
Que el menemismo fue tirar manteca al techo y no verdadero liberalismo (que hubiera requerido en sus primeras etapas ahorro y esfuerzo de la población) lo demuestra todo el arte light nacido en esa década al abrigo del Centro Cultural Rojas y sus secuaces. Los artistas más emblemáticos fueron Marcelo Pombo, cuyos trabajos constituyen una meditación sobre el consumismo; Miguel Harte, que a partir de materias industriales propiciaba una temática psicologista y lúdicam y Martín di Girolamo, cuyas esculturas de cuerpos bronceados, pechos perfectos de cirugía estética, maquillajes y zapatos con plataforma parecen exaltar el mundo de la técnica publicitaria y cierto espíritu de extrema superficialidad. Pero esta camada se completa sinfónicamente con Pablo Siquier y Fabio Kacero (abstracciones geométricas muy complacientes); Jorge Gumier Maier (que además de ser un teórico del grupo consagró su obra a una serie de frisos y guirnaldas de aspecto francamente agradable); Graciela Hasper (trabajos geométricos muy coloridos); Rosana Fuertes (obra donde lo político aparecía relativizado a niveles dicharacheros); Carolina Antoniadis y Karina El Azem (decorativismo llevado a la exacerbación) y Alberto Goldenstein (fotografía de escenas cotidianas más bien festivas). Todo este grupo plantea el problema de si esa mirada acrítica fue cómplice o, incluso, celebratoria de la década. Hubo también dos artistas más explícitos en términos de severidad irónica, pero que murieron prematuramente: Omar Schiliro y Feliciano Centurión. Aún si se dirige la atención a los pintores que ya venían trabajando fuerte en las décadas anteriores, como Carlos Alonso, Carlos Gorriarena o Antonio Seguí, que en los años 70 y 80 habían tenido un enorme compromiso político, se constata cierto deslizamiento hacia temas más cómodos.
Lo que se infiere de esa resaca testimonial es que reinó la despreocupación típica de los festivales y las quermeses, el lujo amable de un tiempo no acuciante. Porque ahora estamos empezando a reconocer nuestra dolorosa condición, descubriendo las pústulas por debajo de la cosmética menemista. El arte actual se involucra de modo resuelto con la política mediante la violencia de Graciela Sacco, Res, Norberto Gómez, Marcelo Espina y el grupo callejero, con la nostalgia de Patricio Larrandebere; los desajustes sociales de Marcos López o el catastrofismo discretísimo de Fabiana Barreda y de María Rosa Andreoti, todo lo cual es propio de una comunidad perpleja que se define sólo en términos negativos.
Flecos desparejos
Después de 1955 el país quedó dividido de modo tajante: la mitad era peronista, la otra mitad, gorila. Así las cosas, la amenaza de retorno fue contrarrestada con una anulación retórica: la proscripción. Recuerdo los álbumes de figuritas que circulaban en los años 60, en cuyo capítulo de presidentes argentinos se salteaban el período tabuado, pasando alquímicamente de Farrel a Lonardi. Menem también produjo una división, pero la crucial diferencia estriba en que los bandos no quedaron nivelados. En las elecciones de 2003, Menem ni siquiera alcanzó el veinticinco por ciento, mientras que el antimenemismo, más allá de su heterogeneidad, cuenta con un setenta y cinco por ciento de adhesión. Pero así como aquel medio país gorila estaba dispuesto a resignar la democracia plena para aventar el riesgo de retorno, estos tres cuartos se revelaron abiertos a cualquier propuesta con tal de que no volviera Menem. Se trató, en ambos casos, de rabias y de resentimientos sedimentados aluvionalmente durante las respectivas décadas peronistas.
Hay un juego bifronte de imaginarios parciales, que leyeron de modo distinto al primer Perón y que ahora hacen una narración contrapuesta de los 90. ¿Por qué, al cabo de sus respectivas décadas de gobierno, Perón se quedó con el cincuenta (que servía como amenaza de retorno) y Menem sólo con el veinticinco (que le sirve para muy poco)? La interpretación según la cual Perón fue nacional y popular y Menem neoliberal me parece de un simplismo que raya la estupidez. Esa diferencia respondió únicamente a los momentos históricos en los que gobernaron (predominio del Estado-Nación y segunda modernidad). Lo importante es que los dos, a su manera, fueron populistas y organizaron a sus adeptos como clientelas (beneficios por votos); los dos erigieron una liturgia (la motoneta y la Ferrari, por citar sólo un ejemplo); los dos amaron pavorosamente el poder (ambos reformaron la Constitución para ser reelegidos); los dos atentaron contra la República (ambos modificaron la Corte Suprema de Justicia y enervaron mecanismos de control) y los dos sembraron vientos con sus políticas dispendiosas e irresponsables. Ambos consumaron, en fin, la demagogia de hacer vivir a los argentinos por encima de sus posibilidades.
Un análisis más estilizado remite, siguiendo el clásico esquema de los mitos, al hecho de que el gobierno de Perón fue interrumpido violentamente, mientras que Menem logró terminar su período, con lo cual Perón consiguió victimizarse y engendrar una falsa leyenda. Los mitos operan eficazmente en el imaginario colectivo en la medida en que inducen a pensar en ese pasado heroico como una posibilidad de regreso a la placenta. Así como los aztecas soñaban con la vuelta de Quetzalcoatl, los descamisados esperaban la vuelta de Perón con expectativa religiosa. Y así como los aztecas pudieron ver en Hernán Cortés y los conquistadores montados en sus caballos a un Dios mitológico al que confundieron con ese Quetzalcoatl irredento, los argentinos creyeron ver su salvación en un anciano valetudinario, un brujo inverosímil y una corista kitsch. A punto tal se operó esta distorsión que la izquierda añadió a la figura de Perón matices de los que estaba enteramente desprovisto. En este sentido, el gobierno interrumpido de Perón funcionó como un espejismo retrospectivo y tejió el mito de un retorno a un pasado maravilloso.
Pero esta causa, con ser trascendente, no alcanza a explicar ese cuarto de país de diferencia que media entre ambos flecos. Arriesgaré una explicación que tiene dos aspectos. El primero consiste en que la demagogia de Perón apuntó a las capas bajas y medias bajas, que son fieles; la de Menem, en cambio, a la clase media propiamente dicha, que es más desagradecida. Pero lo verdaderamente dirimente es el segundo aspecto: la distinta perdurabilidad de lo que ambos les otorgaron a sus respectivos clientelas. Perón hipnotizó a las masas con colchones, casas, puestos de trabajo en el Estado o privilegios laborales como el aguinaldo, en fin: beneficios persistentes. Menem favoreció a sus votantes de clase media con viajes al exterior; créditos hipotecarios en dólares; shoppings portentosos; quesos franceses y licuadoras, fiesta efímera que financió con dinero prestado. Y cuando Menem se retiró, los viajes se convirtieron en nostalgias evaporadas; los créditos hubo que afrontarlos en dólares apreciados o someterse a las ejecuciones; los shoppings pasaron a ser percibidos como delirios de grandeza; los quesos desaparecieron de las góndolas y las licuadoras quedaron tecnológicamente superadas, mientras el país todo exhibía su impotencia para devolver el dinero malgastado. La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser depuraron el padrón menemista a la mitad, tan pronto como el nuevo escenario puso al descubierto la inconsistencia de ese consumismo festivo documentado por los artistas de la década. (c) LA GACETA







