28 Septiembre 2003 Seguir en 

Nunca me faltan motivos para volver a Tucumán. Hace un mes fue el bautismo de mi sobrino Lucas. En estos días estamos firmando un convenio piloto entre la Facultad de Ciencias Económicas de la UNT y la Universidad Di Tella para ofrecer becas de perfeccionamiento de posgrado a jóvenes docentes que luego se reinsertarán en sus cargos, aquí, en Tucumán. En otras oportunidades vine para dar a conocer programas académicos de la Universidad Di Tella, tanto de grado como de posgrado, y a menudo mis colegas y yo estamos en contacto con periodistas de LA GACETA. Tal vez porque soy economista de profesión, casi siempre, sobre el final de la entrevista o de la charla, me hacen la misma pregunta: "¿tiene futuro Tucumán?". Y estas tres palabras abren para mí un abanico de preguntas mucho mas profundas que la simple coyuntura económica de mi provincia.
En algún momento Tucumán fue un centro de poder económico, educativo y cultural del Noroeste argentino, de donde salieron dirigentes de una calidad extraordinaria. Los que estamos en contacto permanente con nuestra provincia sabemos que los signos visibles de empobrecimiento y decadencia que presenta de manera tan evidente hoy no son el producto de una repentina catástrofe, sino el resultado de tres décadas.En mi último viaje subí hasta Horco Molle, ese puñado de casas (¿unas cincuenta?), propiedad de la Universidad Nacional de Tucumán, agrupadas al pie del cerro, cuatro kilómetros a la derecha de la rotonda. Ahí pasé mis primeros 13 años. Tal vez se me mezclen las cosas y la maravilla de una infancia extraordinaria embellezca mis recuerdos; pero Horco Molle era, estoy seguro, un proyecto alucinante. Era el lugar donde iban a vivir los profesores visitantes, "de afuera", símbolo de una política cultural y de una gestión universitaria que contrataba a los docentes que la Universidad necesitaba y quería, buscándolos en otras provincias, repatriándolos del extranjero o trayéndolos de otros países? Y no puedo evitar recordar al Doctor Kala, matemático -creo-, oriundo de la India, cuya mujer paseaba su sari por el monte tucumano. Sí, hoy parece ciencia ficción, pero en los sesenta la UNT importaba académicos y todavía no se hablaba de "fuga de cerebros" en la Argentina. Se iban algunos, venían otros, y en la Universidad se pensaba un país que se soñaba a sí mismo fuerte, orgulloso y -como diríamos ahora- "con agenda propia".
Originalmente Horco Molle iba a ser parte de un gran "campus" con profesores de dedicación exclusiva abocados a la mágica alquimia de mezclar docencia con investigación científica. Si no recuerdo mal, arrancaba en la vieja estructura de hormigón de San Javier -¿un hospital?-, y bajaba por la ladera hasta el pie del cerro. Había un funicular que, me parece, nunca funcionó? pero todavía existen algunas de sus vías, testimonio de un proyecto extraordinariamente ambicioso que tenía por territorio a toda la región y estaba inserto en el mundo: preanunciaba eso que hoy llamamos "globalización" y para muchos, era faraónico. Quizás lo haya sido.
Cuando yo llegué a vivir a Horco Molle, en el 62, la idea original se había acotado y las viviendas habían sido recicladas como residencia para profesores permanentes de la Universidad. Seguía siendo extraordinario porque, a pesar de todo, era la muestra visible de un país que apostaba a la educación, que entendía la diferencia entre simplemente transmitir conocimiento y crear conocimiento, y apostaba fuerte a la investigación porque sabía que ese era el verdadero motor del desarrollo en todas sus dimensiones. Horco Molle simboliza un modelo de país que no pudo ser, que no llegó a crecer.
Como economista sé que la característica fundamental de los procesos de crecimiento que experimentó una gran cantidad de países en los últimos sesenta años radica en lo que llamamos "aumentos en la productividad". Se trata, en definitiva, de aplicar a los procesos productivos una buena dosis de creatividad intelectual para que, con el mismo esfuerzo pero mejores ideas, se pueda producir más y mejor. Esto es lo que transformó a Corea, una sociedad fundamentalmente agrícola a fines de los cincuenta -cuando en Tucumán ya se pensaba en una gran Universidad- en la potencia industrial de hoy. Es el mismo proceso gracias al cual Chile produce hoy, con el mismo esfuerzo, tres veces más que en el año ochenta. Mientras tanto, en Argentina seguimos produciendo lo mismo que en el año ochenta, con el mismo esfuerzo. La pregunta es por qué.
Sin duda hay un sinfín de explicaciones posibles, y seguramente muchas sean válidas, pero quiero pensar como economista y también como rector de la Universidad Di Tella. Cuando la UNT y Horco Molle se poblaban de académicos, profesores cuyo trabajo es pensar y enseñar a pensar, el país apostaba a ese aumento de productividad que transforma naciones pobres en desarrolladas. Se entendía que la educación universitaria es ese proceso que con la abstracción afila la mente y desde la ética fortalece el espíritu.
