12 Octubre 2003 Seguir en 

Existen dos períodos oscuros en la historia del cristianismo: el primero consiste en los años anteriores a la predicación pública de Jesús; el segundo comprende las décadas del 30 al 50 de la era cristiana, anteriores a las cartas fechadas de Pablo. Es el momento en que nace el cristianismo como una secta judía. La investigación de esta etapa auroral no es tarea fácil, pero su importancia justifica la empresa. Crossan la emprende (1) luego de escribir un libro sobre El Jesús histórico, y busca con inteligencia, sensibilidad y una gran dosis de erudición cómo la prédica de Jesús se continúa en la labor de sus primeros discípulos y se crea una comunidad cristiana.
Crossan nos dice que su labor es la de un historiador que utiliza un método interdisciplinario, pero los hechos que consigna y los textos que analiza van mucho más allá de una simple crónica y nos llevan a plantearnos los grandes temas de la religión, la teología, la filosofía y la ética. Textos y contextos son analizados por el autor a la luz de la Antropología intercultural, la Historia, la Arqueología y, por supuesto, el análisis de los textos.
Cuando nace el cristianismo, el pueblo judío estaba bajo el poder del Imperio Romano y, en consecuencia, bajo la influencia de la cultura griega. Pero Crossan no se plantea la conocida polémica sobre Atenas o Jerusalén. El cristianismo nace en Galilea, en un medio campesino que sólo más tarde llegará a las grandes ciudades, hasta Roma, la capital del Imperio. Pero la presencia y el poder de los romanos causaron estragos en los medios rurales. Con la introducción del mercantilismo y los impuestos, los antiguos dueños de la tierra se convirtieron en arrendatarios, peones, artesanos o simplemente en desocupados. La explotación de un pueblo que creía en la justicia porque adoraba a un Dios justo produjo la resistencia pasiva, las rebeliones y las tres guerras que terminaron con la Diáspora y con la destrucción del Templo.
La influencia de la filosofía griega, especialmente del neoplatonismo, tuvo consecuencias en el gnosticismo y en el ascetismo de algunas sectas judías como la de los esenios. De este van apareciendo dos imágenes del hombre, que volveremos a encontrar en el cristianismo posterior: la afirmación de que el cuerpo es la cárcel del alma, el cuerpo es carne y origen de pecados, y la del monismo, que dice que el hombre es carne con conciencia de sí, es decir, carne espiritualizada. Son dos opciones que dependen de la sensibilidad de cada uno. Crossan elige la segunda, y agrega que debe ser, porque él es un católico irlandés.
En el libro, el autor mantiene un diálogo con los principales eruditos en el tema, tanto para discutirlos como para aceptarlos; analiza las críticas a sus escritos anteriores y en algún caso da la razón a su oponente. Allí tuve una sorpresa al leer una larga cita de Dorothy Sayers, la gran rival de Agatha Christie. En alguna vieja solapa de una policial, había leído que la autora era además teóloga, pero no sabía que era una autoridad en cristianismo primitivo. Pero también muchos cristianos tendrán sorpresas con respecto a los textos antiguos que cita el autor y, además, a algunas de sus conclusiones.
Crossan analiza la tradición de los dichos comunes, el Evangelio Q, el Evangelio de Tomás, la Didasché (o Didascalia), el Evangelio de Pedro, el Evangelio de la Cruz, además de los sinópticos Mateo, Marcos, Lucas y Juan, La Epístola de Bernabé, las cartas de Pablo, manuscritos de la biblioteca de los esenios descubierta en el siglo pasado, en unas cuevas cercanas al Mar Muerto, con textos que llegan hasta el I antes de Cristo. Por supuesto, en el siglo primero no había una distinción entre textos canónicos y apócrifos, y todos aparecen analizados de la misma manera. Uno de los más antiguos: el Evangelio Q, fue hallado recientemente en una botella sellada enterrada cerca del Nilo.
Ni Jesús ni sus primeros discípulos escribieron, pero los que escucharon las palabras de Cristo y presenciaron sus actos, los refirieron a sus contemporáneos y crearon una tradición. La oralidad naturalmente presenta diferencias; no todos oyeron o vieron lo mismo, todos no recuerdan lo mismo. No puede asegurarse tampoco que los escritos más antiguos sean los más válidos; los posteriores podrán haber utilizado más fuentes. Pero hay algunos puntos en que todos los especialistas coinciden: que ninguno de los redactores de los evangelios canónicos fue contemporáneo de Jesús; que entre estos evangelios el más antiguo es el de Marcos; que Mateo y Lucas son recreaciones de Marcos; que el último de los canónicos es el Evangelio de Juan.De todos los documentos antiguos, Crossan da una importancia fundamental al Salmo 82, pues en él se describe "el carácter de nuestro Dios", de ese Dios justo de los judíos que heredamos los cristianos. El Salmo dice:
"... juzgad a favor del débil y del huérfano,
al humilde, al indigente, haced justicia;
al débil y al pobre, liberad,
de la mano de los impíos arrancadle.
