26 Octubre 2003 Seguir en 

El debate sobre si existe -o no- vocación hegemónica por parte del peronismo se parece demasiado a un pasatiempo intelectual. Existe esa vocación desde que el peronismo existe y, lo que es más evidente aún, ese partido nunca perdió tiempo en disimularlo.
En los últimos 56 años, sólo una vez el justicialismo aceptó que expresa nada más que a una fracción de la sociedad. Paradójicamente fue en 1973, la única vez que el peronismo unido, con la candidatura de un Perón consensual y agónico, trepó a más del 60 por ciento de los votos. Sin embargo, el propio Perón le había ofrecido la candidatura vicepresidencial a Ricardo Balbín, pero el radicalismo no lo dejó a este aceptar esa propuesta.
Veinticinco años antes, en 1949, ese mismo Perón, más joven y con una vocación insaciable de poder, cambió la Constitución nacional para perpetuarse en el poder. En aquellos tiempos, el país entero estaba -política, social y culturalmente-, impregnado por la vocación hegemónica del justicialismo.
En la más reciente década del 90, otro presidente peronista, Carlos Menem, volvió a cambiar la Constitución también para perdurar en el poder, aunque este contó con el apoyo político del radicalismo que Perón no tuvo en el 49. El principio básico de la división de poderes quedó destruido durante la década menemista. En gran parte de esos años, un Menem conducía el Ejecutivo, otro Menem (Eduardo) presidía el Congreso, y un ex socio de ambos, Julio Nazareno, estuvo al frente del Poder Judicial.
¿Hay que seguir averiguando si el peronismo es -o no es- hegemónico? ¿Qué es, en última instancia, lo que modifica ahora dramáticamente un debate que duró medio siglo? ¿Qué elementos nuevos hay para que ese riesgo haya aparecido con la traza de una eventual tragedia política?
El riesgo es, en efecto, más grande que nunca. En primer lugar, el presidente Néstor Kirchner es un político con un claro talante de predominio; su bella Santa Cruz terminó siendo un virtual señorío de la familia Kirchner, incluidas una modificación constitucional y una ampliación de la Corte Suprema de Justicia. Pero la voluntad de un hombre no podría cambiar la historia si no existieran, además, condiciones objetivas.
La primera condición nueva y perceptible es la sensación social de que el peronismo es, con sus más y con sus menos, el único partido político argentino en condiciones de cabalgar sobre el potro del poder.
Hasta 1999, esa impresión no existía de manera generalizada y el peronismo no contaba con el 50 por ciento del electorado. Es decir: estaba obligado a conquistar al segmento independiente de la sociedad para acceder al poder.
Con el instinto de animal político que tiene, Eduardo Duhalde fue el primer peronista en advertir que las condiciones habían cambiado. ¿Cómo se explica, si no, que haya sometido a la sociedad argentina a una feroz interna peronista en las elecciones presidenciales del 27 de abril último? Resultado: los candidatos del peronismo se llevaron, por separado, más del 60 por ciento de los votos.
El radicalismo tardó una década en ser perdonado por el fracaso de Raúl Alfonsín. Aun así, debió recurrir a una alianza de centroizquierda para maquillar el nombre partidario mediante una coalición, pero el presidente radical que surgió, Fernando de la Rúa, terminó peor que Alfonsín.
El problema de los dos, en su examen definitivo frente a la sociedad, no refiere tanto a que hayan aplicado políticas erróneas, sino que dieron muestras inconfundibles de incapacidad para controlar el poder. La hiperinflación, en el caso de Alfonsín; la depresión económica, en el de De la Rúa, y la indisciplina social que profanó la propiedad privada en ambas oportunidades perfilaron la imagen de que el radicalismo no está en condiciones de gobernar la economía ni de garantizar el orden público.
Pasará mucho tiempo, sin duda, antes de que ese partido vuelva a ser una alternativa de poder en la Argentina. ¿Qué lo ha reemplazado en la representación de las franjas sociales antiperonistas?¿Acaso el movimiento de Ricardo López Murphy o el de Elisa Carrió?
Llama la atención que sean, precisamente, dos ex radicales los que corporizan las únicas posibilidades de construir una oposición al peronismo. La contradicción carga con nuevas objeciones las espaldas del radicalismo, si se entiende a un partido político como un conjunto de ideas básicas, capaz de albergar a vertientes diversas que interpretan de manera diferente ese contrato fundacional.
