12 Octubre 2003 Seguir en 

Un intertexto de Teresa de Avila -"La loca de la casa"- como título, es un importante indicador que abre el canal de comunicación con el lector.
El yo que narra es a un mismo tiempo sujeto poético -aquello de lo que se habla- y se dirige a un tú que sostiene la proximidad autor-lector.
Rosa Montero escribe aquí su autobiografía, que resulta ser mucho más que eso -es, en realidad "la novela de un novelista"- e incursiona por las rutas de la fantasía, las vidas ajenas, el territorio axiológico, chimentos históricos, reflexiones existenciales y mucho más.
Su estilo desatado, desprejuiciado, casi heroico a fuer de sincero, es inconfundible e irradia un encanto que convierte la lectura en un hecho placentero. Pero no atrapa, o sea que es un texto para degustar de a poco.
La reflexión existencial va ganando terreno no bien iniciado el libro que, en definitiva, resulta ser un viaje desde las profundidades de la memoria hacia la conciencia -de la autora y del lector- que nos sacude y ¿por qué no? nos modifica.
Rosa Montero se retrata y se proyecta: relata estados anímicos comunes a gran parte de la humanidad, pero a causa de ese yo y ese tú que dialogan, la cosa se vuelve personal y hasta íntima: "Al amar eres eterno... estás tan lleno de vida que la muerte no existe. También eres eterno mientras inventas historias.Uno escribe siempre contra la muerte".Sus experiencias amorosas son las de muchos enamorados. Sus experiencias literarias, las de muchos -¿de todos?- escritores. ¡Qué formidable espejo!
Uno de los hechos curiosos de este relato es el exacto acomodo de la formulación lingüística a la intencionalidad del contenido: lo falso y vulgar se expresa en una sucesión de adjetivos manidos y previsibles, por ejemplo.
En síntesis, nada fácil, contrariamente a su apariencia inocente y light. ¡Que palabreja!, ¿no?
(c) LA GACETA
El yo que narra es a un mismo tiempo sujeto poético -aquello de lo que se habla- y se dirige a un tú que sostiene la proximidad autor-lector.
Rosa Montero escribe aquí su autobiografía, que resulta ser mucho más que eso -es, en realidad "la novela de un novelista"- e incursiona por las rutas de la fantasía, las vidas ajenas, el territorio axiológico, chimentos históricos, reflexiones existenciales y mucho más.
Su estilo desatado, desprejuiciado, casi heroico a fuer de sincero, es inconfundible e irradia un encanto que convierte la lectura en un hecho placentero. Pero no atrapa, o sea que es un texto para degustar de a poco.
La reflexión existencial va ganando terreno no bien iniciado el libro que, en definitiva, resulta ser un viaje desde las profundidades de la memoria hacia la conciencia -de la autora y del lector- que nos sacude y ¿por qué no? nos modifica.
Rosa Montero se retrata y se proyecta: relata estados anímicos comunes a gran parte de la humanidad, pero a causa de ese yo y ese tú que dialogan, la cosa se vuelve personal y hasta íntima: "Al amar eres eterno... estás tan lleno de vida que la muerte no existe. También eres eterno mientras inventas historias.Uno escribe siempre contra la muerte".Sus experiencias amorosas son las de muchos enamorados. Sus experiencias literarias, las de muchos -¿de todos?- escritores. ¡Qué formidable espejo!
Uno de los hechos curiosos de este relato es el exacto acomodo de la formulación lingüística a la intencionalidad del contenido: lo falso y vulgar se expresa en una sucesión de adjetivos manidos y previsibles, por ejemplo.
En síntesis, nada fácil, contrariamente a su apariencia inocente y light. ¡Que palabreja!, ¿no?
(c) LA GACETA