Proceso largo y exigente, que requiere del esfuerzo del profesor y del alumno, ambos comprometidos en el aprendizaje mutuo. Y aunque no sea políticamente correcto decirlo, estoy personalmente persuadido de que la educación superior no es para todos, ni para los más ricos, sino para los más capaces. Este principio meritocrático no se discute cuando se arma la Selección nacional de fútbol: nadie pone en duda que tienen que jugar los mejores, que la celeste y blanca la llevan sólo unos pocos elegidos. No deja de sorprenderme que ese mismo principio, tan evidente en algunos casos, sea tan controvertido y tenga tan mala prensa cuando se habla de educación superior en la Argentina.
Pareciera que nos hemos olvidado de que los valores que una verdadera universidad debe defender son el pluralismo; la tolerancia; la búsqueda de la verdad y de la excelencia; el debate abierto desprovisto de ideologías; la igualdad de oportunidades; la exigencia en el trabajo y el mérito como principio rector. Una serie de factores conspiró para desdibujar un sistema educativo que había sido construido sobre estos valores y que llevaron a la Argentina a ser -en un pasado cercano- una nación rica, con una fuerte movilidad social.
A mi juicio, algunas de las cosas que atentaron contra ese proyecto de país "grande" fueron: el sistemático avance del poder de turno sobre la autonomía de las universidades, la falta de una visión política que definiera el papel de la educación en general como motor del desarrollo del país, y la reiterada sospecha que compartieron diferentes gobiernos acerca del ejercicio de la inteligencia como una amenaza. Si la situación actual del sistema universitario no es peor se debe al esfuerzo personal de mucha gente comprometida que sigue luchando por una universidad de calidad, de la que siempre quiso formar parte.
De todas maneras, lo más dramático no es el estado de la educación actual. Lo peor es lo profundamente arraigada que está la creencia de que no podemos "darnos el lujo" de invertir en educación de calidad cuando la pobreza es una urgencia y debemos resignarnos a que el conocimiento se desarrolle en los países ricos. Lo peor es pensar que los científicos (médicos, físicos, abogados, ingenieros, estadísticos, biólogos, economistas, politólogos, historiadores) son como los tigres de Bengala; que alcanza con tener alguno en el zoológico para mostrarlos en las estadísticas, como bien dicen Marcelo Cerejeiro y Laura Reinking en su libro "La ignorancia debida" (1).
Pensar que las partidas presupuestarias para investigación en ciencia y tecnología son un lujo del cual nos ocuparemos cuando la situación económica lo permita es no haber entendido la clave, es matar a la gallina de los huevos de oro. Es no entender el proyecto que dio vida a Horco Molle. Es desconocer la relación entre universidades, creación de valor y desarrollo. Sin un sistema educativo fundado sobre la libertad, el esfuerzo y el mérito no podremos construir un futuro, ni para el país, ni para Tucumán. (c) LA GACETA
En algún momento Tucumán fue un centro de poder económico, educativo y cultural del Noroeste argentino, de donde salieron dirigentes de una calidad extraordinaria. Los que estamos en contacto permanente con nuestra provincia sabemos que los signos visibles de empobrecimiento y decadencia que presenta de manera tan evidente hoy no son el producto de una repentina catástrofe, sino el resultado de tres décadas.En mi último viaje subí hasta Horco Molle, ese puñado de casas (¿unas cincuenta?), propiedad de la Universidad Nacional de Tucumán, agrupadas al pie del cerro, cuatro kilómetros a la derecha de la rotonda. Ahí pasé mis primeros 13 años. Tal vez se me mezclen las cosas y la maravilla de una infancia extraordinaria embellezca mis recuerdos; pero Horco Molle era, estoy seguro, un proyecto alucinante. Era el lugar donde iban a vivir los profesores visitantes, "de afuera", símbolo de una política cultural y de una gestión universitaria que contrataba a los docentes que la Universidad necesitaba y quería, buscándolos en otras provincias, repatriándolos del extranjero o trayéndolos de otros países? Y no puedo evitar recordar al Doctor Kala, matemático -creo-, oriundo de la India, cuya mujer paseaba su sari por el monte tucumano. Sí, hoy parece ciencia ficción, pero en los sesenta la UNT importaba académicos y todavía no se hablaba de "fuga de cerebros" en la Argentina. Se iban algunos, venían otros, y en la Universidad se pensaba un país que se soñaba a sí mismo fuerte, orgulloso y -como diríamos ahora- "con agenda propia".
Originalmente Horco Molle iba a ser parte de un gran "campus" con profesores de dedicación exclusiva abocados a la mágica alquimia de mezclar docencia con investigación científica. Si no recuerdo mal, arrancaba en la vieja estructura de hormigón de San Javier -¿un hospital?-, y bajaba por la ladera hasta el pie del cerro. Había un funicular que, me parece, nunca funcionó? pero todavía existen algunas de sus vías, testimonio de un proyecto extraordinariamente ambicioso que tenía por territorio a toda la región y estaba inserto en el mundo: preanunciaba eso que hoy llamamos "globalización" y para muchos, era faraónico. Quizás lo haya sido.