Al revés, su contrincante histórico, el peronismo, se hizo cargo del nacionalismo de Perón de los años 40 y 50; del liberalismo de Menem en la década del 90; del populismo de Duhalde y de Rodríguez Saá y del progresismo de Kirchner. La única condición es que nadie "saque los pies del plato", según la fórmula del propio Perón, que no significa otra cosa que nadie debe irse del partido. Importa más el poder que las disidencias y, en ese orden de prioridades, coinciden todos los fragmentos de la identidad peronista.
El radicalismo no sólo no tiene esa condición en su tradición partidaria; también impuso, durante la larga conducción de Alfonsín, que debían abandonar el partido quienes desentonaran con el pensamiento del líder. López Murphy y Carrió son productos políticos de esa incontinencia del radicalismo, de esa incapacidad para alojar ideas diversas. Conclusión: el radicalismo se encoge mientras sus retoños no alcanzan a tomar vuelo como alternativas reales de poder.
Entronizado Kirchner con menos votos que Arturo Illia, López Murphy eligió cuanto camino equivocado se le abría a sus pasos. Prefirió no competir por el gobierno de la Capital, que -a la vista de la buena elección que hizo Mauricio Macri- hubiera ganado sobre el desgastado Aníbal Ibarra. Eligió como candidato a gobernador de Buenos Aires a un ex funcionario de De la Rúa y el propio López Murphy se borró como candidato a diputado nacional. En síntesis, desde el 27 de abril no hace más que explicar calamitosas derrotas en distritos electorales fundamentales del país.
Con su proverbial sinceridad, Carrió aceptó públicamente lo que es evidente: Kirchner le robó el programa, las banderas y la impronta. La fuerza política de la diputada está a punto de ser devorada por el peronismo gobernante. Administrando el gobierno, el peronismo termina cooptando todo lo que está a su alcance cuando se vuelca hacia un lado del espectro ideológico. ¿No sucedió lo mismo acaso con la vieja Ucedé en los tiempos de Menem?
La sociedad argentina no es unánimemente peronista y el peronismo tiene sus propios límites. De hecho, casi la mitad de la sociedad de la Capital votó contra el candidato de Kirchner, y el gobernador reelecto de Buenos Aires, Felipe Solá, arañó apenas el 43 por ciento de los votos, aunque a una distancia oceánica de sus opositores. Sus opositores no fueron los partidos clásicos, sino dos expresiones armadas de la política, Luis Patti y Aldo Rico, que mostraron más confusión ideológica que claridad conceptual.
El conflicto, entonces, no radica en la vocación hegemónica del peronismo, que la tiene, sino en la escasa aptitud de la oposición para construir una frontera entre la pluralidad y la hegemonía. El colapso de la oposición, inédito en las características actuales, es el problema más serio del sistema político si se levanta la mirada sobre la gris coyuntura.
Kirchner podrá ser un buen o un mal presidente. Por ahora, lo único que debe reconocérsele es la vocación inmoderada que ha puesto para reconstruir la institución presidencial, hecha añicos por la renuncia de De la Rúa en la mitad de su mandato y por la gestión de Duhalde, que fue a caer justo al lugar donde la sociedad argentina no lo quiso ver. No es un mérito menor en un país con todas sus instituciones destruidas.
Sin oposición a la vista, cualquiera de esos dos resultados del actual presidente significará, a la vez, un nuevo desafío para el sistema político. Si Kirchner resultara un presidente reconocido por sus conciudadanos, el peronismo podría convertirse, entonces sí, en una especie de PRI argentino, remedando al partido que gobernó México durante setenta años y que contenía, en su seno, a oficialismo y a oposición, a la izquierda y a la derecha.
El peronismo actual reconoce facciones diversas. ¿El progresismo de Kirchner es igual que el populismo de Duhalde? ¿En qué se parecen ambos a los barones neoliberales del interior peronista? Sin embargo, la diferencia del peronismo respecto de los otros partidos políticos es que no tiene ningún problema en convivir entre semejantes paradojas.
Si Kirchner terminara mal, y si la oposición no lograra hasta entonces salir del laberinto en el que está, entonces el ejemplo no sería México, sino Venezuela. ¿Hay acaso algún Hugo Chávez argentino a la vista? No. Pero lo que importa no es encontrar el modelo humano, sino establecer la similitud del escenario y sus circunstancias. Chávez fue el emergente de una corporación política corrupta, incapaz, por otro lado, de resolver los problemas más esenciales de la sociedad venezolana.
Encontrarlo no será imposible. ¿No está la sociedad argentina superpoblada de demagogos que carecen de una idea, buena o mala?
