De deudas y crisis

Por Roberto Cortés Conde, Para LA GACETA - BUENOS AIRES

02 Noviembre 2003
Cuando los gobiernos tuvieron gastos mayores que sus ingresos buscaron variados medios para obtener más recursos. El más viejo fue no pagar. También recurrieron a banqueros y, mucho más tarde, a los mercados de capitales. El financiamiento con deuda no despertó la misma resistencia que los aumentos de impuestos porque ocultaba sus costos trasladando al futuro sus pagos. Cuando los gobernantes -usando su poder de coerción- no pagaron sus deudas, se encontraron con que luego se les negaba el crédito que sólo recuperaban concluyendo arreglos en los que se les cargaba intereses mucho más altos. También se obtuvieron recursos quitando contenido metálico a las monedas. Esto produjo su notable depreciación en Inglaterra, en la época de Enrique VIII o en España, en el siglo XVIII, con la moneda de vellón. Cuando el papel moneda reemplazó al metálico, el costo de imprimirlo fue ínfimo, por lo que fue más fácil hacerse de recursos con la emisión. En otros casos se confiscaron bienes de enemigos y también de la Iglesia (en Inglaterra con Enrique VIII o durante la Revolución Francesa). En los tiempos contemporáneos fueron sujetos a expropiación por diversos medios ahorristas, asalariados o futuros jubilados, como pasa hoy en la Argentina.
Los conflictos fiscales terminaron en guerras civiles, como en Inglaterra en el siglo XVII, o produjeron crisis prolongadas, como las de la monarquía francesa en el siglo XVIII, con repetidos defaults y fracasadas reformas que terminaron en su caída con la Revolución de 1789.
Los gobiernos que ordenaron sus finanzas constituyeron fondos intocables para pagar puntualmente y lograron acuerdos políticos para establecer un régimen impositivo eficiente (como en Inglaterra al finalizar las guerras civiles del siglo XVII con la Revolución de 1688), y así pudieron acceder a los mercados de capitales a tasas más bajas y financiarse cuando lo necesitaron.La Argentina en las dos últimas décadas tuvo dos serias crisis; una, la hiperinflación de 1989; la otra, la devaluación y el default en 2002.
Con el nuevo gobierno se inició, en la segunda mitad de 2003, un camino que concluyó en el arreglo de reestructuración de la deuda con los organismos multilaterales, que se aseguraron cobrar los intereses sobre el 100% del capital que se refinanció a largo plazo. No parece que vaya a seguirse el mismo camino con los acreedores privados (entre los que están los futuros jubilados), a quienes se pagaría con una quita del 75%. Ya aquí no se trata de default sino de un repudio casi total.
¿Puede la Argentina iniciar un proceso de crecimiento repudiando su deuda o quedando en permanente default?
Algunos sostienen que se puede prescindir del mercado de capitales y dinamizar la economía usando el gasto público. La deuda impaga sería un problema menor, ya que el motor del crecimiento sería el gasto público en inversión estatal o en subsidios a ciertas actividades privadas.

Expansión con gasto público en los 1930.
Para apoyar ese argumento, la posibilidad del crecimiento basado en la expansión del gasto público, se recuerda la gestión del general Justo y su ministro Pinedo, en los años treinta. El país salió de la crisis y de la depresión de 1930 abandonando la convertibilidad (patrón oro) e implementando medidas de reactivación (luego llamadas keynesianas) gracias a la expansión de la oferta monetaria y del gasto público.
El abandono de la convertibilidad en 1929 respondió al shock externo debido a la caída del comercio mundial y a la demanda por alimentos. La caída de las exportaciones argentinas, no acompañada por una similar de las importaciones, causó la salida de reservas (acentuada por la reversión del flujo de capitales y por los pagos de deuda) lo que habría producido una enorme contracción monetaria. Subían los intereses; se acentuaba la recesión; se generalizaban las bancarrotas y el desempleo.
Argentina, Australia y Nueva Zelanda salieron de la convertibilidad en 1929; Gran Bretaña y el Commonwealth en 1931. Alemania impuso el control de cambios. Francia y otros países europeos se mantuvieron en el club del oro y Estados Unidos, tras imponer una tarifa protectora, devaluó el dólar en 1933.
El abandono de la convertibilidad, en la Argentina, independizó la creación de dinero de la tenencia de oro y la Caja de Conversión entre 1930 y 1934 pudo emitir, primero, para resolver los acuciantes problemas del sector bancario y luego, para financiar al gobierno. Más adelante, en 1935, con la creación del Banco Central, se obtuvieron ingentes recursos de la reevaluación de las reservas de oro.
En todos lados, cuando los mercados internacionales de capitales dejaron de funcionar, los gobiernos se financiaron con emisión de sus bancos centrales. En Argentina, Gran Bretaña y los Estados Unidos, con un pasado de estabilidad monetaria y de precios, la gente aceptaba el dinero así creado. No ocurría lo mismo en Francia y Alemania, donde debido a las grandes inflaciones de la década de los veinte se había perdido toda la confianza en el dinero -que en Alemania hasta se dejó de usar- por lo que no pudieron devaluar y emitir para reactivar.
Cuando en 1935 se creó el Banco Central se revaluaron las reservas de oro (cuyo precio en pesos tras la devaluación había subido) generando fondos para pagar las deudas del gobierno, la expansión del gasto y el salvataje a ciertos sectores (principalmente los bancos). La devaluación permitió mejorar en moneda doméstica los precios de los productos deteniendo su caída (reflación).
También después de 1935 la reflación (el aumento de precios) produjo una reducción real de la deuda, especialmente de los agricultores, en moneda local. Por el contrario incidió en el aumento de la extranjera (como en todos los países que no emitían en los mercados internacionales deuda en su propia moneda). Argentina financió ese mayor costo con las diferencias de cambio obtenidas al comprar las divisas provenientes de las exportaciones a un tipo más bajo al que las vendía. Esto, que en un comienzo representó una apropiación de parte de la renta de la devaluación que recibían los exportadores, se convirtió en un gravamen, que incidió negativamente, cuando los precios domésticos subieron.
¿Es posible tomar un camino como el de los 30? Las circunstancias son diferentes. En vez de un pasado de estabilidad monetaria y de precios existe el recuerdo de la hiperinflación y se tiene pendiente una deuda que no se paga.
Toda medida que no respete los ahorros tendrá consecuencias de largo plazo en los mercados de capitales, domésticos y extranjeros. La alternativa del 30 -que el financiamiento se obtenga del Banco Central- requeriría que la gente aceptara -como ocurrió entonces- un aumento significativo de la emisión. Tras la pasada experiencia hiperinflacionaria esto parece poco probable y podría conducir a una fuga del dinero como la que se frenó en 2002 con efectos inflacionarios quizá incontrolables.
Quizás sería mejor seguir el ejemplo de los países que llegaron a acuerdos voluntarios con sus acreedores y ordenaron sus finanzas públicas. Esto parece más difícil al principio, pero se ganará en reputación y se podrá recurrir al ahorro externo y doméstico para financiar la inversión y el crecimiento. A la larga este será el único camino para reducir la miseria y aumentar el empleo.
Fue el presidente Avellaneda quien durante la severa crisis de 1876 afirmó que mantendría la palabra argentina cumpliendo sus obligaciones. Su decisión abrió el camino a una masiva entrada de capitales, que en la década de 1880 se colocaron en ferrocarriles y en obras de infraestructura, e hizo posible el impresionante crecimiento del país. (c) LA GACETA

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