
Cosas hemos visto en estos últimos tiempos que son para no creer, menos para aceptar y tal vez, sí, para llorar pero que, por otra parte, nos convocan a la reflexión. Y la reflexión, no infrecuentemente, es saludable.
¿Cómo no estar desengañados? La historia suele asociar dos conceptos -síntesis desconocida en nuestros días-: "patria-sacrificio". Esta fórmula puede hoy provocar una carcajada de doble motivación: en algunos, de furor y sarcasmo, por su contraste con el presente; en otros, por lo absurda y obsoleta. Lógico; para estos últimos la patria es un instrumento ventajero, de lucro, de ascenso, de enriquecimiento, de impunidad.
Es cierto que este resulta ser uno de los generadores de nuestro actual estado de postración y descreimiento. Pero...
Recetas para curar el desengaño. Pero la historia nos ha dejado también muchos ejemplos cristalinos de recato, de respeto, de calidad humana. Es el caso, entre tantos otros, de la ocupación, por parte de Manuel Belgrano -para mejor despliegue de su ejército- de una manzana de terreno en La Ciudadela, "en la creencia de que dicho terreno era fiscal" y donde levantó una "casucha" para habitación personal. "No queriendo el general abusar de su posición y mostrándose, como siempre, respetuoso de todos los derechos" pasó al Cabildo una nota donde manifestaba, entre otras cosas, su decisión de hacerse cargo del precio de ese espacio (1).
En nuestro país, y a lo largo de su trayectoria, ha habido una serie interminable de dadores y otra, no menos rica, de hacedores. Muchas veces, ambos, se han fundido en feliz simbiosis.
Los hombres del 16 sellaron nuestra independencia; los del 37, con Alberdi en primer lugar, nos dieron una constitución; los del 80, un país organizado; los del 90, una revolución saludable. Sáenz Peña, una ley electoral que pretendía -y aseguraba- garantizar el sufragio universal, aunque no lo preservaba, se ve, de repugnantes transgresiones como las que hemos sufrido los argentinos de ayer y de hoy, y que parecen no tener fin. Entre los hacedores figuran premios Nobel, literatos ilustres, científicos, plásticos et al, que llevaron por todo el mundo el nombre de una Argentina ilustre, llena de orgullo y de satisfacción.
En la contracara de esta imagen están los otros, de triste memoria: trepadores, incapaces y corruptos que llegaron a la cima no por sino para, subiéndose en la escalera de dóciles cabezas y amparados por un ignominioso tejido de dádivas, prebendas y compraventa de conciencias.
Esto trae a nuestra memoria las palabras de una voz autorizada (2), a propósito del Satiricón, de Petronio: "...la pérdida de la ética de una vida ciudadana define a esta sociedad [contexto de la obra precitada] que no ha tenido la capacidad ni la madurez suficiente para suplir la falta de legítimos valores [...]. "El Satiricón denuncia la corrupción en los más elevados niveles de la política y la rudeza y la grosería de los que ostentan poder económico, político y social". La obra se refiere al reinato de Nerón (s.l), aunque más de un incauto puede pensar en un cuadro de costumbres del Tucumán de estos últimos años.
Frente a estas dolorosas situaciones ¿cómo no deprimirse? Pero no hay que bajar los brazos porque entonces, a los ojos del futuro apareceremos no sólo como débiles y abúlicos sino como permisivos. Y, a lo mejor, como cómplices.
Tal vez esas figuras, protegidas por los anticuerpos de su propia descomposición, resulten imposibles de destruir (sólo por ahora). ¿No podremos eludirlas? ¿Ya no tenemos vigor ni para eso? ¿Tan apaleados, tan encallecidos estamos?
Esta anestesia generalizada, producto de un coctel ominoso, mezcla de bronca, frustración y desengaño, trae a colación unas palabras con que Julio P. Avila abre su libro Ciudad arribeña: "Jóvenes tucumanos: leed estas páginas y os daréis cuenta de la realidad de los hechos oscurecidos u olvidados por el transcurso de más de un siglo; sabréis con qué elementos consiguieron nuestros antepasados el nombre que llevamos y cuántas energías fue preciso sacrificar en el altar de la Patria para salvar los principios proclamados el 25 de Mayo de 1810" (3).
Habida cuenta de esto, volvamos al territorio de los hacedores y dadores para hacer un mapeo de lo que fueron capaces de lograr aun en circunstancias adversas o después de desalentadoras derrotas.
Ya que el tema electoral está hoy en boca de todos, bueno es recordar la imagen del primer diputado elegido por el Cabildo y por un grupo calificado de vecinos (27 de junio de 1810), el doctor Manuel Felipe Molina cuyo mensaje, tan distante, más que en el tiempo, en los valores, en la mentalidad, en la conciencia, en la formación y en la conducta, revelaba: "amor a la patria, deseo de sacrificarse por ella". El doctor Molina era un hombre inteligente y preparado -es decir, no le bastaba con saber firmar y deletrear- y estaba en condiciones, como lo hizo, de defender los derechos de las provincias frente al porteñismo, ya entonces, avasallante.
