
La Dirección
Sí; hay mendigos (o más mendigos) en las calles de Buenos Aires. Y varios de ellos usan saco y corbata, la señal más evidente de que la crisis también hizo estragos en las clases medias. Nunca la Argentina estuvo tan cerca del "merengue" social aludido por Enrique Santos Discépolo en el profético tango "Cambalache", aquel que ya comienza proclamando que "el mundo fue y será una porquería". Los señores y las señoras que antes tenían un empleo y ahora mendigan o venden baratijas avalan, en las calles, las estrofas pesimistas de Discépolo: en la Argentina que Néstor Kirchner heredó, da lo mismo ser un individuo recto, trabajador, sabio o "un gran profesor", que un "burro", un traidor, un ignorante, un charlatán, un holgazán.
En las librerías, la crisis es el tema predominante. "Réquiem por un país perdido" se titula el más reciente libro de ensayos del escritor Tomás Eloy Martínez, editado por Aguilar. Reinventar la Argentina propone una compilación de 43 reflexiones de sociólogos, periodistas, economistas y escritores sobre las causas de la decadencia y sobre lo que puede hacerse para salir de ella y construir un nuevo país. Coordinada por el periodista Daniel Alberto Dessein, creador de la prestigiosa "LA GACETA Literaria", suplemento cultural del diario LA GACETA, de Tucumán, la compilación se volvió la lectura obligatoria de los argentinos, casi un "libro de autoayuda".
El visitante distraído y meramente consumista, aquel que sólo tiene ojos para las boutiques de Recoleta y de las Galerías Pacífico, para las parrilladas de Puerto Madero y casas de tango, tal vez no note diferencias entre la Argentina actual y la de hace algunos años atrás.
Sobre todo porque ellas no son evidentes y porque un clima de normalidad impera en las áreas donde se concentran las actividades turísticas, facilitado por la sensación de que, a diferencia de lo que ocurre aquí, el peligro no ronda en las esquinas y por la certeza de que las balas perdidas no son parte de la vida cotidiana porteña.
Sin embargo, los números de la crisis -o de la decadencia- son contundentes. En mayo de 1992, la inflación estaba bajo control y la tasa de crecimiento rondaba el 10% anual. Se tenía la impresión de que la Argentina cumplía su destino manifiesto de gran nación y los argentinos se iban a dormir todas las noches con la sensación de que, además de prósperos, sólo pertenecían geográficamente a América Latina, de que eran, en definitiva, europeos establecidos en el Nuevo Mundo. El año pasado, todos se despertaron del sueño y cayeron, directamente, en la más terrible de las pesadillas: la Argentina estaba casi quebrada, con un récord histórico de desempleados (22% de la población activa) y una presencia en el comercio internacional 18 veces inferior a la que tenía a principios del siglo pasado.
En diez años, los argentinos -en todo exagerados, dramáticos y pasionales- pasaron del más desvergonzado optimismo al más negro pesimismo. "Hoy somos un país de filas interminables en las puertas de los consulados y vacío de todo, menos de miseria", plantea Eloy Martínez. "¿Cómo reconstruir un país sobre la base de la desesperanza?", indaga Alba Omil, respetada profesora de Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. "Tenemos que dejar de mirarnos el ombligo", sugiere el periodista Federico Abel. "Ya no podemos ser Europa como lo fuimos y creímos que éramos", diagnostica el analista político Rosendo Fraga, que lamenta que la Argentina no disponga de "masa crítica" para ser Brasil o México. "Podemos ser Venezuela o Colombia, si no conseguimos restablecer el orden y el equilibrio social", añade. "Pero también podemos ser Chile o alcanzar los niveles de vida de países de Europa Central, como Polonia, Hungría y la República Checa", resalta.
Da gusto ver el profundo y humilde buceo crítico de los argentinos en su pasado y la voluntad generalizada de recomenzar todo de cero, de conjurar la soberbia, la vocación histórica para los delirios de grandeza y para la corrupción. La victoria electoral de Néstor Kirchner y la retirada del menemismo fueron mucho más importantes para la reinvención de la Argentina que lo que se suponía durante la campaña electoral.
Además de dudar de que la desesperanza pueda ayudar a construir un nuevo país, la profesora Alba Omil lamenta el desconocimiento y el desinterés de los jóvenes por los grandes ejemplos del pasado, "aquellos paradigmas en los que nos debemos mirar". Ese problema de hecho existe y no es exclusivo de la Argentina. En la alusión de Alba, presumo, tienen un lugar privilegiado hombres como San Martín y Belgrano, Sarmiento y Roca, Borges y Cortázar, Gardel y César Milstein.
¿Discépolo? Sin duda. El mayor compositor de tango de todos los tiempos (además de "Cambalache", compuso "Uno"; "Yira, Yira"; "Esta noche me emborracho", murió hace 52 años, pero su vida la dedicó intensamente al arte (fue también dramaturgo, actor y cineasta).
Contra toda adversidad, la cultura argentina permanece viva y vibrante. Algo cercano a la movida española -el efervescente movimiento cultural que explotó en la Madrid posfranquista- ya puede ser notado en ciertos sectores de Buenos Aires y de Tucumán, a pesar de la crisis financiera que atañe, al igual que aquí, a la industria editorial y a todos los negocios vinculados a la cultura. Buenos Aires todavía puede enorgullecerse de su comercio librero (tiene más librerías que las que tienen todas las capitales brasileñas sumadas) y de poseer una de las más bellas librerías del mundo, "El Ateneo", construida en un antiguo teatro de la avenida Santa Fe. El "Malba", el museo de arte latinoamericano que alberga la espléndida colección de Eduardo Constantini, es uno de los mejores del mundo, y recientemente presentó una imperdible exposición de toda las obras que Guillermo Kuitca creó en los últimos 20 años.
El cine, a pesar de su economía dolarizada, no redujo su marcha con la crisis.
Algunos de los mejores filmes latinoamericanos continúan siendo realizados en la Argentina, con una gran repercusión internacional. Se habla abiertamente de una nueva ola, una "nouvelle vague" argentina, que sería encabezada por Pablo Trapero, productor y director de "Mundo grúa" y "El bonaerense". Socio de Hugo Castro Frau en la productora "Matanza cine", Trapero es un tremendo agitador cultural. Ya lanzó varios nuevos cineastas, participó recientemente en una exitosa serie de televisión, planea algunas coproducciones con Brasil, Chile y Bolivia, y está comenzando a rodar una nueva película: "Familia rodante", una "road movie" centrada en la matriarcal figura de una abuela. Trapero es uno de los pocos argentinos que puede darse el lujo de mirarse el ombligo.(c) LA GACETA







