
Richard Steele (1672-1729)
Javier tiene trece años y pertenece a un hogar de profesionales en el que la lectura es hábito y placer. Javier ha leído los cuatro libros publicados hasta ahora en español con las aventuras del muchachito inglés creado por J.K. Rowling que viene convulsionando paralelamente a la industria editorial y a los hábitos de lectura de millones de chicos de todo el mundo. Javier ha leído además El Señor de los Anillos, de Tolkien, y es capaz de establecer sutiles diferencias: "con Harry Potter podés saltear unas cuantas páginas y no pasa nada... con Tolkien no se puede, hay que leer todo porque si no, no entendés lo que sigue". Me interesa saber si su actitud ante la magia es de sorpresa, o tal vez de incredulidad, y me informa: "ya sé que son macanas, pero es divertido y me gusta leerlo". Ya lo decía Henry James: el mejor crítico, el único inapelable, es el gusto.
Aplicada y curiosa, habiendo escrito alguna vez para adolescentes y habiendo traicionado a mis lectores en beneficio de las exigencias académicas -crueles y muchas-, me siento a leer Harry Potter, procurando convocar a la changuita lectora que una vez fui, devoradora de cuotas poderosas de Louise May Alcott, Julio Verne, Somerset Maugham y otros autores, vaya a saber si apropiados o no a esos tiernos años -¡gracias, papá y mamá, por no instaurar un Index doméstico!-, y me lanzo en las redes de Rowling con ánimo crítico pero sin premeditaciones ni alevosías -al menos a nivel consciente-. Y bueno, tengo que admirar el excelente oficio de la inglesa para crear atmósferas, para sortear encuentros entre personajes con dos toquecillos y algún diálogo rápido y definitorio de la relación establecida. Mucho diálogo, poca descripción. Ideal. Otro plus para la columna del Haber: la acción avasallante, rápida, además de un recurso muy hábil (al que alguna vez acudí): cada capítulo cierra en el momento culminante de una secuencia de hechos, cosa que el lector, sin mirar el reloj, salte al capítulo siguiente. Y además está el Humor. Con mayúscula, sin desbordes. Los personajes fastidiosos, como el primito Dudley, son caricaturizados con mucha gracia, a menudo con esa gracia irreverente de gran efecto en personitas para quienes la lectura supone cierta cuota de seriedad y didacticismo: "Dudley, que estaba tan gordo que el trasero se le derramaba por ambos lados de la silla de la cocina..." (p. 12). J.K. Rowling, flamante recipiendaria del premio Príncipe de Asturias, sabe que para competir con la televisión la imagen debe ser directa y sugerente, y que debe estar verbalizada con claridad y con una dosis discreta de originalidad. Un aplauso para la traducción, formato españolísimo, pero bien hecha.
Algo me intrigaba. Por experiencia propia y por observación había notado que, desde los primeros encuentros de los niños con la ficción que los "grandes" escriben para ellos, reciben sin cuestionamiento narraciones en las que los animales hablan -desde la zorra de Esopo a la vaca de Humahuaca de nuestra María Elena Walsh-; las hadas hacen milagros; la gente vuela; los seres maléficos andan detrás de los humanos para causarles problemas; en fin, toda esa artillería de la fantasía que el niño dimensiona como ficcional -bien que distingue lo fantástico de lo real, aunque algunos adultos crean que no- pero a la que se entrega con gozosa aceptación. Esto sucede hasta alrededor de los 8 o 9 años, cuando comienza a considerar tales maravillas como algo superado y busca mayor identificación con los personajes sobre los que lee, en aventuras que, por tremendas que sean, deben ser posibles. La exigencia de verosimilitud guía sus preferencias en los años de la pubertad y adolescencia. Ahá... ¿y cómo es que este chico mago que viaja en autos voladores y lleva en la frente la marca de una estirpe privilegiada, entre docenas de otras imposibles maravillas, les llama tanto la atención?
Sucede que la magia en la historia de Harry Potter está pautada dentro de cánones no lejanos a la vida normal de los chicos y chicas que leen sus aventuras: hay una Escuela de Magia, con deberes y obligaciones, con maestros más o menos eficientes y con simpatías y antipatías entre los estudiantes que rodean al protagonista, así como hay conflictos familiares que ninguna magia hace desaparecer. La amistad, la solidaria simpatía de los "íntimos", Hermione y Ron, los antagonismos y las amenazas que hacen peligrar la búsqueda de la felicidad implícita en toda historia; todo ello está matizado con sucesos extraordinarios en los que interviene la magia, pero no una magia gratuita, "canilla libre", digamos, sino que exige pericia para manejarla y hay que ganarse el derecho a ejercerla. Como dice Tobías, de 14 años, creciendo entre los libros que vende su papá y vendió su abuelo: "no hay magia porque sí, sino que está regida por leyes". Es la medida de la magia que Conrado Nalé Roxlo buscó con bastante más inocencia en La escuela de las hadas, que conocí a través de una de las entregas de esa maravillosa colección que Editorial Abril publicó en la década del ?50, "El diario de mi amiga"; en El diario de mi amiga Cordelia, una encantadora hada recién graduada debe ganarse su nariz perfecta tras una prueba que la lleva al encuentro de valores vinculados a las pequeñas magias de vivir en armonía con otros y consigo misma, único estado en el que la existencia puede aspirar a la gran magia de la felicidad.
