¿ Escritores o payasos?

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

26 Octubre 2003
Pocos días antes de su llegada a Buenos Aires para presentar su última novela, la escritora española Rosa Montero hizo una declaración ilustrativa y sorprendente a un diario porteño. Vale la pena recordar los pasajes más incisivos de esa definición: "Lo terrible es que hoy en día no basta con escribir un libro, sino que además tienes que saber venderlo..., hablar en público con soltura, dar bien en la televisión, caer simpática, realizar montones de entrevistas y promocionar tu libro en giras agotadoras. (...) Es totalmente aturdidor, terminas sin saber lo que dices de tanto repetir las mismas cosas. (...) Más que escritores somos como rockeros o como payasos de circo en actuación itinerante".
De inmediato, ante tanta lucidez o abrumadora sinceridad, uno se pregunta por qué Rosa Montero, periodista renombrada, escritora reconocida, responsable de títulos que alcanzaron las listas de best sellers ibéricas y de otros países, y de quien es fácil imaginar que no pasa por penurias económicas, acepta seguir participando en este juego patético que ha inventado la globalización del mercado para hacer de sus personajes y de sus obras productos globales. O, en otras palabras, qué necesidad tiene hoy Rosa Montero de seguir actuando como un payaso.
La tentación de creer que semejantes declaraciones le fueron arrancadas en un descuido, en un momento de extremo agobio o de extrema franqueza, se presenta enseguida. Rosa Montero, incluido su merecido prestigio, no está sola, al fin y al cabo, en este show. La lista de los escritores comprometidos en la misma faena es nutrida y más de uno comparte con ella la dignidad que aunque parezca mentira todavía hoy muchos lectores esperan de ellos. Por supuesto, todos sabemos que a la lista, al mismo tiempo, ya le sobran payasos. Y que la cola de impostores a la espera de una oportunidad para subirse al carrusel es larga.
Sin embargo, Rosa Montero volvió a sorprender a los despistados. La presentación de su novela se hizo en una de las librerías más transitadas de la Recoleta. Estuvo a cargo de Maitena, una prueba de incesante talento en el mundo del humor gráfico, y fue coordinada por un respetable periodista enrolado en las secciones culturales del diario porteño que acompañó como si fuesen socios el paseo de la escritora española...
Ya todo indicaba, entonces, que nos encontrábamos ante un evento que buscaba encontrar lo que otros eventos no encuentran: público, venta de ejemplares del libro La loca de la familia (antes, durante y después del acto) y repercusión mediática. O sea, aquello que Rosa Montero aparentemente condenaba con términos contundentes antes de llegar a Buenos Aires.
El colofón de este acto inesperado en el que es difícil no confundir la ironía con la obviedad tuvo lugar en el mismo diario que publicó las primeras declaraciones de la autora de Crónica del desamor (1979), Te trataré como a una reina (1983) o La hija del caníbal (1997). Dos días después de la presentación y bajo el título que rezaba: "Rosa Montero: ?Todo lo que cuento de mí es pura mentira?", una foto de la autora parecía invitar a la risa o reírse de los incautos. Con una remera a rayas, una pollera tres cuartos, un par de botas circenses y un collar de bolas rojas que recordaba inevitablemente las narices de los payasos, Rosa Montero parecía la encarnación de una descendiente de los bufones más famosos que dio España en el siglo XX: Gaby, Fofó y Miliki.
Según cómo se lo piense, el hecho aislado representa de una manera positiva a Rosa Montero: al fin y al cabo ella descendería de artistas que cautivaron al público, que fueron en su juventud militantes políticos progresistas, y que obtuvieron del mercado todos los beneficios que el mercado les permitió -y aún hoy les permite- obtener.
