La fe en la poesía transformada en desesperación por la poesía

Por Ricardo H. Herrera

02 Noviembre 2003
Rodolfo Alonso ha cumplido sus bodas de oro con la poesía. Cincuenta años dedicados a lo improbable -capturar con palabras la belleza del mundo, la fugitiva sensación de vida- no es poca cosa. En un momento así sólo cabe el reconocimiento a la trayectoria de una larga fidelidad, cosa que con justicia ha hecho la editorial colombiana Común Presencia en el presente año al editar la antología que nos ocupa: La otra vida (1952-2002). El itinerario poético de Rodolfo Alonso, que abarca la totalidad de la segunda mitad del siglo XX, se inició, como es sabido, siguiendo los pasos del neohumanismo francés liderado por René Char. Vale decir: los primeros poemas de nuestro poeta vieron la luz a la sombra de uno de los más generosos y confiados desafíos que se han hecho nunca a favor de la poesía. Ello explica, naturalmente la contraposición absoluta que plantea el primer libro del poeta argentino desde su título mismo: Salud o nada. ¿Quién podía pensar, en aquella época (1952-1954), que la triunfal antítesis planteada por ese encabezamiento habría de adquirir un sesgo trágico? La apuesta del joven poeta, como es obvio, era a favor de la "salud"; se daba por sentado que la banca de la "nada" carecía de fondos para contrarrestar el fervor del grupo nucleado en torno de la revista Poesía Buenos Aires (Aguirre, Bayley, Espiro, Iadarola, Móbili, Roitman, Trejo, Urondo, Vanasco y el mismo Alonso). Sin embargo, como vino a demostrarlo el tiempo poco después, la "nada" estaba provista de fondos ilimitados, y redobló la apuesta a favor de sí misma. La partida se fue haciendo insostenible. De ahí, justamente, que el último libro de Rodolfo Alonso (publicado en 2002) lleve el título de El arte de callar.
Estamos, queda claro, frente a una parábola poética que, por lo descubierto y esperanzado de su juego, de alguna manera es ejemplar. Al darse por sentado lo que en verdad una y otra vez hay que mostrar, probar y demostrar, la poética de Alonso se vio sometida a duros contrastes en los años ulteriores a su nacimiento. Digámoslo de otra manera: al identificarse la poesía escrita con la pujante fuerza de la poesía natural de la vida naciente, el hecho literario confió su persuasividad estética a algo que estaba más allá, o más acá, de la escritura: el puro vitalismo. En parte, más que de hacer poesía a partir de la tradición de la lengua, se trataba de señalarla como carnalidad fulgurante y palpable, apenas velada por la opacidad de la rutina cotidiana. La poesía estaba ahí, al alcance de la mano: era el presente mismo, puesto en combustión por las ilusiones juveniles; bastaba abrir los ojos para cambiar el mundo. El mundo de la época, sin embargo, los fue cerrando cada vez con mayor violencia. En la medida en que ese presente se transformaba en pasado -y el futuro dejaba de ser promisorio- aquellas apremiantes indicaciones líricas fueron perdiendo vigor.Consecuentemente, la fe en la poesía se transformó en desesperación por la poesía. Fe y desesperación no son términos antitéticos, sino complementarios: se alimentan y se desgastan mutuamente, y, en cierto modo, encarnan la dinámica misma del crecimiento espiritual. Tal la parábola trazada por la poesía de Alonso, como se hace evidente tras la lectura de la La otra vida.
En sus comienzos, el recurso fundamental de esta palabra fue la desnudez (la claridad enunciativa, la aseveración rotunda), una palabra que se afirmaba a sí misma señalando realidades tan irrebatibles como la plenitud de la sexualidad y el centelleo del sol: "la nadadora negra está de pie en la orilla / y hace jirones de pelo con el viento // la que yo amo persiste en el invierno [...] // la que yo amo está cerca de mí / nuestra fuerza es la fuerza de los hombres / está en mis venas y en mis músculos / caliente como el pan como la sangre como el vino". La poesía toma la forma de una muchacha, de "una muchacha de las Islas Canarias". A partir de ese momento, progresivamente, la palabra va pasando de la inocencia a la experiencia: la celebración le cede el paso a la admonición. Al fin, prima una aguda conciencia de la amenaza que pende sobre la posibilidad de la poesía: "Dulce pájaro, ¿cantas / todavía, entre ruinas, / tu propia lengua viva, / tu lengua universal? // ¿No te han cambiado el siglo, / las máscaras, los cables, / las usinas, la usura? / ¿La época no ha sido / de letal artificio? / ¿No ironizas, tú, eterno, / no parodias, no mimas, / sordo cantor intenso / asediado en tu rama? // No son vientos de fronda / ni tormentas feroces: / desnudo como un hacha / el tiempo te contempla." La poesía se repliega de la existencia a la memoria, deja de identificarse con "la vida" y da origen a "la otra vida": a la que pudo ser, a la que tal vez será. (c) LA GACETA

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