28 Septiembre 2003 Seguir en 

Sin necesidad de apelar al cliché trivial de una "nueva historia", es indudable que los estudios sobre la historia política se han renovado en los últimos veinte años, en parte por algunas influencias intelectuales fuertes, pero sobre todo por la incorporación de un nutrido conjunto de investigadores a un campo que, hasta hace un tiempo, parecía circunscripto a las concepciones más tradicionales del oficio. Las novedades son más llamativas, por ahora, en los estudios referidos al siglo XIX. El pasaje del orden colonial al republicano; la trabajosa constitución del Estado nacional, de la ley y el orden; la vinculación entre balbucientes regímenes políticos y una sociedad civil que estaba en pleno proceso de constitución; la entidad de las prácticas políticas y su diversidad -los votos, las armas y las voces-: tales son los ejes problemáticos que ordenan un campo de estudios particularmente estimulante.
Hilda Sabato es una de las historiadoras que más han contribuido a esta renovación, con trabajos pioneros como "la política de las calles". Hace dos años convocó a una veintena de académicos -algunos jóvenes y otros ya formados- para discutir trabajos específicos y maneras de aproximarse a lo político. Este volumen reúne esos trabajos, a los que Sabato ha logrado darles unidad y sentido. Los textos recorren la historia argentina entre la crisis colonial y la reforma de 1912. Sabato los ha ordenado de acuerdo con el ángulo o enfoque predominante, un criterio que subraya el interés en la renovación de las perspectivas de análisis.
La primera sección se refiere a la dimensión simbólica: ideas, discursos, símbolos, ritos. Todo un conjunto de prácticas relacionadas con la construcción del sentido y en particular con el de la autoridad legítima. Viejos y nuevos universos discursivos confrontan en los primeros años republicanos: quienes hablan de una "nación" unánime y quienes de "pueblos soberanos". Las elecciones pueden convertirse en la expresión de la unanimidad. La opinión pública, surgida de una sociedad compleja y diversificada, puede aportar la unidad de sentido que cimiente el consenso. La Nación, finalmente, llegará a ser concebida como homogénea, unánime y preexistente al pacto político.
El patriotismo es parte de esa búsqueda de la unidad imaginaria. Flavia Macías, una joven historiadora tucumana, estudia el caso de la Guardia Nacional y la conformación de la imagen del ciudadano armado, sujeto inescindible de derechos y deberes, fundamento de una identidad nacional. María Celia Bravo estudia otra dimensión de la política tucumana entre 1850 y 1862: la coexistencia de la práctica electoral y la lucha armada, entre facciones provinciales e interprovinciales, con provincias invadidas e invasoras mezclándose en la lucha política. Su trabajo corresponde a la segunda perspectiva encarada en este volumen: las prácticas políticas. Con ellas aparece la inclusión de nuevos actores políticos: los "gobernados", que irrumpen bajo la forma de clientelas electorales, de fuerzas armadas, de opinantes.
La hipótesis común es que la vida política ha transcurrido en escenarios más amplios, variados y complejos que los tradicionalmente supuestos, y que las formas de control debieron atender esa diversidad y frecuente contestación. Los sectores plebeyos irrumpieron en la política porteña en 1806. Una sociedad politizada se despliega en los "espacios de sociabilidad" de Buenos Aires en tiempos de Rivadavia, y una compleja vida asociativa, que acompaña el espectacular crecimiento de Buenos Aires, sustenta la vigorosa opinión pública que a los ojos de muchos es el referente de las prácticas políticas.
