Organizada la Argentina, existió "otra posibilidad"

Por Carlos Páez de la Torre (h)

28 Septiembre 2003
Con su tan ponderado San Martín, que apareció hace cuatro años, Patricia Pasquali confirmó esas relevantes condiciones de historiadora que ya había desplegado en su Lavalle y que seguiría demostrando en San Martín confidencial . De allí que toda nueva producción de su autoría merezca siempre la máxima atención; no sólo de parte de los estudiosos, sino también de los simplemente interesados en obras serias sobre el pasado argentino. Todo esto agrega significación, si cabe, a La instauración liberal, versión "reducida y actualizada" de su tesis doctoral de 1994.
Parte de la situación presente. Puesto que el liberalismo, que es "esencialmente progresista", ha sido totalmente desnaturalizado por quienes invocan su defensa, es oportuno que la mirada histórica se vuelva hacia los orígenes, cuyo análisis ofrece sugerencias acaso útiles para intentar una corrección. En la Argentina, el orden liberal se establece en la década de 1860: al comienzo es algo tentativo, pero su continuidad lo solidificará en el "régimen político oligárquico y centralizado de 1880". Este ya no es un liberalismo progresista sino conservador, cuyo modelo económico es el del "desarrollo hacia afuera" (con una total dependencia externa), con vocación de poder unitarizante y que mantiene los canales de participación política cerrados para quienes no pertenezcan a la élite. Tal no era "la única vía posible", sostiene Pasquali, y es lo que su libro quiere precisamente demostrar.Lanza su mirada desde ese enclave estratégico que fue Santa Fe. Equidistante de la influencia "federal personalista" de Urquiza y de la "liberal centralizante" de Mitre, comenzó a aparecer allí una tercera alternativa "nacional, liberal autonomista", encarnada por Nicasio Oroño. El destacado santafesino (1825-1904), es el gran protagonista del libro, que refleja su audaz, combativa y original tarea llevada a cabo tanto desde las bancas de diputado y senador al Congreso, como desde la gobernación de Santa Fe que desempeñó de 1865 a 1867.
Frente a los levantamientos provinciales, desatados por la política mitrista que encarnaba la intolerancia y la falta de respeto hacia el otro, Oroño propone una actitud conciliatoria. Puesto que las montoneras se alzan vivando a Urquiza, propone que sea este quien las llame a la cordura, y que demuestre así su adhesión concreta al régimen de ideas que decía profesar. Es una tesitura que será rechazada tanto por el vencedor de Caseros como por el Gobierno Nacional. Fustiga duramente las pretensiones de ingerencia federal en los fueros de las provincias. En cuanto a la deuda, no acepta que se asuma y se pague hasta la contraída por Rosas, y que no se haga lo mismo con la de la Confederación. Tiene una idea clara del fomento de la riqueza. Si la propiedad es el fundamento del liberalismo, no cree posible que pueda terminarse con el desierto sin arraigar a la tierra a los inmigrantes. Cuando trae a estos, les tiene preparados casas, terrenos, útiles de labranza y una legislación de avanzada (que superaba incluso a la de EE.UU., tomada como modelo). Al cabo de 3 años, si habían construido vivienda, cavado un pozo de balde y cultivado su parcela, les otorgaba la tierra en propiedad. El sistema regía tanto para extranjeros como para criollos y para indígenas, estos últimos tratados como ciudadanos. Tal sistema de colonización planificada -que se ligaba con el avance de la frontera y que defendió en el Congreso- fue un caso único. Dará lugar a la pequeña y mediana clase de agricultores, que será después núcleo de un partido urbano, la Unión Cívica Radical. Inclusive intentó imponer un gravamen sobre la tierra ociosa.
El inmigrante necesitaba casarse, y con frecuencia por un sistema distinto al del matrimonio católico. Oroño propuso y promulgó una ley de matrimonio civil (20 años antes de que lo hiciera la Nación). Esta medida, que sería posteriormente derogada, y otras como la secularización de cementerios, lo llevaron a fuertes choques con la jerarquía eclesiástica.
Oroño entendió a la educación como vehículo de promoción social, y postuló la redistribución de ingresos a su favor. Debía estar conducida oficialmente, para que cumpliese con las finalidades del Estado progresista. Fue un vigoroso animador de la educación común, tema sobre el cual se comunicó largamente con Sarmiento.
Nada parecía capaz de detener a este liberal progresista, entre cuyos consultores permanentes estaban figuras como Juan María Gutiérrez o Salvador María del Carril. Frente al mito de "civilización o barbarie", formará la primera Liga de Gobernadores (su provincia, los alsinistas de Buenos Aires, los luquistas de Córdoba) con el apoyo del vicepresidente Marcos Paz. Defendían el federalismo y el Estado liberal, pero se negaban a la hegemonía porteña. Una revolución "fogoneada" por Urquiza terminará por tumbar a Oroño, en 1867.
Para Patricia Pasquali, aunque fueron provisorios y parciales los resultados que el santafesino obtuvo -y que no pudieron extenderse a la órbita nacional- toda su peripecia demuestra que hubo "otra" alternativa. Ella acaso hubiera podido imponerse de no mediar circunstancias como la imprevista muerte del vicepresidente Paz, la falta de coherencia entre los dichos liberales, la intransigencia mitrista, la destrucción de aquella Liga que era defensora del autonomismo.
Piensa la historiadora que el ideario y la acción de Oroño (cuya importancia como reformador fue advertida en Inglaterra, en Brasil, en Alemania) hubieran hecho posible "otro" país. Entiende que si así ocurrió en esa época también podría ocurrir ahora. Porque -sostiene- siempre hay alternativas diferentes frente a las que el poder hegemónico presenta como únicas.
Sustentado en rigurosa investigación y expuesto de modo vibrante y convencido, la doctora Pasquali nos entrega un excelente y original libro de historia.(c) LA GACETA

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