Cuando yo llegué a vivir a Horco Molle, en el 62, la idea original se había acotado y las viviendas habían sido recicladas como residencia para profesores permanentes de la Universidad. Seguía siendo extraordinario porque, a pesar de todo, era la muestra visible de un país que apostaba a la educación, que entendía la diferencia entre simplemente transmitir conocimiento y crear conocimiento, y apostaba fuerte a la investigación porque sabía que ese era el verdadero motor del desarrollo en todas sus dimensiones. Horco Molle simboliza un modelo de país que no pudo ser, que no llegó a crecer.
Como economista sé que la característica fundamental de los procesos de crecimiento que experimentó una gran cantidad de países en los últimos sesenta años radica en lo que llamamos "aumentos en la productividad". Se trata, en definitiva, de aplicar a los procesos productivos una buena dosis de creatividad intelectual para que, con el mismo esfuerzo pero mejores ideas, se pueda producir más y mejor. Esto es lo que transformó a Corea, una sociedad fundamentalmente agrícola a fines de los cincuenta -cuando en Tucumán ya se pensaba en una gran Universidad- en la potencia industrial de hoy. Es el mismo proceso gracias al cual Chile produce hoy, con el mismo esfuerzo, tres veces más que en el año ochenta. Mientras tanto, en Argentina seguimos produciendo lo mismo que en el año ochenta, con el mismo esfuerzo. La pregunta es por qué.
Sin duda hay un sinfín de explicaciones posibles, y seguramente muchas sean válidas, pero quiero pensar como economista y también como rector de la Universidad Di Tella. Cuando la UNT y Horco Molle se poblaban de académicos, profesores cuyo trabajo es pensar y enseñar a pensar, el país apostaba a ese aumento de productividad que transforma naciones pobres en desarrolladas. Se entendía que la educación universitaria es ese proceso que con la abstracción afila la mente y desde la ética fortalece el espíritu.
Proceso largo y exigente, que requiere del esfuerzo del profesor y del alumno, ambos comprometidos en el aprendizaje mutuo. Y aunque no sea políticamente correcto decirlo, estoy personalmente persuadido de que la educación superior no es para todos, ni para los más ricos, sino para los más capaces. Este principio meritocrático no se discute cuando se arma la Selección nacional de fútbol: nadie pone en duda que tienen que jugar los mejores, que la celeste y blanca la llevan sólo unos pocos elegidos. No deja de sorprenderme que ese mismo principio, tan evidente en algunos casos, sea tan controvertido y tenga tan mala prensa cuando se habla de educación superior en la Argentina.
Pareciera que nos hemos olvidado de que los valores que una verdadera universidad debe defender son el pluralismo; la tolerancia; la búsqueda de la verdad y de la excelencia; el debate abierto desprovisto de ideologías; la igualdad de oportunidades; la exigencia en el trabajo y el mérito como principio rector. Una serie de factores conspiró para desdibujar un sistema educativo que había sido construido sobre estos valores y que llevaron a la Argentina a ser -en un pasado cercano- una nación rica, con una fuerte movilidad social.
A mi juicio, algunas de las cosas que atentaron contra ese proyecto de país "grande" fueron: el sistemático avance del poder de turno sobre la autonomía de las universidades, la falta de una visión política que definiera el papel de la educación en general como motor del desarrollo del país, y la reiterada sospecha que compartieron diferentes gobiernos acerca del ejercicio de la inteligencia como una amenaza. Si la situación actual del sistema universitario no es peor se debe al esfuerzo personal de mucha gente comprometida que sigue luchando por una universidad de calidad, de la que siempre quiso formar parte.
De todas maneras, lo más dramático no es el estado de la educación actual. Lo peor es lo profundamente arraigada que está la creencia de que no podemos "darnos el lujo" de invertir en educación de calidad cuando la pobreza es una urgencia y debemos resignarnos a que el conocimiento se desarrolle en los países ricos. Lo peor es pensar que los científicos (médicos, físicos, abogados, ingenieros, estadísticos, biólogos, economistas, politólogos, historiadores) son como los tigres de Bengala; que alcanza con tener alguno en el zoológico para mostrarlos en las estadísticas, como bien dicen Marcelo Cerejeiro y Laura Reinking en su libro "La ignorancia debida" (1).
Pensar que las partidas presupuestarias para investigación en ciencia y tecnología son un lujo del cual nos ocuparemos cuando la situación económica lo permita es no haber entendido la clave, es matar a la gallina de los huevos de oro. Es no entender el proyecto que dio vida a Horco Molle. Es desconocer la relación entre universidades, creación de valor y desarrollo. Sin un sistema educativo fundado sobre la libertad, el esfuerzo y el mérito no podremos construir un futuro, ni para el país, ni para Tucumán. (c) LA GACETA
1) Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2003.







