12 Octubre 2003 Seguir en 

En 1973, Osvaldo Soriano publicó su primera novela, Triste, solitario y final. En ella conjugaba todos sus mitos personales: los recuerdos de su infancia, el humor casi disolvente de Laurel y Hardy, su fascinación por Chandler y su inefable detective Philip Marlowe, el mundo del cine, sus sueños por conocer a las estrellas de Hollywood, su ideología por los antihéroes, su preferencia para narrar la épica de los derrotados de la sociedad capitalista, y, sobre todo, su prosa entretenida, ligera, cautivante.
Han pasado 30 años y Soriano se lee mucho menos que hace una década. No es para menos: desde 1997, año en que murió, la gente se acostumbró a la ausencia de sus contratapas en "Página/12" y con esa desmemoria, también se fue olvidando de sus novelas. El mismo Soriano defendió en vida el tránsito de Julio Cortázar a un supuesto "Purgatorio", donde los escritores después de muertos van a parar con sus obras. En ese Purgatorio luchan por volver. Sólo los buenos escritores regresan. A algunos, el regreso les cuesta menos. A otros, se les hace largo, muy largo...
Ahora es Osvaldo Soriano el que debe transitar ese "Purgatorio". Sus novelas se vendían como pan caliente en los 80 y en los 90. Sus relatos atraían a ese tipo de lectores a quienes les gusta que el narrador los tome de las narices y los lleve por un mundo de peripecias, de acertijos, de andanzas. Y Soriano sabía de eso. Le sobraba oficio. Le sobraba cancha para gambetear el mundo con las palabras justas. Soriano era, sobre todo, un narrador argentino. Pero también fue Soriano el amigo entrañable, solidario, capaz de compartir su mundo de privaciones con los exiliados que llegaban a España con una mano adelante y otra atrás. Soriano no miró para otro lado, y también en eso fue un narrador argentino, entrañable, de largas noches de exilio. Sus amigos no podían, no pueden aún hoy, sustraerse de aquella lección de vida. Porque no hay como la adversidad para medir a los amigos.
La editorial Seix Barral publica ahora la Biblioteca Soriano y es un acto de justicia. No puede dejar de medirse así. Soriano fue un escritor desparejo, con muy buenos momentos narrativos, pero desparejo. Novelas como No habrá más penas ni olvido o Cuarteles de invierno son impecables de lo argumental a lo técnico narrativo. Otras, como por ejemplo El ojo de la patria, son francamente un bodrio al que le sobran cuarenta o cincuenta carillas. El plan de publicaciones incluye las siete novelas y sus cuatro libros de crónicas. Cada una de las novelas tendrá un prólogo de presentación escrito por alguno de sus entrañables amigos: Triste, solitario y final (Eduardo Galeano), No habrá más penas ni olvido (José Pablo Feinmann), Cuarteles de invierno (Osvaldo Bayer), A sus plantas rendido un león (Juan Martini), Una sombra ya pronto serás (Guillermo Saccomanno), El ojo de la patria (Roberto Fontanarrosa), La hora sin sombra (Tomás Eloy Martínez). Sus libros de Crónicas, en cambio, no necesitan intermediaciones: él, el propio Soriano, nos conjura desde su prosa: Artistas, locos y criminales; Rebeldes, soñadores y fugitivos; Cuentos de los años felices y Piratas, fantasmas y dinosaurios.
Leída después de muchos años, esta primera novela de Osvaldo Soriano, Triste, solitario y final, me ha gustado algo menos que las primeras veces en que la leí entusiastamente, allá por los comienzos de los 80, cuando Soriano todavía publicaba desde el exilio. No es para menos; la literatura argentina ha crecido en autores y en calidad. Ha forjado una lengua propia y un canon de lo no-canónico. Y Soriano no termina de convencer. Por el momento, deberá seguir en ese "Purgatorio" que él describía para su amigo Cortázar. Pero si Cortázar aún no ha podido regresar en su justa dimensión al centro del mundo de la literatura más leída, ¿quién puede decir cuándo regresará Soriano? ¿Quién puede augurar que regresará? Y no sería la primera vez que algo así ocurre: ¿quién lee hoy a Manuel Gálvez y a su Nacha Regules, que en los años de aparición en forma de libro vendió cien mil ejemplares en unas semanas? ¿Quién se acuerda de Juan José de Soiza Reilly, sin duda, quien más dinero ganó con sus libros allá por las primeras décadas del siglo 20? ¿Quién lee hoy a esos escritores? La pregunta, entonces, es: ¿quién leerá a Osvaldo Soriano en veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años? Indudablemente, vencer el Purgatorio significa imponerse al traicionero éxito de la contemporaneidad.
