que pulsa por merodeo, por contigüidad, por decantación de climas, por descripción de paisajes. Alcanza con que Anderson despliegue en detalle el imperativo del nombre propio y narre sus peripecias para hacerse de dinero, de una visa, de un plato de comida o de un techo donde pasar la noche, casi siempre en aldeas premodernas o devenidas tales.
Claro que, aun pintor, retratista, sociólogo y psicólogo artesanal, Anderson se esfuerza en no perder jamás el hilo de su norte periodístico y, en efecto, sale ampliamente airoso. Al tiempo que registra el crescendo de los bombardeos estadounidenses camino de la toma de Kabul y, por ende, el confuso y rotundo retroceso de los fundamentalistas, desanda las huellas de Osama Bin Laden en los laberintos de Tora Bora y echa luz sobre la llamativa cercanía del derrumbe de las Torres Gemelas y el asesinato del líder Mujaidín Ahmed Shah Massoud, el León de Panjshir. Entrevistas, confidencias a media voz, conversaciones casuales, todo va a parar a la libreta de un Anderson que, celoso de sus deberes, de su ética, si se quiere, se las arregla para postergar la desnudez de sus propias creencias y termina por redondear una brillante semblanza de Afganistán, una Afganistán inasible, irreconciliable, brutal y, por qué no, dolorosamente bella. (c) LA GACETA

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