Kirchner tiene la obligación de evitarle semejante pesadilla a la Argentina, pero la oposición clásica, en cualquiera de sus formas, tiene el deber de impedirle al peronismo que, después de más de medio siglo de historia, se dé el gusto de probar el sabor de la hegemonía. (c) LA GACETA
En los últimos 56 años, sólo una vez el justicialismo aceptó que expresa nada más que a una fracción de la sociedad. Paradójicamente fue en 1973, la única vez que el peronismo unido, con la candidatura de un Perón consensual y agónico, trepó a más del 60 por ciento de los votos. Sin embargo, el propio Perón le había ofrecido la candidatura vicepresidencial a Ricardo Balbín, pero el radicalismo no lo dejó a este aceptar esa propuesta.
Veinticinco años antes, en 1949, ese mismo Perón, más joven y con una vocación insaciable de poder, cambió la Constitución nacional para perpetuarse en el poder. En aquellos tiempos, el país entero estaba -política, social y culturalmente-, impregnado por la vocación hegemónica del justicialismo.
En la más reciente década del 90, otro presidente peronista, Carlos Menem, volvió a cambiar la Constitución también para perdurar en el poder, aunque este contó con el apoyo político del radicalismo que Perón no tuvo en el 49. El principio básico de la división de poderes quedó destruido durante la década menemista. En gran parte de esos años, un Menem conducía el Ejecutivo, otro Menem (Eduardo) presidía el Congreso, y un ex socio de ambos, Julio Nazareno, estuvo al frente del Poder Judicial.
¿Hay que seguir averiguando si el peronismo es -o no es- hegemónico? ¿Qué es, en última instancia, lo que modifica ahora dramáticamente un debate que duró medio siglo? ¿Qué elementos nuevos hay para que ese riesgo haya aparecido con la traza de una eventual tragedia política?
El riesgo es, en efecto, más grande que nunca. En primer lugar, el presidente Néstor Kirchner es un político con un claro talante de predominio; su bella Santa Cruz terminó siendo un virtual señorío de la familia Kirchner, incluidas una modificación constitucional y una ampliación de la Corte Suprema de Justicia. Pero la voluntad de un hombre no podría cambiar la historia si no existieran, además, condiciones objetivas.
La primera condición nueva y perceptible es la sensación social de que el peronismo es, con sus más y con sus menos, el único partido político argentino en condiciones de cabalgar sobre el potro del poder.
Hasta 1999, esa impresión no existía de manera generalizada y el peronismo no contaba con el 50 por ciento del electorado. Es decir: estaba obligado a conquistar al segmento independiente de la sociedad para acceder al poder.
Con el instinto de animal político que tiene, Eduardo Duhalde fue el primer peronista en advertir que las condiciones habían cambiado. ¿Cómo se explica, si no, que haya sometido a la sociedad argentina a una feroz interna peronista en las elecciones presidenciales del 27 de abril último? Resultado: los candidatos del peronismo se llevaron, por separado, más del 60 por ciento de los votos.
El radicalismo tardó una década en ser perdonado por el fracaso de Raúl Alfonsín. Aun así, debió recurrir a una alianza de centroizquierda para maquillar el nombre partidario mediante una coalición, pero el presidente radical que surgió, Fernando de la Rúa, terminó peor que Alfonsín.
El problema de los dos, en su examen definitivo frente a la sociedad, no refiere tanto a que hayan aplicado políticas erróneas, sino que dieron muestras inconfundibles de incapacidad para controlar el poder. La hiperinflación, en el caso de Alfonsín; la depresión económica, en el de De la Rúa, y la indisciplina social que profanó la propiedad privada en ambas oportunidades perfilaron la imagen de que el radicalismo no está en condiciones de gobernar la economía ni de garantizar el orden público.
Pasará mucho tiempo, sin duda, antes de que ese partido vuelva a ser una alternativa de poder en la Argentina. ¿Qué lo ha reemplazado en la representación de las franjas sociales antiperonistas?¿Acaso el movimiento de Ricardo López Murphy o el de Elisa Carrió?
Llama la atención que sean, precisamente, dos ex radicales los que corporizan las únicas posibilidades de construir una oposición al peronismo. La contradicción carga con nuevas objeciones las espaldas del radicalismo, si se entiende a un partido político como un conjunto de ideas básicas, capaz de albergar a vertientes diversas que interpretan de manera diferente ese contrato fundacional.
Al revés, su contrincante histórico, el peronismo, se hizo cargo del nacionalismo de Perón de los años 40 y 50; del liberalismo de Menem en la década del 90; del populismo de Duhalde y de Rodríguez Saá y del progresismo de Kirchner. La única condición es que nadie "saque los pies del plato", según la fórmula del propio Perón, que no significa otra cosa que nadie debe irse del partido. Importa más el poder que las disidencias y, en ese orden de prioridades, coinciden todos los fragmentos de la identidad peronista.
