Los cuentos de Abelardo Castillo son en realidad solamente uno

Por Federico Peltzer

26 Octubre 2003
Dramaturgo, novelista, crítico, Abelardo Castillo es, sobre todo, uno de nuestros mejores cuentistas. El ha dicho varias veces que sus libros de cuentos son, en verdad, uno solo, y que este debería llamarse "Los mundos reales". De ahí que a menudo sus historias pasen de un libro a otro, a veces con ligeras modificaciones.
En la edición de 1976 de Las panteras y el templo explica en un prólogo sus ideas en cuanto a la propia labor. Lo repite, con alguna variante, pero como posfacio. Lo publicado hasta ahora -dice- no son libros autónomos, sino etapas de un ciclo cuya última página todavía no ha escrito. Acerca de las variaciones que introduce (y que se le han reprochado), afirma que hay una ética de la forma y que una obra, para él, nunca está terminada, sino a lo sumo postergada, hasta que por cansancio se publica. Y añade esto, con el derecho que dan los años y el oficio: "No estoy de acuerdo con el modo de producir de mi generación, incluso estuve por escribir de mi tiempo. Y quizá debí escribirlo. Ya no se publican libros; se publican libretas de apuntes". Oportuna advertencia cuando el afán de originalidad y de ruptura lleva a tantos a retorcer las estructuras y deformar o corromper el lenguaje hasta lo ilegible.La relectura de este libro causa tanto placer como la primera vez. Dividido en cuatro partes, la última está ocupada por "Noche para el Negro Griffith", relato con sabor cortazariano en que el narrador asiste a una de esas transfiguraciones que sólo el arte puede deparar: el milagro de que el trompetista toque como nunca, por única vez, más allá de su mediocridad, como si el espíritu de los grandes del jazz, que siempre invoca, hubiera descendido un instante sobre él.
Con un registro que alterna lo real con lo fantástico, se destaca "Vivir es fácil, el pez está saltando", drama de un amor fracasado en el cual lo que se dice conduce al resultado opuesto de lo que era de esperar.
También el amor frustrado aparece en "Crear una pequeña flor es un trabajo de siglos", aunque la figura femenina es más tierna y dolorosa que en el primero y la historia opta por un tono de ironía despiadado. El crimen, o su intención, atrapan por el suspenso tanto en "El hacha pequeña de los indios" como en el que da nombre al libro. Otro matiz, la absorción de la personalidad, aparece en "La garrapata". Ciertas situaciones que no permiten vislumbrar una salida conservan su misterio en "Triste le ville" y en "Week end".
Sin espacio para dedicar a cada cuento, cabe ponderar una vez más el arte de Castillo, autor que nada descuida, ni en el armado de sus cuentos ni en su prosa. Su lectura atrapa al lector, y puede servir de ejemplo a los escritores jóvenes o a los menos cuidadosos. (c) LA GACETA

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