Utopía negativa en la tradición de Kafka y Orwell

Por Carmen Perilli

02 Noviembre 2003
Esta curiosa novela de Noé Jitrik se reconoce como utopía negativa en la tradición de autores como Franz Kafka y George Orwell. El libro, que pertenece a la biblioteca de ficciones surgidas en los ámbitos académicos, parte de los rituales cotidianos para introducirnos en un universo quimérico y amenazador.
La fábula tiene un fuerte sesgo autobiográfico; utiliza informaciones y experiencias de un mundo que Jitrik ha transitado, en su condición de profesor e investigador, a lo largo de muchos años. El lector puede reconocer los enormes mecanismos puestos en funcionamiento, en especial durante la década menemista, para "modernizar" y ordenar la investigación en el país.
La historia transcurre en un país de nombre incierto, aunque fácilmente identificable con la realidad nacional, donde "el presidente" busca centralizar todas las actividades de evaluación de la vida intelectual y científica, en un castillo abandonado en medio de la pampa. En ese lugar siniestro, aislado de la realidad, en medio de una llanura, lindando con un asilo de locos, se traslada a las eminencias evaluadoras del país, en su mayoría ancianos. La intención es preservar la transparencia del proceso de evaluación máximo de asepsia, al mismo tiempo, aunque el poder político no deja de interferir, presionando para que se avalen las más disparatadas presentaciones.
Incomunicados, asustados, los "evaluadores" están condenados al sinsentido y vigilados por un ejército de empleados.
En el espacio de la mansión su rutina ha sido organizada cuidadosamente, casi de modo maníaco, como un gran y absurdo mecanismo. El Centro Unico de Evaluación se convierte en alegoría de un sistema cuya esterilidad está en su condición de maquinaria.
El protagonista es Segismundo Gutiérrez, un inocente al mismo tiempo que dubitativo investigador literario, obsesionado con la historia de un autor desconocido, sumergido en una interminable investigación sobre una obra inexistente, de la que sólo recibe noticias lejanas de la biblioteca de una universidad yanqui en una búsqueda permanente desalentada. Su condición de "evaluador" sirve para diferir la temible jubilación.
La ficción exacerba algunos rasgos de esterilidad característicos de ciertos ámbitos académicos nacionales. Los nombres de los personajes parodian la pomposidad y juegan con sus resonancias: Onésimo Garramuño, Epigmenio García, Hermógenes Goldstein, Cristóbal del Carmen Porrúa, etcétera.
El autor juega con el contraste de la normalidad de la voz narrativa con la monstruosidad. La novela se inscribe dentro de la poética de la incertidumbre del género fantástico. El desconcierto surge de la transformación de lo familiar en siniestro, de la borradura de límites que provoca la inseguridad.
En Los grados de la escritura Noé Jitrik afirma que la operación de la escritura es una práctica que, en su ejercicio mismo, modifica aquello que se supone que representa y, al hacerlo, libera sentidos que desbordan aquellos que estarían encerrados en lo representado. Evaluador, una alegoría del mundo académico, se abre a múltiples interpretaciones. La lectura muda en fascinante aventura de incierto itinerario. (c) LA GACETA

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