...........................................................
Alzate, oh Dios, juzga la Tierra
Pues tú eres el Señor de todas las naciones!"
Muchos de los primeros discípulos de Jesús se convirtieron en itinerantes: iban de pueblo en pueblo predicando la "buena nueva" y realizando sanaciones; habían renunciado a la familia y a los bienes materiales y practicaban un radicalismo en las cuestiones éticas. Los campesinos los recibían en sus casas y les daban de comer. La comida en común tenía una gran importancia: compartir el pan y el vino sintiendo la presencia de Dios entre ellos se convirtió en un sacramento.
También estaban los afincados, cristianos que vivían en familia, que poseían un pedazo de tierra, grande o pequeño, cuyos frutos cultivaban, dejando, según la tradición, una parte para los pobres. También cultivaban la comida en común. Esta se fue ritualizando cada vez más, de modo que los que habían cometido algún pecado debían hacer una confesión y arrepentirse antes de compartir el pan y el vino.
Los apóstoles, término que quiere decir enviados, eran los encargados de mantener la comunicación entre las comunidades cristianas. En el texto de la Didasché se dan las normas que debían seguir los cristianos en su vida en común. Dichas reglas estaban inspiradas en los dichos y sobre todo en los actos de Jesús; es decir que se trataba de una ética basada en una imitación de Cristo. Pero aparece, asimismo, la explicación de algunos ritos específicamente judíos que eran ignorados por otros pueblos, lo cual hace pensar que la prédica también se dirigía a los paganos.
Crossan distingue dos corrientes en el cristianismo primitivo; la tradición de la vida que se basa en las palabras y en los actos de Jesús, y la tradición de la muerte, que pone su acento en la crucifixión y en la resurrección. Ambas tradiciones marchan paralelas en algún momento y se entrecruzan en otros. Por ejemplo, el Evangelio Q, muy antiguo, pertenece a la tradición de la vida, aun cuando no sea especialmente biográfico. En cambio el Evangelio de la Cruz, igualmente antiguo, tiene una narración muy completa de la muerte y resurrección de Jesús.
El Evangelio de la Cruz es un largo fragmento que nos ha llegado como formando parte del Evangelio de Pedro, pero con un estilo redaccional muy distinto. Allí se refiere que las autoridades judías se alarmaron ante la reacción del pueblo por los sucesos que ocurrieron después de la crucifixión, y pidieron la protección de las autoridades romanas que enviaron soldados para custodiar la tumba. Estos guardias fueron los primeros en presenciar la resurrección. También cuenta que unas mujeres vieron desde lejos toda la pasión de Cristo. Posiblemente serían estas las mujeres que después descubrieron la tumba vacía. No menciona la presencia de ninguno de los discípulos.
Las mujeres tenían una importancia capital en los rituales de la muerte; eran las que acompañaban a los moribundos en su agonía, las que lavaban el cuerpo y lo preparaban para el entierro, y hacían las lamentaciones, que no eran gritos inarticulados sino una recitación poética sobre la muerte. Crossan describe las "lamentaciones" como un género poético tradicional, cuya supervivencia en nuestro tiempo se ha hallado en algunos lugares de Irlanda y de Grecia. Las lamentaciones eran la poesía oral de las mujeres, como la epopeya era la de los hombres. Mientras los hombres celebraban la guerra, las mujeres lamentaban la muerte. Este género tenía sus códigos y sus normas tradicionales, pero siempre incluía referencias biográficas sobre el muerto. Tenía un fuerte sentido feminista y pocas referencias derivadas de la religión oficial, cualquiera sea, porque eran cosas de hombres. El hecho de que en los evangelios canónicos se omita la participación de las mujeres en el entierro de Cristo se debe al fuerte machismo de la época, aunque nunca aparezca en los actos de Jesús. Recordemos que en la Epístola de Bernabé se afirma que una mujer nunca puede enseñar a los hombres. Sin embargo, en los evangelios se cita a algunas mujeres en la pasión de Cristo: en Marcos, a María Magdalena, otra María y Salomé; en Juan, a María, madre de Jesús, María de Clopas y María Magdalena.El relato de la muerte de Jesús es el mismo en todos los evangelios, pero los episodios y los detalles difieren. Por ejemplo, pareciera que Marcos asume más la humanidad de Jesús, mientras que Juan exalta su divinidad. El tema del inocente acusado injustamente, condenado y luego reivindicado, antes o después de su muerte, es un tema recurrente en las narraciones bíblicas y se aplica perfectamente al caso de Jesús. También numerosos datos sobre su vida y su muerte pertenecen a textos del Antiguo Testamento. Todo esto hace pensar en una exégesis de los Libros Sagrados realizada por hombres eruditos; pero los datos puramente históricos de la pasión sólo pueden provenir de las "lamentaciones" de las mujeres, que fueron las únicas que presenciaron el acontecimiento.
