05 Octubre 2003 Seguir en 

El espacio narrativo es la República Dominicana; el espacio de las ensoñaciones, Cuba, donde acaba de producirse una revolución y donde una de las dos mujeres que viven en esta novela sueña instalarse para justificar su existencia. Sobre el primer espacio se organiza un entretejido de revoluciones, guerras civiles, "demasiadas para enumerar", facciones violentas, odios, entregas, traiciones, inseguridad, pobreza, todo moneda corriente en Hispanoamérica, moneda que vincula los dos ámbitos señalados.
Sobre este entretejido se organiza la historia: la vida de madre e hija, Salomé Ureña de Henríquez y Salomé Camila Henríquez.
Dos figuras, dos historias estructuradas por montaje paralelo dramático (un siglo las separa: el que va de 1856 a 1960) alternan sus segmentos a lo largo del libro, del mismo modo que en Las palmeras salvajes, de William Faulkner, o que en Fiesta en noviembre, de Eduardo Mallea, con la diferencia de que en estas dos últimas la relación se opera sólo en el territorio del símbolo y aquí ambas vidas están relacionadas por vasos comunicantes -entre ellos, los personajes más un archivo personal- que la memoria va alimentando y vivificando.
Ya los apellidos de estas dos figuras nos están diciendo de quiénes se trata: como si esto fura poco, Don Pedro y Max Henríquez Ureña figuran en el árbol genealógico incluido en el discurso, al igual que Eugenio María de Hostos, el filósofo y pensador puertorriqueño, uno de los grandes maestros de América.
Dentro del discurso se plantea un tema emblemático: la lucha en Latinoamérica por la reivindicación de la mujer, por sus derechos, tema que ocupa un largo espacio, si bien subalterno, aparentemente subalterno, desde el período en que las niñas de familia no necesitaban aprender a leer y escribir porque con la preparación para hacerse cargo del hogar bastaba, hasta las luchas por el voto femenino.
El estilo, lejos del tono combativo que podría suscitar uno de los temas señalados, se acerca de a ratos, y bastante, al estilo periodístico; alterna también con el del discurso de los géneros íntimos y, en general, gana la atención del lector que termina implicándose emocionalmente tanto con los personajes como con los sucesos. (c) LA GACETA
Sobre este entretejido se organiza la historia: la vida de madre e hija, Salomé Ureña de Henríquez y Salomé Camila Henríquez.
Dos figuras, dos historias estructuradas por montaje paralelo dramático (un siglo las separa: el que va de 1856 a 1960) alternan sus segmentos a lo largo del libro, del mismo modo que en Las palmeras salvajes, de William Faulkner, o que en Fiesta en noviembre, de Eduardo Mallea, con la diferencia de que en estas dos últimas la relación se opera sólo en el territorio del símbolo y aquí ambas vidas están relacionadas por vasos comunicantes -entre ellos, los personajes más un archivo personal- que la memoria va alimentando y vivificando.
Ya los apellidos de estas dos figuras nos están diciendo de quiénes se trata: como si esto fura poco, Don Pedro y Max Henríquez Ureña figuran en el árbol genealógico incluido en el discurso, al igual que Eugenio María de Hostos, el filósofo y pensador puertorriqueño, uno de los grandes maestros de América.
Dentro del discurso se plantea un tema emblemático: la lucha en Latinoamérica por la reivindicación de la mujer, por sus derechos, tema que ocupa un largo espacio, si bien subalterno, aparentemente subalterno, desde el período en que las niñas de familia no necesitaban aprender a leer y escribir porque con la preparación para hacerse cargo del hogar bastaba, hasta las luchas por el voto femenino.
El estilo, lejos del tono combativo que podría suscitar uno de los temas señalados, se acerca de a ratos, y bastante, al estilo periodístico; alterna también con el del discurso de los géneros íntimos y, en general, gana la atención del lector que termina implicándose emocionalmente tanto con los personajes como con los sucesos. (c) LA GACETA