El radicalismo no sólo no tiene esa condición en su tradición partidaria; también impuso, durante la larga conducción de Alfonsín, que debían abandonar el partido quienes desentonaran con el pensamiento del líder. López Murphy y Carrió son productos políticos de esa incontinencia del radicalismo, de esa incapacidad para alojar ideas diversas. Conclusión: el radicalismo se encoge mientras sus retoños no alcanzan a tomar vuelo como alternativas reales de poder.
Entronizado Kirchner con menos votos que Arturo Illia, López Murphy eligió cuanto camino equivocado se le abría a sus pasos. Prefirió no competir por el gobierno de la Capital, que -a la vista de la buena elección que hizo Mauricio Macri- hubiera ganado sobre el desgastado Aníbal Ibarra. Eligió como candidato a gobernador de Buenos Aires a un ex funcionario de De la Rúa y el propio López Murphy se borró como candidato a diputado nacional. En síntesis, desde el 27 de abril no hace más que explicar calamitosas derrotas en distritos electorales fundamentales del país.
Con su proverbial sinceridad, Carrió aceptó públicamente lo que es evidente: Kirchner le robó el programa, las banderas y la impronta. La fuerza política de la diputada está a punto de ser devorada por el peronismo gobernante. Administrando el gobierno, el peronismo termina cooptando todo lo que está a su alcance cuando se vuelca hacia un lado del espectro ideológico. ¿No sucedió lo mismo acaso con la vieja Ucedé en los tiempos de Menem?
La sociedad argentina no es unánimemente peronista y el peronismo tiene sus propios límites. De hecho, casi la mitad de la sociedad de la Capital votó contra el candidato de Kirchner, y el gobernador reelecto de Buenos Aires, Felipe Solá, arañó apenas el 43 por ciento de los votos, aunque a una distancia oceánica de sus opositores. Sus opositores no fueron los partidos clásicos, sino dos expresiones armadas de la política, Luis Patti y Aldo Rico, que mostraron más confusión ideológica que claridad conceptual.
El conflicto, entonces, no radica en la vocación hegemónica del peronismo, que la tiene, sino en la escasa aptitud de la oposición para construir una frontera entre la pluralidad y la hegemonía. El colapso de la oposición, inédito en las características actuales, es el problema más serio del sistema político si se levanta la mirada sobre la gris coyuntura.
Kirchner podrá ser un buen o un mal presidente. Por ahora, lo único que debe reconocérsele es la vocación inmoderada que ha puesto para reconstruir la institución presidencial, hecha añicos por la renuncia de De la Rúa en la mitad de su mandato y por la gestión de Duhalde, que fue a caer justo al lugar donde la sociedad argentina no lo quiso ver. No es un mérito menor en un país con todas sus instituciones destruidas.
Sin oposición a la vista, cualquiera de esos dos resultados del actual presidente significará, a la vez, un nuevo desafío para el sistema político. Si Kirchner resultara un presidente reconocido por sus conciudadanos, el peronismo podría convertirse, entonces sí, en una especie de PRI argentino, remedando al partido que gobernó México durante setenta años y que contenía, en su seno, a oficialismo y a oposición, a la izquierda y a la derecha.
El peronismo actual reconoce facciones diversas. ¿El progresismo de Kirchner es igual que el populismo de Duhalde? ¿En qué se parecen ambos a los barones neoliberales del interior peronista? Sin embargo, la diferencia del peronismo respecto de los otros partidos políticos es que no tiene ningún problema en convivir entre semejantes paradojas.
Si Kirchner terminara mal, y si la oposición no lograra hasta entonces salir del laberinto en el que está, entonces el ejemplo no sería México, sino Venezuela. ¿Hay acaso algún Hugo Chávez argentino a la vista? No. Pero lo que importa no es encontrar el modelo humano, sino establecer la similitud del escenario y sus circunstancias. Chávez fue el emergente de una corporación política corrupta, incapaz, por otro lado, de resolver los problemas más esenciales de la sociedad venezolana.
Encontrarlo no será imposible. ¿No está la sociedad argentina superpoblada de demagogos que carecen de una idea, buena o mala?
Kirchner tiene la obligación de evitarle semejante pesadilla a la Argentina, pero la oposición clásica, en cualquiera de sus formas, tiene el deber de impedirle al peronismo que, después de más de medio siglo de historia, se dé el gusto de probar el sabor de la hegemonía. (c) LA GACETA