El deseo de alcanzar el éxito, la popularidad, la fama o la riqueza no es, en sí mismo, censurable y todo el mundo tiene el mismo derecho de proponerse conquistar estos objetivos. Sin embargo, si se recuerda que la población mundial llega hoy a los 6.500 millones de almas, es fácil que una pregunta simple surja de la perplejidad: ¿cuántas, de todas esas personas, en todo el mundo, han alcanzado o alcanzarán el éxito, la popularidad, la fama o la riqueza? Hoy, el 80% de la población mundial vive en los países menos desarrollados; de modo que si tropezáramos con la tentación de hacer cuentas o cálculos de probabilidades en función de estos números, la posibilidad de desembocar en generalizaciones estadísticas más cercanas al error que a la razón estaría rozándonos sin remedio. La excepción tiene lugar siempre. Algunos de los ballets más famosos del mundo, por ejemplo, han salido de Nueva Guinea y de Rusia; escritores que casi nadie lee fuera de sus países (Ucrania, Eslovaquia, Australia o Marruecos, por ejemplo) no sólo escriben: están vivos y, muchas veces, gozan de un reconocimiento en sus remotos países que desde la arrogancia pampeana debería hundirnos en la más pura envidia; por su parte, Bob Marley -para quedarnos con una muestra canónica en la música del siglo XX- repuso en el mapa contemporáneo a la exótica Jamaica: tenía 25 años cuando en 1970 el reggae -fusión de rock, blues, soul y folclore caribeño- comenzó a circular como descargas de adrenalina por el mundo entero.
De modo que el éxito no es un objetivo sólo en los países más ricos del mundo y tampoco es una realidad que se construye únicamente con rigurosas leyes de marketing: también puede lograrse por méritos propios, sin mayores especulaciones y, en ocasiones, como una consecuencia necesaria de un fenómeno que conmueve al público. Pero esto no es lo habitual, lo que se consigue o se produce todos los días con sólo proponérselo. La fuerza de voluntad, en estos tiempos, tiene más chances de hacer que alguien deje de fumar antes que conseguir que desemboque vertiginosamente en los centelleos irresistibles de las luces de neón.
Por eso, si regresamos al campo literario, y puesto que resulta imposible perder de vista que en los albores del siglo XXI se habla del éxito como un sistema de ascenso social que transforma en héroes a los protagonistas televisivos de un reality-show, no está de más preguntarse qué clase de éxito buscan los escritores que acompañan a Rosa Montero en esta condena payasesca a la gira eterna y que abarca nombres y obras tan disímiles y a veces enfrentados como los de Carlos Fuentes, Isabel Allende, Arturo Pérez Reverte o Marcelo Birmajer (entrevistado en la misma nota junto a la escritora peninsular). En un mundo donde los grandes triunfadores son futbolistas como David Beckham, cantantes como Ricky Martin, actrices como Drew Barrymore o escritores como Paulo Coelho y Joanne K. Rowling (Harry Potter), ¿qué clase de consagración imaginan quienes se prestan a estos pactos diabólicos?, ¿con qué celebridad sueñan, y para qué?
Frente a una concepción de la literatura como entretenimiento para adolescentes de cualquier edad, y ante el diseño y la ejecución de las políticas de mercado que buscan vorazmente el éxito como un misil hoy busca su blanco, ¿qué se puede, qué se debe esperar de un escritor? No que renuncie, desde luego, a la posibilidad de ganarse la vida con su oficio. Pero sí que no haga de su oficio un papel reversible en el que hoy se es un intelectual y mañana un payaso.
Ningún escritor terminará sus días con dignidad si tiene en su haber premios mal habidos, libros escritos con un ojo en la cifra del contrato y otro en los temas que fascinan al público, plagios, pactos escabrosos, o es socio de una industria que ha sentado sus reales en la vereda de enfrente de la dignidad y del compromiso cultural con una época que requiere más que nunca de transparencia en las leyes del juego. Para que entonces cada cual pueda jugar al juego que más le guste. Para que entonces cada cual pueda definirse, sin lugar a dudas, como un payaso o como un escritor. (c) LA GACETA

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