12 Octubre 2003 Seguir en 

En un sentido estrictamente literario, podría aseverarse que la La potra, de Juan Filloy, es una novela perfecta. Existe una correspondencia vertiginosamente delicada, tanto musical como conceptual, entre la organización de la trama y el tejido del lenguaje.
Sin duda, Filloy es dueño de una prosa única y se sale de las cuestiones morales hacia el lenguaje; no se adhiere a escuelas previas ni a modas. No le interesan las tendencias que pregonan lo simple y sobrio por sobre lo barroco, ni hacer apología de las posibilidades exóticas del idioma ni de las vanguardias. El ha construido un camino genuino -es evidente-, y consigue flotar por encima de los tiempos. ¿Será ya un clásico? Este escritor cordobés, que nació a fines del XIX (1894), atravesó el siglo XX entero y rozó apenas el umbral del XXI, se valió de todo el espectro que ofrece el castellano para construir su peculiar universo literario. Sucede una simultaneidad extraña en su estilo: precisión clásica en el uso de las palabras y ruptura indecente de esa danza tradicional, hasta estallar en la belleza de una coreografía propia.La potra transcurre en una estancia de ingleses en la región pampeana y narra una historia muy argentina que remite, metafóricamente, a la dialéctica sangrienta entre civilización y barbarie. Desborda de contrastes: entre la peonada y sus patrones ingleses naturalizados aquí; entre la pobreza y la riqueza; entre la naturaleza y la cultura; entre la represión y los más bajos instintos humanos en definitiva. Estos extremos juegan en perfecta tensión hasta desembocar en las más conmovedoras y angustiantes situaciones trágicas. No obstante este infaltable requisito, el condimento humorístico completa el cuadro de comedia dramática.
Sus protagonistas son la patrona administradora de la estancia "Los Capitanejos" Verenna Briggs -superficial y fría, a la vez que poseedora de una inteligencia aguda, culta y hasta, en ocasiones, caliente-, y Quinto Ochoa, el domador de la estancia, dueño de un lenguaje gauchesco -como tantos otros personajes que se pasean por la novela-, que Filloy maneja con destreza y habilidad lúdica, apelando a las originales reminiscencias del género.
Leer a Filloy es com leer a Cervantes, en el sentido de lograr frecuencia con un lenguaje, ritmo y códigos literarios particulares y diferentes de los acostumbrados. Vale la pena el trabajo.
(c) LA GACETA
Sin duda, Filloy es dueño de una prosa única y se sale de las cuestiones morales hacia el lenguaje; no se adhiere a escuelas previas ni a modas. No le interesan las tendencias que pregonan lo simple y sobrio por sobre lo barroco, ni hacer apología de las posibilidades exóticas del idioma ni de las vanguardias. El ha construido un camino genuino -es evidente-, y consigue flotar por encima de los tiempos. ¿Será ya un clásico? Este escritor cordobés, que nació a fines del XIX (1894), atravesó el siglo XX entero y rozó apenas el umbral del XXI, se valió de todo el espectro que ofrece el castellano para construir su peculiar universo literario. Sucede una simultaneidad extraña en su estilo: precisión clásica en el uso de las palabras y ruptura indecente de esa danza tradicional, hasta estallar en la belleza de una coreografía propia.La potra transcurre en una estancia de ingleses en la región pampeana y narra una historia muy argentina que remite, metafóricamente, a la dialéctica sangrienta entre civilización y barbarie. Desborda de contrastes: entre la peonada y sus patrones ingleses naturalizados aquí; entre la pobreza y la riqueza; entre la naturaleza y la cultura; entre la represión y los más bajos instintos humanos en definitiva. Estos extremos juegan en perfecta tensión hasta desembocar en las más conmovedoras y angustiantes situaciones trágicas. No obstante este infaltable requisito, el condimento humorístico completa el cuadro de comedia dramática.
Sus protagonistas son la patrona administradora de la estancia "Los Capitanejos" Verenna Briggs -superficial y fría, a la vez que poseedora de una inteligencia aguda, culta y hasta, en ocasiones, caliente-, y Quinto Ochoa, el domador de la estancia, dueño de un lenguaje gauchesco -como tantos otros personajes que se pasean por la novela-, que Filloy maneja con destreza y habilidad lúdica, apelando a las originales reminiscencias del género.
Leer a Filloy es com leer a Cervantes, en el sentido de lograr frecuencia con un lenguaje, ritmo y códigos literarios particulares y diferentes de los acostumbrados. Vale la pena el trabajo.
(c) LA GACETA