Caducado el mando del doctor Molina, y con motivo de la segunda elección, el Cabildo dirige a los electores un sano, loable consejo: que "pusieran la vista en sujetos de distinguidas y recomendables cualidades". ¡Menuda exigencia! ¿Habría en esa época, punteros, operadores, lobbystas, "aparatos"?
Desde aquellas primeras elecciones, al presente, hay mucha tela para cortar, tejidos para desarmar y empezar a tejer de nuevo,con otras agujas y otros materiales. Se llenarían contenedores de residuos.
Generación del Centenario: el despliegue de lo que lograron y dejaron es una red vigorosa que no sólo puede evitar nuestra caída sino también darnos un impulso que vuelva a proyectarnos hacia arriba. Dos hechos bastan: Universidad Nacional de Tucumán y Fundación Miguel Lillo, aunque serían necesarios libros enteros para reseñar lo actuado por este grupo calificado de tucumanos. Juan B. Terán, en 1914, al inaugurar la Universidad, señala que ese acto era "el punto de partida de una evolución indefinida". Padilla, por su parte, dice: "La posteridad señale esta fecha para honor y gloria de nuestra generación" (4).
Dos mandatos. Dos obligaciones. Dos deudas. Y a las deudas hay que honrarlas, a pesar de las dificultades, que pueden ser muchas y pueden ser grandes.¿Qué esperamos para ponernos a trabajar, al margen de los corruptos y de los incapaces? ¿Nos van a poner palos en la rueda? ¡No los dejemos! Somos muchos. Y muchos bien calificados.
Los gobiernos de Campero: Carlos Páez de la Torre (h), con la característica precisión de su estilo, señala a propósito de Campero "desempeñó durante dos fecundos períodos la primera magistratura de Tucumán" (5). En efecto, fueron fecundos pero también austeros y, sobre todo, honrados. Qué fórmula fácil ¿no? Austeridad + honradez ¿Por qué no podrá cumplirse en el presente? ¡Ah!: se necesitan dirigentes probos y capaces.
Cuando Campero es reelegido en 1934, los diarios del país se ocupan de esta elección. "La Prensa" señala la corrección de los comicios y recuerda otros anteriores: "Era una máquina visible la que montaba el oficialismo y desde los comisarios hasta los presidentes de los comicios, todos obraban con la consigna de ganar, costare lo que costase. Los partidos opositores encontraban materialmente cerrado el camino. Sus esfuerzos, sus más vibrantes protestas, se esfumaban en la esterilidad".
A su vez la Junta Electoral, presidida entonces por Juan Heller, declaraba que había asegurado las garantías para el desarrollo normal de los comicios, "concurriendo de inmediato a subsanar los entorpecimientos que le fueron denunciados".
En el último mensaje de Campero ante la Asamblea Legislativa hay conceptos que deberían grabar a fuego todos los gobernantes argentinos, desde el primer magistrado hasta el último delegado comunal: "Distinguir entre la política del Estado y la de los partidos es gustar del señorío espiritual que proporciona una conciencia cívica responsable".
El rectorado de Horacio Descole: un trabajo de Ramón Alberto Pérez (6) rememora aquel año 1949; un vastísimo plan cultural extendido desde la universidad y abrazando sólidamente a toda la provincia. Echemos una fugaz mirada: Lino Spilimbergo, Métraux, los hermanos Conrad... Dicen que Descole intentó traer a Picasso. Dicen, también, que por su amistad con Perón, tuvo mucho poder. Y eso ¿qué importa? Nos hizo crecer. Dejó su impronta. Murió pobre en ADOS, rodeado sólo de escasísimos amigos.
Estas conductas, estas situaciones, están muy distantes del presente, en todos los niveles, y fagocitan nuestro desengaño, pero también deben alimentar nuestras energías espirituales, para cada día, para cada acción. Porque "la patria, amigos, es un acto perpetuo" (7). (c) LA GACETA
NOTAS1) J.P. Avila, Tucumán 1920, p. 415.
2) Sala Ma. Elisa (2003): "El Satiricón, de Petronio", en Tucumán en la memoria, X, s/d.
3) Avila, cit., p. 7.
4) (1992) Tucumán y "LA GACETA". 80 años de historia. Tucumán, ed. de LA GACETA. P. 14.
5) (1994) Historia ilustrada de Tucumán, Tucumán, Libreros y edit. asociados, p. 397.
6) (2003) "El año 49 en la plástica" en: El viejo Tucumán en la memoria, T.IX. Tucumán Ediciones del Rectorado, 2003, pp. 99, ss.
7) J.L. Borges (1974): "Oda escrita en 1966", en El otro, el mismo. O.C, p. 138 Buenos Aires, Emecé.