Cuando nace el cristianismo, el judaísmo estaba dividido en sectas rivales que polemizaban constantemente; de allí las acusaciones contra los fariseos que aparecen en los evangelios. Pero esas discrepancias podrían darse también dentro de un mismo movimiento. Recordemos, por ejemplo, que en una de sus cartas Pablo trata a Pedro de "hipócrita" (Gálatas, 2. 13).
Pensar que todos los judíos estaban de acuerdo en la muerte de Jesús es un terrible error histórico. Dice Crossan: "Es absolutamente importante, después de dos mil años de antijudaísmo cristiano y la obscenidad final del antisemitismo europeo, subrayar este punto con tanta fuerza, una y otra vez, no para ser cumplidos o ecuménicamente o políticamente correctos, sino, por fin, para ser exactos, éticos y decir la verdad".
Crossan define a Jesús como un rebelde con causa, y su causa es establecer en la Tierra el Reino de Dios, el reino de Yahveh, Dios de la justicia. Esta afirmación de la justicia como virtud fundamental tiene consecuencias -en los ámbitos social, político y económico- que contrastaban con los intereses del imperialismo romano. La justicia, para los cristianos, está unida a la compasión; porque una justicia sin compasión se convierte en venganza. Pero la sola compasión no puede sustituir a la justicia.
El libro de Crossan tiene no sólo el mérito de constituir una seria investigación histórica, sino también el de enfrentarnos con los grandes temas que acucian a la humanidad; por ejemplo, la necesidad de justicia no era sólo un problema del siglo I, sino que lo es también de la Argentina actual.
(c) LA GACETA
NOTAS
1) John Dominic Crossan, El nacimiento del Cristianismo. (Emecé-Buenos Aires).María Eugenia Valentié. Profesora de Filosofía. Emérita de la Universidad Nacional de Tucumán. Coautora de "Reinventar la Argentina". (LA GACETA. Sudamericana-Buenos Aires, 2003).
Crossan nos dice que su labor es la de un historiador que utiliza un método interdisciplinario, pero los hechos que consigna y los textos que analiza van mucho más allá de una simple crónica y nos llevan a plantearnos los grandes temas de la religión, la teología, la filosofía y la ética. Textos y contextos son analizados por el autor a la luz de la Antropología intercultural, la Historia, la Arqueología y, por supuesto, el análisis de los textos.
Cuando nace el cristianismo, el pueblo judío estaba bajo el poder del Imperio Romano y, en consecuencia, bajo la influencia de la cultura griega. Pero Crossan no se plantea la conocida polémica sobre Atenas o Jerusalén. El cristianismo nace en Galilea, en un medio campesino que sólo más tarde llegará a las grandes ciudades, hasta Roma, la capital del Imperio. Pero la presencia y el poder de los romanos causaron estragos en los medios rurales. Con la introducción del mercantilismo y los impuestos, los antiguos dueños de la tierra se convirtieron en arrendatarios, peones, artesanos o simplemente en desocupados. La explotación de un pueblo que creía en la justicia porque adoraba a un Dios justo produjo la resistencia pasiva, las rebeliones y las tres guerras que terminaron con la Diáspora y con la destrucción del Templo.
La influencia de la filosofía griega, especialmente del neoplatonismo, tuvo consecuencias en el gnosticismo y en el ascetismo de algunas sectas judías como la de los esenios. De este van apareciendo dos imágenes del hombre, que volveremos a encontrar en el cristianismo posterior: la afirmación de que el cuerpo es la cárcel del alma, el cuerpo es carne y origen de pecados, y la del monismo, que dice que el hombre es carne con conciencia de sí, es decir, carne espiritualizada. Son dos opciones que dependen de la sensibilidad de cada uno. Crossan elige la segunda, y agrega que debe ser, porque él es un católico irlandés.