Pero claro, nuestro Nalé Roxlo no tenía el aparato editorial de Rowling. No nos quejemos tanto, que bastante imperialismo cultural hizo la Argentina con publicaciones como Billiken, que era leída en toda América hispana. Volviendo a lo del aparato editorial, convengamos que no es ajeno al éxito de las aventuras del inteligente, prudente Harry, el feroz montaje publicitario que rodea sus -hasta ahora- cinco novelas en su idioma original -faltan aún dos-, que incluye la historia "cenicientesca" de la autora; la realización de las versiones fílmicas de las novelas; el misterio que rodea los momentos previos a la distribución de cada uno de los textos, comparable al secreto en que se hacían los ensayos de las arias más "pegadizas" de las óperas de Giuseppe Verdi, cosa que los verduleros de Nápoles no anduvieran silbando La donna é móbile antes del estreno de Rigoletto. Todo ello crea, naturalmente, una expectativa que favorece el interés de adquirir -¡y hasta de leer, oh, maravilla!- los libros.
Las historias de Harry Potter contienen además un atractivo sustrato mítico, frecuente en las grandes narraciones de la cultura universal: el mito del origen, simbolizado en Harry por la marca en la frente, señal de un rango privilegiado ignorado por sus antagonistas, que se aprovechan de su condición de niño y de huérfano. La gloria le será escamoteada hasta que logre legitimar su prosapia a través de su propio esfuerzo. Está el mito del rito de pasaje, es decir, el aprendizaje de Harry para merecer el triunfo vinculado con el mito del "vientre de la ballena", es decir, la oscuridad previa a ese triunfo, tal como la vivió el bíblico Jonás, prefigurando, en la interpretación cristiana, la resurrección de Cristo, y que en Harry se materializa en las humillaciones y peligros que debe atravesar.
No hay muchas concesiones al realismo en la caracterización, ya que los personajes se dividen entre los buenos que quieren a Harry y los malos que no lo quieren. Claro que Harry es capaz de cometer errores, y hay varios personajes secundarios que "gozan" de una psicología más compleja, debido a sus historias personales, como la pobre Myrtle, que en Harry Potter y la cámara secreta se siente discriminada por estar ya muerta.
María Elina, a los catorce, no había leído otras novelas anteriormente, y disfrutó con Harry Potter al punto de pensar que ahora leerá otros libros que no le habían atraído antes. Muy bien. Mauricio es, a los nueve, un experto en el tema. Emiliano, de seis, tiene una mamá que le lee un capítulo por día, y está fascinado. Ximena leyó un libro y medio, pero pasa que, como su prima Lourdes, ya está en los quince, al parecer, edad límite en la que el tema sentimental se vuelve más atractivo. Gabriel, de diez años, entusiasmado. Pablo, de la misma edad, enganchadísimo con el suspenso y la acción, es toda una autoridad. Y hay más. Muchos parecen haber descubierto a través de estos textos ágiles y divertidos que los libros no muerden. Entre un grupo de chicos de 10 y 11 años de la escuela José Mármol, se reiteraron, en los comentarios, palabras como "magia", "aventura", "suspenso", "emoción", "intriga", "acción" (1). Duele decir que no todos los chicos que quisiéramos podrán experimentar esto mientras el analfabetismo endémico que nuestros gobiernos ignoran y/o fomentan permita que tantos queden sin cruzar el puente mágico que alimentaría su mente con el pan de la imaginación y con un hábito que puede ser garantía contra aburrimientos, soledades, depresiones y bultos -verdaderos y falsos- que se menean.
No envidio a los chicos de hoy el hecho de que puedan gozar de las historias de Harry Potter. Tuve mis lecturas y bien que las disfruté. Pero creo que les envidio un poco sus futuros recuerdos que, inclusive, podrán compartir con gente de todo el mundo, esos señores y señoras de 2040 que se encontrarán en sus frecuentes viajes a los más diversos rincones del planeta o en las multiplicadas redes cibernéticas de entonces y tal vez por ahí compartan recuerdos de sus primeras lecturas y de sus respectivos encuentros con el niño mago, y sentirán, tal vez, que están hablando el mismo idioma. (c) LA GACETA
1) Agradezco por su colaboración en esta encuesta a la joven educadora Silvina Petersen.







