El tren, un amado medio de locomoción

Reedición, trece años después, de un sabroso libro de viajero.

12 Octubre 2003
Aun cuando estuviera fuera de servicio -léase de vacaciones- a un periodista atento no puede pasarle inadvertido que una de las salas de exposición del interesante Museo Paleontológico Egidio Feruglio, de Trelew, Chubut, lleve el nombre del quien fue prosecretario general del diario "La Nación" de Buenos Aires, Germán Sopeña, quien murió hace tres años. En la puerta de ingreso al salón hay un cartel con una fotografía (se lo ve contento) y una frase suya en la que recuerda que, más allá de esa pretensión del periodismo de abarcar todo sin detenerse en nada en particular -todología, como se dice en broma en algunas redacciones de diarios-, la primera tarea del cronista cotidiano es tratar de arrojar un poco de claridad sobre la farragosa realidad. Quiso el azar -¿será sólo una casualidad?- que al frente de aquel centro de investigación científica, en el que sorprende el homenaje que se le rinde a un redactor de la cotidianeidad, haya un museo -tal vez sea demasiado llamarlo así- del tren, precisamente el medio de locomoción que más amó Sopeña. El estaba convencido de que la libertad es poder pensar y que, justamente, donde mejor se desarrolla ese acto intimísimo es arriba de un tren.
Está muy bien puesto el subtítulo de este libro que ahora se reedita después de 13 años: crónicas de fin de siglo desde una ventanilla. Quien lo lee da la vuelta al mundo gracias a la máquina de escribir, la cámara de fotos, los boletos y, sobre todo, esa tan vieja como necesaria mirada del periodista de oficio -no del desbocado opinólogo- que se ha propuesto contar lo que ve; nada más, nada menos. Y resulta que lo que Sopeña tiene delante de sí no es menor: es un mundo que muere, el de la Guerra Fría con dos bloques (capitalismo-comunismo) irremediablemente enfrentados. Pero él, subido a un tren (durante las décadas de 1970 y 1980 fue corresponsal de revistas argentinas deportivas y de actualidad en Europa), recorre las grietas de ese rompecabezas que se desmoronará definitivamente en 1989 con la caída del Muro de Berlín.
Pese a que se trata de una época de fronteras casi infranqueables, él se las ingenia para pasar de la Europa Occidental -en la que ya, sobre rieles, se diseñaba el euro como espacio común de prosperidad y de libertad- a la Oriental, asfixiada por la burocracia, el estatismo y la paranoia. Trepado al mítico tren Transiberiano, une Rusia con China en años en que tal cosa era políticamente imposible. También circula por Medio Oriente, mientras caen los misiles que descarga la furiosa guerra entre Irán e Irak, y por Africa, hasta detenerse en los contrastes entre la pujante América del Norte y la olvidada Latinoamérica.
La inquietud del tren se transforma para Sopeña en una herramienta útil para cumplir con su oficio, el de curioso ambulante; el de cronista que vive al margen de la neurosis de las horas de cierre de las redacciones, en eterno viaje y, desde Francisco Umbral, ya se sabe: viajar es irse por las ramas. ¿Pero acaso puede ser otra cosa un corresponsal en el extranjero? Un mirón que les cuenta a otros lo que ve desde la ventanilla: que el sindicato Solidaridad nació en Polonia cuando los trabajadores de un astillero se indignaron por el despido de una compañera de muchos años; que, en París, Julio Cortázar se bajaba en la estación del metro de Trocadero; que en Bagdad dos argentinas trabajaban de prostitutas para volver con dólares al país; que en el tren que une Francia con Bélgica uno se puede encontrar cualquier tarde con el ex presidente Valery Giscard d?Estaing o hablar de jazz con Stéphane Grappelli, el del inolvidable violín que conversaba con la guitarra de Django Reinhardt; que es difícil traducir al ruso -encima, para que lo entienda un mongol- el primer párrafo del tango Garufa, y, sobre todo, que uno puede resistirse a los suplicantes ojos de una inglesa de 22 años, compañera de camarote, en la convicción de que en ciertas circunstancias no hay nada más sano que, pudiendo pasar de todo, no pase nada entre dos personas (las historias más románticas, ¿no son acaso las frustradas?, solía preguntarse el autor).
Sin necesidad de descripciones estridentes, Sopeña pinta el mundo a partir de las costumbres de los lugares adonde llegan los cansinos convoyes, además de dar clases de historia ferroviaria. Sus puntos de vista políticos y sobre la vida en general -la británica devoción por el liberalismo y por la moderación- se filtran a cuentagotas, sin chillidos. A decir del autor, hay muchas fronteras absurdas en el mundo. Pero nada mejor que un humeante tren y una pulcra prosa -como la tuya, Germán- para derribarlas.

(c) LA GACETA

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