(c) LA GACETA
Han pasado 30 años y Soriano se lee mucho menos que hace una década. No es para menos: desde 1997, año en que murió, la gente se acostumbró a la ausencia de sus contratapas en "Página/12" y con esa desmemoria, también se fue olvidando de sus novelas. El mismo Soriano defendió en vida el tránsito de Julio Cortázar a un supuesto "Purgatorio", donde los escritores después de muertos van a parar con sus obras. En ese Purgatorio luchan por volver. Sólo los buenos escritores regresan. A algunos, el regreso les cuesta menos. A otros, se les hace largo, muy largo...
Ahora es Osvaldo Soriano el que debe transitar ese "Purgatorio". Sus novelas se vendían como pan caliente en los 80 y en los 90. Sus relatos atraían a ese tipo de lectores a quienes les gusta que el narrador los tome de las narices y los lleve por un mundo de peripecias, de acertijos, de andanzas. Y Soriano sabía de eso. Le sobraba oficio. Le sobraba cancha para gambetear el mundo con las palabras justas. Soriano era, sobre todo, un narrador argentino. Pero también fue Soriano el amigo entrañable, solidario, capaz de compartir su mundo de privaciones con los exiliados que llegaban a España con una mano adelante y otra atrás. Soriano no miró para otro lado, y también en eso fue un narrador argentino, entrañable, de largas noches de exilio. Sus amigos no podían, no pueden aún hoy, sustraerse de aquella lección de vida. Porque no hay como la adversidad para medir a los amigos.
La editorial Seix Barral publica ahora la Biblioteca Soriano y es un acto de justicia. No puede dejar de medirse así. Soriano fue un escritor desparejo, con muy buenos momentos narrativos, pero desparejo. Novelas como No habrá más penas ni olvido o Cuarteles de invierno son impecables de lo argumental a lo técnico narrativo. Otras, como por ejemplo El ojo de la patria, son francamente un bodrio al que le sobran cuarenta o cincuenta carillas. El plan de publicaciones incluye las siete novelas y sus cuatro libros de crónicas. Cada una de las novelas tendrá un prólogo de presentación escrito por alguno de sus entrañables amigos: Triste, solitario y final (Eduardo Galeano), No habrá más penas ni olvido (José Pablo Feinmann), Cuarteles de invierno (Osvaldo Bayer), A sus plantas rendido un león (Juan Martini), Una sombra ya pronto serás (Guillermo Saccomanno), El ojo de la patria (Roberto Fontanarrosa), La hora sin sombra (Tomás Eloy Martínez). Sus libros de Crónicas, en cambio, no necesitan intermediaciones: él, el propio Soriano, nos conjura desde su prosa: Artistas, locos y criminales; Rebeldes, soñadores y fugitivos; Cuentos de los años felices y Piratas, fantasmas y dinosaurios.
Leída después de muchos años, esta primera novela de Osvaldo Soriano, Triste, solitario y final, me ha gustado algo menos que las primeras veces en que la leí entusiastamente, allá por los comienzos de los 80, cuando Soriano todavía publicaba desde el exilio. No es para menos; la literatura argentina ha crecido en autores y en calidad. Ha forjado una lengua propia y un canon de lo no-canónico. Y Soriano no termina de convencer. Por el momento, deberá seguir en ese "Purgatorio" que él describía para su amigo Cortázar. Pero si Cortázar aún no ha podido regresar en su justa dimensión al centro del mundo de la literatura más leída, ¿quién puede decir cuándo regresará Soriano? ¿Quién puede augurar que regresará? Y no sería la primera vez que algo así ocurre: ¿quién lee hoy a Manuel Gálvez y a su Nacha Regules, que en los años de aparición en forma de libro vendió cien mil ejemplares en unas semanas? ¿Quién se acuerda de Juan José de Soiza Reilly, sin duda, quien más dinero ganó con sus libros allá por las primeras décadas del siglo 20? ¿Quién lee hoy a esos escritores? La pregunta, entonces, es: ¿quién leerá a Osvaldo Soriano en veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años? Indudablemente, vencer el Purgatorio significa imponerse al traicionero éxito de la contemporaneidad.
(c) LA GACETA







