19 Octubre 2003 Seguir en 

Se trata de la transcripción de nueve entrevistas durante las que E. Roudinesco conversó con J. Derrida sobre los siguientes temas: la herencia intelectual (especialmente la legada por los años ?70), la noción de diferencia (étnica, sexual, etcétera), las transformaciones de la familia en Occidente, la libertad humana, los derechos de los animales, el espíritu de "la Revolución" (tras el fracaso del comunismo), la pena de muerte, el antisemitismo y el psicoanálisis.El volumen puede servir a quienes se interesen por tales asuntos, siempre que su interés obre, además, dentro de la singular atmósfera mental de ese manierismo que embargó a los intelectuales franceses cuando, hacia 1960, abdicaron de las ideas claras y distintas para ser ingeniosos, sutiles y barrocos. Es decir, desde que renunciaron a ser universales para ser, precisamente, franceses.
No deja de ser curioso que esa renuncia les deparara un poder de seducción de alcance casi tan general como el que les era propio cuando pensaban cartesianamente. En Buenos Aires, en Barcelona, en Caracas, en Tucumán, los nietos de quienes leían a Durkheim o a Bergson, y aun los hijos de quienes leían a Sartre, se entregaron con pasión a los dialectos crepusculares de los Foucault, Lacan, Lyotard y -cómo no- Derrida.El libro que da motivo a estas líneas es algo así como un balance y un pronóstico de ese -llamémosle así- movimiento, que examina con fruición algunos de sus conceptos emblemáticos. Por ejemplo, el de -dicho sea con perdón de la palabra- "deconstrucción".
Los lectores que estén fuera de esa conversación, aquellos que se interesan -digamos- por las bases neurobiológicas del conocimiento, o por las relaciones entre las matemáticas y la naturaleza, harían bien en abstenerse de leer este libro. (Advertencia que sabemos casi innecesaria, y que sólo se dirige a una poco probable distracción por parte de algún comprador de libros). (c) LA GACETA
No deja de ser curioso que esa renuncia les deparara un poder de seducción de alcance casi tan general como el que les era propio cuando pensaban cartesianamente. En Buenos Aires, en Barcelona, en Caracas, en Tucumán, los nietos de quienes leían a Durkheim o a Bergson, y aun los hijos de quienes leían a Sartre, se entregaron con pasión a los dialectos crepusculares de los Foucault, Lacan, Lyotard y -cómo no- Derrida.El libro que da motivo a estas líneas es algo así como un balance y un pronóstico de ese -llamémosle así- movimiento, que examina con fruición algunos de sus conceptos emblemáticos. Por ejemplo, el de -dicho sea con perdón de la palabra- "deconstrucción".
Los lectores que estén fuera de esa conversación, aquellos que se interesan -digamos- por las bases neurobiológicas del conocimiento, o por las relaciones entre las matemáticas y la naturaleza, harían bien en abstenerse de leer este libro. (Advertencia que sabemos casi innecesaria, y que sólo se dirige a una poco probable distracción por parte de algún comprador de libros). (c) LA GACETA







