Las "Cartas quillotanas" y "Las ciento y una"

Por Federico Peltzer

02 Noviembre 2003
El Rectorado de la Universidad Nacional de Tucumán ha decidido editar una colección de textos de interés cultural e histórico que difícilmente publicarían las empresas comerciales. Muy saludable iniciativa para conocer el pasado y lo que pensaban sus protagonistas. La dirección está a cargo del doctor Carlos Páez de la Torre (h).
Inicia la serie de polémica que enfrentó, poco después de Caseros, a Sarmiento y Alberdi. Los dos dieron a conocer sus cartas por separado: Alberdi en lo que se conoce como "Cartas quillotanas" (en realidad "Cartas sobre la prensa y la política militante en la República Argentina"); Sarmiento en "Las ciento y una". Hasta poco antes había reinado la armonía entre ellos. Alberdi obsequió a Sarmiento sus Bases... y aquel las elogió calurosamente.
Pero, mientras el escritor tucumano secundó la política de Urquiza, tendiente en su sentir a la unión nacional, Sarmiento, que había sido teniente coronel y encargado de prensa en el Ejército Grande, escribió un opúsculo, "Campaña del Ejército Grande", en el cual presumía ciertas intenciones hegemónicas por parte del caudillo entrerriano. Lo envió a Alberdi en noviembre de 1852 y este sintió un profundo rechazo por el ataque del sanjuanino; así se lo dijo en la primera de sus cartas, de enero de 1853. Así se desató la polémica. Es lástima que no consten las demás fechas, porque resulta difícil determinar a qué carta responde cada una.
Alberdi y Sarmiento eran herederos de las ideas de Echeverría y de la Generación del 37. Ambos profesaban doctrinas semejantes: necesidad de ordenar un país desangrado por las guerras civiles, sistema federal, ataque a los mayores males: la extensión, la soledad del desierto, la falta de un sistema educativo, la dificultad de las comunicaciones. Alberdi escribió sus Bases para que fueran (según dice el título) un "punto de partida" en ese terreno. Sarmiento quería lo mismo, pero desconfiaba de Urquiza, pues veía en él a un continuador de los caudillos. Como dice Páez de la Torre, en el fondo están de acuerdo, pero los dos hablan de sí mismos -aunque en distinto tono- y así desencadenan un torrente de violencia verbal pocas veces visto en nuestra historia.
Alberdi casi nunca pierde la línea. Habla como jurista y como hombre de pensamiento. Deplora el carácter tumultuoso de su adversario y la manía persecutoria que le hace ver en todo y en todos un enemigo oculto. Además, lo considera despechado por el poco caso que de él hizo Urquiza.
Sarmiento agrede sin disimulo: ridiculiza con diminutivos a Alberdi, se burla de sus gustos musicales, le enrostra su presunta huida de Montevideo y su obsecuencia para obtener un cargo diplomático. Por momentos apena leer las palabras hirientes de dos hombres que debían haber estado juntos en la organización del país.
¿Cómo se explica tanta virulencia, aun si se cuenta con el temperamento romántico y las pasiones exaltadas por años de ostracismo? Ricardo Sáenz Hayes ensayó una explicación: "Si es verdad, de acuerdo con la teoría de los contrarios, que cada ser, por humilde e inocente que sea, viene al mundo con el enemigo que le corresponde, la enemistad de Alberdi con Sarmiento estaría escrita de antemano por un signo perverso. Habrían reñido en cualquier momento o época y con motivo de cualquier asunto. Eran dos almas de antagónica psicología o, si se quiere, dos fuerzas que por naturaleza se repelían (La polémica de Alberdi con Sarmiento y otras páginas. M. Gleizer, Bs.As., 1926, p. 24).Hoy podrá el lector comprender esos motivos y quizá disculparlos. Pero, sobre todo, advertirá la profundidad de nuestros odios y cómo ellos aparecen para dividirnos en tiempos de construir, un rasgo que, por desgracia, no se ha borrado de nuestra índole. (c) LA GACETA

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