Los negros como un grupo subalterno de la sociedad colonial

Por Elena Florencia Pedicone de Parellada

26 Octubre 2003
Cielo de Tambores incursiona en la llamada "novela histórica". Bucea en el tiempo de la Independencia de nuestro país, que de por sí tiene el atractivo de haber fecundado histórica y míticamente los Padres de la Patria, pero también silenciado a héroes anónimos. Así, aporta desde la ficción una versión "otra" sobre la gestación colectiva de este país.
La figura de Belgrano aparece focalizada desde la mirada de María Kumbá, esclava liberta, y desde la del tucumano Gregorio Rivas, mestizo descendiente de indios.
El criollo y la negra, periféricos socialmente, dan su versión, juzgan y con ello alcanzan autoridad textual, el poder y la autoridad que la sociedad de castas colonial no les permitió en su momento. Moviliza el texto a una reflexión sobre nuestro perfil demográfico actual: la ausencia de la etnia negra en nuestro suelo. Podríamos considerar que la obra de Moya vuelve a inscribir a la gente de color en las páginas de la cultura.
Sensible al papel del sujeto en la construcción de los lazos de una sociedad, restaura en las vivencias de una mujer de color el alcance histórico de todos los de su etnia.
No soslaya la problemática del "blanqueo" de la raza; por este motivo el discurso narrativo se abre hacia planteos ligados a fenómenos como la "manumisión" o liberación de los esclavos por parte de sus amos, "la misgenación" con los numerosos genotipos obtenidos por las mezclas y el necesario "sincretismo" de una Argentina que ya aspiraba a ser blanca y que veía en San Benito la cara de las divinidades yorubas Olorúm y Obatalá.
Importante documentación abona la novela de Moya en lo que a la situación legal y social del negro se refiere.
La legislación referente a la esclavitud en el período comprendido entre 1810-1820 muestra que nuestra revolución fue antiesclavista, y que si bien los hombres de Mayo estaban imbuidos de un espíritu libertario, se movían dentro de un marco limitado para no ofender "el derecho de propiedad" de los dueños. Moya se refiere a esta contradicción ética focalizando la plaza del 25 desde el costado inusitado de la mulata liberta.
Respecto de la afirmación con aristas casi míticas de que el negro fue exterminado por haber participado en las primeras filas en las luchas por la Independencia, el texto relativiza el planteo, teniendo presente las leyes que regulaban de forma explícita la incorporación de los esclavos al ejército.
Un país altamente militarizado no podía dejar de tener entre sus alistados a los de color, que veían en esto la posibilidad de su liberación (el denominado sistema "rescate de esclavos para el servicio de armas"); una libertad a riesgo de muerte, pero un riesgo que, al fin y al cabo, los igualaba en el frente bélico a los que gozaban de plenos derechos.
Decíamos que se relativiza el planteo, no se lo niega. Lenguaje del poder y lenguaje contestatario pueden ser leídos conjuntamente en la novela.
El cadáver del anónimo Manuel negro en un rincón de San Telmo después del desembarco de los ingleses parece dictar a un narrador que discurre junto a los que ya no tienen voz. Tampoco se merecieron los de sangre negra el temor que sintió Buenos Aires al saber armados a los negros y mulatos de la ciudad; el gobierno estipuló una recompensa para los que devolvieran las armas, lo que sonó a bofetada...
Si bien la atención del texto focaliza factores coadyuvantes a la "ausencia" negra en la sociedad argentina actual, también tiende redes hacia la "presencia" de la raza en nuestro sistema cultural vigente en prolongaciones residuales de variadísima naturaleza: la ronda catonga del registro lúdico infantil, la macumba, las ombligadas del carnaval se engastan magistralmente en el armado novelesco y otorgan al discurso una suerte de carnadura poética.
Así, no falta el registro culinario de documentada génesis de uno de los platos preferidos por los argentinos que, sin ser nombrado, el lector infiere. Los afroargentinos, dice Ana Gloria Moya, le dieron a la Argentina los chinchulines, uno de sus platos predilectos.
También en lo aparentemente anodino la escritora reconstruye la genealogía de nuestro país, obedeciendo al imperativo de bucear en la identidad cultural. No hay negros en Argentina, es cierto; pero la sangre de color sigue fluyendo por nuestras venas, deja oír el texto.
Grandilocuencia épica / minimalismo doméstico; vacío / memoria; imaginación / facticidad emanan en Cielo de Tambores no como oponentes sino como posibilidad de establecer conjunciones y disyunciones en el camino del autoconocimiento y de la búsqueda del ser nacional.(c) LA GACETA

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