
"La fe de los pastores", es decir, la fe sencilla y carente de espíritu crítico, prescinde de la inteligencia racional, que es lo que nos distingue del resto de los animales.
El fundamento de las creencias religiosas es la fe: fe en los dichos del que se dice enviado de Dios.
El enviado de Dios es un personaje de gran carisma que avala sus palabras con milagros, esto es, con hechos que ponen de manifiesto su poder sobre la Naturaleza como prueba de que la divinidad ratifica su mensaje. Porque como el mensaje se refiere a lo ultraterreno, su verdad no puede ser verificada; de ahí la importancia fundamental de producir hechos extraordinarios que acrediten la aprobación divina. Sin milagros, las palabras del enviado de Dios carecerían de sustento objetivo, ya que la sinceridad y ejemplaridad de vida, por conmovedoras que sean, no garantizan la verdad de los dichos, como se desprende de los múltiples ejemplos de gente moralmente admirable que vivió en el error y que indujo a otros a equivocarse.
Los discípulos divulgan el mensaje del enviado de Dios, dan testimonio de los milagros que lo convalidan y todo esto se documenta por escrito en los llamados "libros sagrados". Después viene la iglesia, que es una estructura administrativa que se considera depositaria e intérprete del mensaje divino y que organiza todo lo relativo al culto y al cumplimiento de la voluntad de Dios.
Como el milagro es el signo de que Dios aprueba el mensaje de Su enviado, los profetas de todas las religiones tuvieron que hacer milagros, y también los santones de todos los tiempos, lo que no es de sorprender porque siempre hubo gente que suele ver milagros.
El hecho milagroso es lo contrario del hecho natural porque vulnera las leyes de la Naturaleza por obra de una especial intervención divina. Pero como estamos muy lejos de conocer todas las leyes de la Naturaleza, no podemos saber a ciencia cierta si un hecho, por más extraordinario que sea, escapa o no del orden natural. Además, el asunto se complica porque en las etapas culturales más primitivas los hombres tienden a ver milagros y porque cierto tipo de personas suele verlos con facilidad.
Todas las grandes religiones que actualmente sobreviven nacieron cuando el pensamiento mágico estaba a la orden del día y el pensamiento científico, con todo el rigor crítico que implica, aún no había surgido. Los sucesos y los personajes de esos tiempos lejanos pertenecen hoy al mundo de la leyenda, y las pruebas históricas disponibles acerca de ellos son notoriamente insuficientes como para juzgar con certeza sobre la veracidad de los relatos extraordinarios que nos han llegado. Por eso, las discrepancias entre religiones no pueden resolverse por medio de pruebas. Entonces, adoptar una religión en vez de otra no es algo que surge del análisis racional de los hechos en los que cada una fundamenta su verdad.
Por lo general creemos en la religión que nos inculcaron en la niñez, cuando carecíamos de espíritu crítico y aceptábamos sin más lo que nos decían nuestros padres y maestros. Esas enseñanzas, repetidas insistentemente a lo largo del tiempo, se convierten en creencias no analizadas a las que nos adherimos por costumbre y sentimiento, como suele ocurrir con lo que nos viene de la infancia. Sin embargo, por más respetables que sean, esas motivaciones carecen de validez para fundamentar la verdad.
ACERCA DE LA CIENCIA
A medida que aumentan nuestros conocimientos aumenta también nuestro contacto con lo desconocido y, por ende, la conciencia de nuestra ignorancia.
La ciencia es un saber objetivo, porque se basa en experiencias que pueden ser verificadas por cualquier observador normal. Sin embargo, se trata siempre de un saber provisorio, porque observaciones más precisas o nuevos hechos observados pueden obligar a efectuar rectificaciones. Es decir que aunque el conocimiento científico está sujeto al severo control de la experiencia, no por eso se trata de un conocimiento definitivo.
La ciencia nos dice cómo ocurren los hechos, pero no nos dice por qué ocurren de ese modo. Según la ley de la gravitación universal, por ejemplo, los cuerpos se atraen de una determinada manera, pero la ciencia nada nos dice en definitiva por qué se atraen de esa manera en vez de comportarse de otro modo. En síntesis: la ciencia nos describe el ocurrir de los hechos, pero no nos dice su porqué. Esta parece ser una ineludible limitación de la condición humana. En su propio campo hay preguntas a las que la ciencia no puede responder, pero ello no nos autoriza a contestarlas prescindiendo de sus estrictos métodos de comprobación.