En el libro, el autor mantiene un diálogo con los principales eruditos en el tema, tanto para discutirlos como para aceptarlos; analiza las críticas a sus escritos anteriores y en algún caso da la razón a su oponente. Allí tuve una sorpresa al leer una larga cita de Dorothy Sayers, la gran rival de Agatha Christie. En alguna vieja solapa de una policial, había leído que la autora era además teóloga, pero no sabía que era una autoridad en cristianismo primitivo. Pero también muchos cristianos tendrán sorpresas con respecto a los textos antiguos que cita el autor y, además, a algunas de sus conclusiones.
Crossan analiza la tradición de los dichos comunes, el Evangelio Q, el Evangelio de Tomás, la Didasché (o Didascalia), el Evangelio de Pedro, el Evangelio de la Cruz, además de los sinópticos Mateo, Marcos, Lucas y Juan, La Epístola de Bernabé, las cartas de Pablo, manuscritos de la biblioteca de los esenios descubierta en el siglo pasado, en unas cuevas cercanas al Mar Muerto, con textos que llegan hasta el I antes de Cristo. Por supuesto, en el siglo primero no había una distinción entre textos canónicos y apócrifos, y todos aparecen analizados de la misma manera. Uno de los más antiguos: el Evangelio Q, fue hallado recientemente en una botella sellada enterrada cerca del Nilo.
Ni Jesús ni sus primeros discípulos escribieron, pero los que escucharon las palabras de Cristo y presenciaron sus actos, los refirieron a sus contemporáneos y crearon una tradición. La oralidad naturalmente presenta diferencias; no todos oyeron o vieron lo mismo, todos no recuerdan lo mismo. No puede asegurarse tampoco que los escritos más antiguos sean los más válidos; los posteriores podrán haber utilizado más fuentes. Pero hay algunos puntos en que todos los especialistas coinciden: que ninguno de los redactores de los evangelios canónicos fue contemporáneo de Jesús; que entre estos evangelios el más antiguo es el de Marcos; que Mateo y Lucas son recreaciones de Marcos; que el último de los canónicos es el Evangelio de Juan.De todos los documentos antiguos, Crossan da una importancia fundamental al Salmo 82, pues en él se describe "el carácter de nuestro Dios", de ese Dios justo de los judíos que heredamos los cristianos. El Salmo dice:
"... juzgad a favor del débil y del huérfano,
al humilde, al indigente, haced justicia;
al débil y al pobre, liberad,
de la mano de los impíos arrancadle.
...........................................................
Alzate, oh Dios, juzga la Tierra
Pues tú eres el Señor de todas las naciones!"
Muchos de los primeros discípulos de Jesús se convirtieron en itinerantes: iban de pueblo en pueblo predicando la "buena nueva" y realizando sanaciones; habían renunciado a la familia y a los bienes materiales y practicaban un radicalismo en las cuestiones éticas. Los campesinos los recibían en sus casas y les daban de comer. La comida en común tenía una gran importancia: compartir el pan y el vino sintiendo la presencia de Dios entre ellos se convirtió en un sacramento.
También estaban los afincados, cristianos que vivían en familia, que poseían un pedazo de tierra, grande o pequeño, cuyos frutos cultivaban, dejando, según la tradición, una parte para los pobres. También cultivaban la comida en común. Esta se fue ritualizando cada vez más, de modo que los que habían cometido algún pecado debían hacer una confesión y arrepentirse antes de compartir el pan y el vino.
Los apóstoles, término que quiere decir enviados, eran los encargados de mantener la comunicación entre las comunidades cristianas. En el texto de la Didasché se dan las normas que debían seguir los cristianos en su vida en común. Dichas reglas estaban inspiradas en los dichos y sobre todo en los actos de Jesús; es decir que se trataba de una ética basada en una imitación de Cristo. Pero aparece, asimismo, la explicación de algunos ritos específicamente judíos que eran ignorados por otros pueblos, lo cual hace pensar que la prédica también se dirigía a los paganos.
Crossan distingue dos corrientes en el cristianismo primitivo; la tradición de la vida que se basa en las palabras y en los actos de Jesús, y la tradición de la muerte, que pone su acento en la crucifixión y en la resurrección. Ambas tradiciones marchan paralelas en algún momento y se entrecruzan en otros. Por ejemplo, el Evangelio Q, muy antiguo, pertenece a la tradición de la vida, aun cuando no sea especialmente biográfico. En cambio el Evangelio de la Cruz, igualmente antiguo, tiene una narración muy completa de la muerte y resurrección de Jesús.