Algo parecido, aunque en otra escala, se observa en la vida política de las provincias. Allí las familias tradicionales, vinculadas por sólidos lazos de parentesco, comparten el escenario con sectores subalternos de diversa índole, que aparecen en las elecciones y en las revoluciones. El propio Julio A. Roca tuvo que lidiar con una variedad de grupos y de facciones, organizados a veces en ligas interprovinciales, para mantener en pie el Partido Autonomista Nacional. Finalmente la oligarquía terrateniente porteña, elite entre las elites, es presentada en situación distanciada -una suerte de magnífico aislamiento- respecto de quienes conducen el gobierno del Estado a fines del siglo pasado. En suma, un panorama variado y sugerente, tanto por los temas cuanto por la novedosa manera de incursionar en el clásico territorio de la historia política.(c) LA GACETA
Hilda Sabato es una de las historiadoras que más han contribuido a esta renovación, con trabajos pioneros como "la política de las calles". Hace dos años convocó a una veintena de académicos -algunos jóvenes y otros ya formados- para discutir trabajos específicos y maneras de aproximarse a lo político. Este volumen reúne esos trabajos, a los que Sabato ha logrado darles unidad y sentido. Los textos recorren la historia argentina entre la crisis colonial y la reforma de 1912. Sabato los ha ordenado de acuerdo con el ángulo o enfoque predominante, un criterio que subraya el interés en la renovación de las perspectivas de análisis.
La primera sección se refiere a la dimensión simbólica: ideas, discursos, símbolos, ritos. Todo un conjunto de prácticas relacionadas con la construcción del sentido y en particular con el de la autoridad legítima. Viejos y nuevos universos discursivos confrontan en los primeros años republicanos: quienes hablan de una "nación" unánime y quienes de "pueblos soberanos". Las elecciones pueden convertirse en la expresión de la unanimidad. La opinión pública, surgida de una sociedad compleja y diversificada, puede aportar la unidad de sentido que cimiente el consenso. La Nación, finalmente, llegará a ser concebida como homogénea, unánime y preexistente al pacto político.
El patriotismo es parte de esa búsqueda de la unidad imaginaria. Flavia Macías, una joven historiadora tucumana, estudia el caso de la Guardia Nacional y la conformación de la imagen del ciudadano armado, sujeto inescindible de derechos y deberes, fundamento de una identidad nacional. María Celia Bravo estudia otra dimensión de la política tucumana entre 1850 y 1862: la coexistencia de la práctica electoral y la lucha armada, entre facciones provinciales e interprovinciales, con provincias invadidas e invasoras mezclándose en la lucha política. Su trabajo corresponde a la segunda perspectiva encarada en este volumen: las prácticas políticas. Con ellas aparece la inclusión de nuevos actores políticos: los "gobernados", que irrumpen bajo la forma de clientelas electorales, de fuerzas armadas, de opinantes.
La hipótesis común es que la vida política ha transcurrido en escenarios más amplios, variados y complejos que los tradicionalmente supuestos, y que las formas de control debieron atender esa diversidad y frecuente contestación. Los sectores plebeyos irrumpieron en la política porteña en 1806. Una sociedad politizada se despliega en los "espacios de sociabilidad" de Buenos Aires en tiempos de Rivadavia, y una compleja vida asociativa, que acompaña el espectacular crecimiento de Buenos Aires, sustenta la vigorosa opinión pública que a los ojos de muchos es el referente de las prácticas políticas.
Algo parecido, aunque en otra escala, se observa en la vida política de las provincias. Allí las familias tradicionales, vinculadas por sólidos lazos de parentesco, comparten el escenario con sectores subalternos de diversa índole, que aparecen en las elecciones y en las revoluciones. El propio Julio A. Roca tuvo que lidiar con una variedad de grupos y de facciones, organizados a veces en ligas interprovinciales, para mantener en pie el Partido Autonomista Nacional. Finalmente la oligarquía terrateniente porteña, elite entre las elites, es presentada en situación distanciada -una suerte de magnífico aislamiento- respecto de quienes conducen el gobierno del Estado a fines del siglo pasado. En suma, un panorama variado y sugerente, tanto por los temas cuanto por la novedosa manera de incursionar en el clásico territorio de la historia política.(c) LA GACETA







