05 Octubre 2003 Seguir en 

Los libros de "autoayuda" agobian desde hace algunos años los escaparates de las librerías y las góndolas de los supermercados. Se renuevan todos los meses, lo que no sería posible si no respondieran a una vasta e intensa demanda. En general, presentan una versión aguada, para uso doméstico, de los asuntos que constituyen el núcleo de la filosofía moral. Así, la cuestión del sentido de la existencia, o la del mejor modo de vivir, aparecen, en el registro de esa literatura de baja graduación, en términos de cómo adelgazar, o de cómo hacer muchos amigos, o de cómo tener éxito en los negocios. Curiosamente, esos objetos con forma de libro deparan unas recetas que evocan, también diluidas, nociones de índole -digamos- metafísica: "energía cósmica", "meditación trascendental", "alma del mundo", etc. Todo ello en una atmósfera de acentuado orientalismo, que incluye recomendaciones sobre el arte de respirar y sobre el de hablar con las plantas.
No es obligatorio, por cierto, visitar esos volúmenes, pero si alguna circunstancia profesional -como la de ser comentarista en un periódico literario- lo pone a uno en trance de recorrer sus páginas, y para colmo con gran frecuencia, llega a experimentar un fastidio de tal magnitud que difícilmente quepa en palabras.
De ahí el agradecimiento que uno no puede menos que sentir ante esta novela de Will Ferguson, en la que el escritor canadiense ejecuta un conveniente arreglo de cuentas con esa literatura aeróbica y vegetariana.La novela que comentamos desarrolla la siguiente idea: ninguno de esos saludables productos cumple con lo que promete, porque con que uno solo de ellos dispensara la felicidad, acapararía a todos los lectores, y la industria editorial se reduciría a la emisión (claro que en cantidades ingentes) de esa única obra. La mera diversidad de títulos a que da lugar el género de "autoayuda" es, pues, en sí misma, la refutación de sus pretensiones.
Will Ferguson urde una trama centrada en un acontecimiento: la aparición de un libro que, precisamente, suscita en sus lectores la felicidad; y no como transitorio estado de ánimo, sino como permanente modo de ser. Ello acarreará no sólo la ruina de las empresas editoras, sino la de la cultura norteamericana, con ominosas proyecciones sobre la entera civilización occidental. Una epidemia de beatitud anula la voluntad de las personas, y con ello la disposición de desear, así como la tensión que nace del deseo: aquella de la que emanan todos los proyectos y todos los fracasos, la que modela la identidad de cada cual y en la que arraiga el sentimiento de sí.
La novela está redactada en clave de humor: sin duda la más adecuada a su materia. Abunda en alusiones locales, algunas de las cuales pasarán inadvertidas ante un lector sudamericano. Contiene una descripción de la industria editorial que, lejos de ser, como parece, una caricatura, corresponde puntualmente a los hechos.
Una novela, en fin, que se lee con alegría. (c) LA GACETA
No es obligatorio, por cierto, visitar esos volúmenes, pero si alguna circunstancia profesional -como la de ser comentarista en un periódico literario- lo pone a uno en trance de recorrer sus páginas, y para colmo con gran frecuencia, llega a experimentar un fastidio de tal magnitud que difícilmente quepa en palabras.
De ahí el agradecimiento que uno no puede menos que sentir ante esta novela de Will Ferguson, en la que el escritor canadiense ejecuta un conveniente arreglo de cuentas con esa literatura aeróbica y vegetariana.La novela que comentamos desarrolla la siguiente idea: ninguno de esos saludables productos cumple con lo que promete, porque con que uno solo de ellos dispensara la felicidad, acapararía a todos los lectores, y la industria editorial se reduciría a la emisión (claro que en cantidades ingentes) de esa única obra. La mera diversidad de títulos a que da lugar el género de "autoayuda" es, pues, en sí misma, la refutación de sus pretensiones.
Will Ferguson urde una trama centrada en un acontecimiento: la aparición de un libro que, precisamente, suscita en sus lectores la felicidad; y no como transitorio estado de ánimo, sino como permanente modo de ser. Ello acarreará no sólo la ruina de las empresas editoras, sino la de la cultura norteamericana, con ominosas proyecciones sobre la entera civilización occidental. Una epidemia de beatitud anula la voluntad de las personas, y con ello la disposición de desear, así como la tensión que nace del deseo: aquella de la que emanan todos los proyectos y todos los fracasos, la que modela la identidad de cada cual y en la que arraiga el sentimiento de sí.
La novela está redactada en clave de humor: sin duda la más adecuada a su materia. Abunda en alusiones locales, algunas de las cuales pasarán inadvertidas ante un lector sudamericano. Contiene una descripción de la industria editorial que, lejos de ser, como parece, una caricatura, corresponde puntualmente a los hechos.
Una novela, en fin, que se lee con alegría. (c) LA GACETA