El Evangelio de la Cruz es un largo fragmento que nos ha llegado como formando parte del Evangelio de Pedro, pero con un estilo redaccional muy distinto. Allí se refiere que las autoridades judías se alarmaron ante la reacción del pueblo por los sucesos que ocurrieron después de la crucifixión, y pidieron la protección de las autoridades romanas que enviaron soldados para custodiar la tumba. Estos guardias fueron los primeros en presenciar la resurrección. También cuenta que unas mujeres vieron desde lejos toda la pasión de Cristo. Posiblemente serían estas las mujeres que después descubrieron la tumba vacía. No menciona la presencia de ninguno de los discípulos.
Las mujeres tenían una importancia capital en los rituales de la muerte; eran las que acompañaban a los moribundos en su agonía, las que lavaban el cuerpo y lo preparaban para el entierro, y hacían las lamentaciones, que no eran gritos inarticulados sino una recitación poética sobre la muerte. Crossan describe las "lamentaciones" como un género poético tradicional, cuya supervivencia en nuestro tiempo se ha hallado en algunos lugares de Irlanda y de Grecia. Las lamentaciones eran la poesía oral de las mujeres, como la epopeya era la de los hombres. Mientras los hombres celebraban la guerra, las mujeres lamentaban la muerte. Este género tenía sus códigos y sus normas tradicionales, pero siempre incluía referencias biográficas sobre el muerto. Tenía un fuerte sentido feminista y pocas referencias derivadas de la religión oficial, cualquiera sea, porque eran cosas de hombres. El hecho de que en los evangelios canónicos se omita la participación de las mujeres en el entierro de Cristo se debe al fuerte machismo de la época, aunque nunca aparezca en los actos de Jesús. Recordemos que en la Epístola de Bernabé se afirma que una mujer nunca puede enseñar a los hombres. Sin embargo, en los evangelios se cita a algunas mujeres en la pasión de Cristo: en Marcos, a María Magdalena, otra María y Salomé; en Juan, a María, madre de Jesús, María de Clopas y María Magdalena.El relato de la muerte de Jesús es el mismo en todos los evangelios, pero los episodios y los detalles difieren. Por ejemplo, pareciera que Marcos asume más la humanidad de Jesús, mientras que Juan exalta su divinidad. El tema del inocente acusado injustamente, condenado y luego reivindicado, antes o después de su muerte, es un tema recurrente en las narraciones bíblicas y se aplica perfectamente al caso de Jesús. También numerosos datos sobre su vida y su muerte pertenecen a textos del Antiguo Testamento. Todo esto hace pensar en una exégesis de los Libros Sagrados realizada por hombres eruditos; pero los datos puramente históricos de la pasión sólo pueden provenir de las "lamentaciones" de las mujeres, que fueron las únicas que presenciaron el acontecimiento.
Cuando nace el cristianismo, el judaísmo estaba dividido en sectas rivales que polemizaban constantemente; de allí las acusaciones contra los fariseos que aparecen en los evangelios. Pero esas discrepancias podrían darse también dentro de un mismo movimiento. Recordemos, por ejemplo, que en una de sus cartas Pablo trata a Pedro de "hipócrita" (Gálatas, 2. 13).
Pensar que todos los judíos estaban de acuerdo en la muerte de Jesús es un terrible error histórico. Dice Crossan: "Es absolutamente importante, después de dos mil años de antijudaísmo cristiano y la obscenidad final del antisemitismo europeo, subrayar este punto con tanta fuerza, una y otra vez, no para ser cumplidos o ecuménicamente o políticamente correctos, sino, por fin, para ser exactos, éticos y decir la verdad".
Crossan define a Jesús como un rebelde con causa, y su causa es establecer en la Tierra el Reino de Dios, el reino de Yahveh, Dios de la justicia. Esta afirmación de la justicia como virtud fundamental tiene consecuencias -en los ámbitos social, político y económico- que contrastaban con los intereses del imperialismo romano. La justicia, para los cristianos, está unida a la compasión; porque una justicia sin compasión se convierte en venganza. Pero la sola compasión no puede sustituir a la justicia.
El libro de Crossan tiene no sólo el mérito de constituir una seria investigación histórica, sino también el de enfrentarnos con los grandes temas que acucian a la humanidad; por ejemplo, la necesidad de justicia no era sólo un problema del siglo I, sino que lo es también de la Argentina actual.
(c) LA GACETA
NOTAS
1) John Dominic Crossan, El nacimiento del Cristianismo. (Emecé-Buenos Aires).María Eugenia Valentié. Profesora de Filosofía. Emérita de la Universidad Nacional de Tucumán. Coautora de "Reinventar la Argentina". (LA GACETA. Sudamericana-Buenos Aires, 2003).