El conocimiento científico tiene muchas limitaciones, pero no tenemos otro modo de conocimiento, es decir, de saber susceptible de verificación, pues cuando se afirman hechos que no pueden ser corroborados fehacientemente por los hechos no es posible dirimir el diferendo frente a quienes sostienen otra cosa, como ocurre con las cuestiones religiosas. En la ciencia, por el contrario, se recurre a la experiencia, que es la prueba de los hechos, para comprobar lo que se afirma, lo que no significa que sea algo definitivo.
El hombre es el único animal que se ve precisado a preguntarse por la razón de las cosas. Sus respuestas fueron inicialmente de carácter mágico. El pensamiento mágico explica los fenómenos naturales como consecuencia de la actuación de poderes sobrenaturales. Como las respuestas ancestrales que dio el hombre para explicar la realidad fueron de carácter religioso, la ciencia debió enfrentarse con la religión para conquistar su espacio propio.
El pensamiento racional asocia los fenómenos mediante relaciones causales de carácter puramente natural, a las que llega partiendo de los datos que nos provee la experiencia. Esta es la esencia del pensamiento científico. Los griegos fueron los primeros en utilizar la razón como instrumento de conocimiento libre de componentes de carácter mágico, pero intentaron descifrar el misterio de la Naturaleza con argumentos sin mayor sustento experimental. Es el caso de la física de Aristóteles, que debió esperar casi dos mil años para que algunas de sus afirmaciones capitales fuesen desmentidas por experimentos relativamente sencillos efectuados por Galileo, los que bien pudieron haber sido hechos por los propios griegos si hubiesen otorgado mayor importancia a la experiencia.
El extraordinario progreso de los pueblos más civilizados ocurrido en los últimos ciento cincuenta años se debe al enorme avance de la ciencia y al sorprendente desarrollo de sus aplicaciones prácticas, lo que cambió sustancialmente las condiciones de vida que existían hasta ayer, a punto tal que Napoleón parece mucho más cerca de Julio César que de nosotros a pesar de que fue coronado Emperador hace menos de doscientos años. Se iluminaba con fuego y se transportaba a caballo al igual que Julio César. Es como si todo lo importante hubiese ocurrido recientemente, y el resto del pasado, muy alejado de nosotros, perteneciera a la prehistoria de la actual civilización científica y tecnológica.
La ciencia, y sobre todo sus aplicaciones prácticas, despiertan la admiración general, aunque no son muchos los que saben de qué se trata. El irracionalismo de siempre sigue pesando en nuestros días, pero esta vez con la apariencia de ciencia, lo que le ha permitido prestigiar las más grandes supercherías a los ojos de la gente poco criteriosa, siempre ávida de portentos. La literatura milagrera, espiritista, adivinatoria, astrológica y esotérica, con múltiples ejemplos de "pruebas irrefutables", ocupa vidrieras y estanterías enteras de ciertas librerías. La palabra escrita deslumbra a los simples. Abundan los santones, curanderos, adivinos, profetas, "profesores" y "doctores" que lucran con estas cosas y llenan muchas cabezas mal centradas. Todo este macaneo con ribetes científicos ha hecho mella en los medios semicultos y pseudocultos, y ha logrado hacerse admitir en sociedad.La racionalidad, que es propia del pensamiento científico, es un trabajoso producto de nuestra civilización; un producto todavía muy escaso, porque el pensamiento mágico ancestral sigue pesando genética y culturalmente sobre nosotros.
CONCLUSION
El que no tiene conciencia de las tinieblas no busca la luz.
Vivimos inmersos en un profundo misterio, y la magnitud del misterio es la medida de nuestra ignorancia. La ciencia sólo puede darnos soluciones parciales y transitorias, y las creencias religiosas no pueden comprobarse rigurosamente. Esto pone de manifiesto el carácter esencialmente menesteroso del espíritu humano.(c) LA GACETA







