26 Octubre 2003 Seguir en 

Hasta no hace mucho, se concebía al académico como a un ser retrógrado que se oponía a las naturales mutaciones de la lengua. En los días que corren, insistir sobre semejante asociación constituiría un acto de mala fe, ya que lo institucionalizado por la ideología estética dominante -la violencia encubierta de la transgresión programática- está hoy apoltronado en las universidades.
Las mutaciones de la lengua literaria, en el ámbito de la poesía, han dejado de tener como punto de referencia un fundamento natural: son todas artificiales, responden al pie de la letra a las instrucciones de la nueva crítica que se imparte desde las cátedras.
Consecuentemente, resulta imposible endosarle la imagen del censor en potencia al académico perteneciente a la Academia Argentina de Letras; de hecho, en el presente, dicho individuo no pasa de ser un escritor aislado que aún conserva el sentido de realidad. Para probarlo, basta aproximarse a la obra de creación del académico Rodolfo Modern. Podrá gustar más o menos, pero sería injusto vincular su escritura a lo acomodaticio, a lo carente de riesgo e imaginación. Una imaginación la suya, queda claro, que busca ir más allá del regodeo experimentalista que se satisface en la demolición de toda posibilidad de significado."Significado" es una palabra clave de Cartografías, la más reciente recopilación poética de Rodolfo Modern. Dejándonos llevar por la sugerencia del título del volumen, podríamos definir el libro como un conjunto de operaciones metafóricas destinadas a elaborar el mapa de lo que resta del sentido. Se trata de un intento serio, obviamente, pero que no tiene nada de solemne, ya que la facultad poética por excelencia, el asombro, persiste. Hay angustia, pero no resignación: de ahí la incesante creatividad del poeta. Es duro no darse por vencido al avanzar entre escombros, ir solo por en medio de la ruina, pero es inevitable, ya que, como afirma Montale en un célebre poema, "no se ceden voz, leyenda o destino". A pesar de la sordera y de la afasia circundantes, la poesía sigue siendo coherente consigo misma, renovando su apuesta a favor de la palabra con sentido, única salvaguarda contra la enajenación generalizada.
La amenaza de la locura ante la ausencia de significados que le otorguen cohesión y porvenir a la existencia, no tiene nada de tópico retórico en las páginas de Cartografías; más bien, por el contrario, tiene las características de una sufrida y sombría constatación que se filtra permanentemente entre los versos que evocan el destino de nuestra especie en los inicios del tercer milenio: "Qué vida es ésta que no llevo. // Pues verdaderamente soy llevado / bote inestable surcando el río / pájaro siervo de ventoleras y de atardeceres. // Qué vida es ésta que no llevo / ventanas cerradas sin resquicios / el aire denso y sin un adelante / y música que se estrelló en el muro. / Hojas rodando hacia ninguna parte...". Hablar sin esperar ser oído, publicar sin esperar ser leído, constituyen algo más que síntomas de un diálogo infructuoso; son patentes señales de una incomunicación y un desamparo poco menos que absolutos que desbordan con creces el solitario menester del poeta: "Acostado boca arriba / atraído por el cielorraso / entre paredes / las persianas cerradas / sin ventanas / ése es mi reino / ésas mis sólidas fronteras. // Por la noche / fluyen con los ojos abiertos / el esperma de los sueños / el de las estaciones que verdecen y se agostan. // [...] // Así es mi seca soledad, / mi reino".
Es difícil, si no imposible, avizorar una salida de este laberinto en el que sólo la irresponsabilidad medra con petulancia y buen humor. Al poeta sólo le cabe mantenerse fiel a su tarea: custodiar el lenguaje, su único bien. Así nos lo recuerda Modern en un breve e intenso poema titulado "El poeta", escrito después de haber dejado atrás la cima de los ochenta: "Ara / en el hueco de la ola / sube (o baja) al centro de la luz / escucha voces / y las devuelve con limpieza. // Eso es todo.".(c) LA GACETA
Las mutaciones de la lengua literaria, en el ámbito de la poesía, han dejado de tener como punto de referencia un fundamento natural: son todas artificiales, responden al pie de la letra a las instrucciones de la nueva crítica que se imparte desde las cátedras.
Consecuentemente, resulta imposible endosarle la imagen del censor en potencia al académico perteneciente a la Academia Argentina de Letras; de hecho, en el presente, dicho individuo no pasa de ser un escritor aislado que aún conserva el sentido de realidad. Para probarlo, basta aproximarse a la obra de creación del académico Rodolfo Modern. Podrá gustar más o menos, pero sería injusto vincular su escritura a lo acomodaticio, a lo carente de riesgo e imaginación. Una imaginación la suya, queda claro, que busca ir más allá del regodeo experimentalista que se satisface en la demolición de toda posibilidad de significado."Significado" es una palabra clave de Cartografías, la más reciente recopilación poética de Rodolfo Modern. Dejándonos llevar por la sugerencia del título del volumen, podríamos definir el libro como un conjunto de operaciones metafóricas destinadas a elaborar el mapa de lo que resta del sentido. Se trata de un intento serio, obviamente, pero que no tiene nada de solemne, ya que la facultad poética por excelencia, el asombro, persiste. Hay angustia, pero no resignación: de ahí la incesante creatividad del poeta. Es duro no darse por vencido al avanzar entre escombros, ir solo por en medio de la ruina, pero es inevitable, ya que, como afirma Montale en un célebre poema, "no se ceden voz, leyenda o destino". A pesar de la sordera y de la afasia circundantes, la poesía sigue siendo coherente consigo misma, renovando su apuesta a favor de la palabra con sentido, única salvaguarda contra la enajenación generalizada.
La amenaza de la locura ante la ausencia de significados que le otorguen cohesión y porvenir a la existencia, no tiene nada de tópico retórico en las páginas de Cartografías; más bien, por el contrario, tiene las características de una sufrida y sombría constatación que se filtra permanentemente entre los versos que evocan el destino de nuestra especie en los inicios del tercer milenio: "Qué vida es ésta que no llevo. // Pues verdaderamente soy llevado / bote inestable surcando el río / pájaro siervo de ventoleras y de atardeceres. // Qué vida es ésta que no llevo / ventanas cerradas sin resquicios / el aire denso y sin un adelante / y música que se estrelló en el muro. / Hojas rodando hacia ninguna parte...". Hablar sin esperar ser oído, publicar sin esperar ser leído, constituyen algo más que síntomas de un diálogo infructuoso; son patentes señales de una incomunicación y un desamparo poco menos que absolutos que desbordan con creces el solitario menester del poeta: "Acostado boca arriba / atraído por el cielorraso / entre paredes / las persianas cerradas / sin ventanas / ése es mi reino / ésas mis sólidas fronteras. // Por la noche / fluyen con los ojos abiertos / el esperma de los sueños / el de las estaciones que verdecen y se agostan. // [...] // Así es mi seca soledad, / mi reino".
Es difícil, si no imposible, avizorar una salida de este laberinto en el que sólo la irresponsabilidad medra con petulancia y buen humor. Al poeta sólo le cabe mantenerse fiel a su tarea: custodiar el lenguaje, su único bien. Así nos lo recuerda Modern en un breve e intenso poema titulado "El poeta", escrito después de haber dejado atrás la cima de los ochenta: "Ara / en el hueco de la ola / sube (o baja) al centro de la luz / escucha voces / y las devuelve con limpieza. // Eso es todo.".(c) LA GACETA







