Traslación cósmica

Para LA GACETA - TUCUMAN

21 Septiembre 2003
Aurelio sabía que el vino era su tentación y también su perdición. Y esa noche de un sábado de julio en Raco, hacía un frío demasiado tentador para el vino tinto.
Sin embargo, tenía bien presente y con el temor el refrán que la Manuela, su enojosa esposa, le reiteraba permanentemente para con el alcohol: "una copa está bien, dos copas es mucho, tres copas es poco".
Y bebió entre sueños, sin conversar con los demás parroquianos; pero armando eso sí, en su mente, unos diálogos imaginarios cada vez más desvariantes.
Mientras, de refilón miraba en la televisión un partido de fútbol en diferido, sin interesarse en reconocer muy bien quiénes jugaban ni a quién favorecían los goles festejados con alaridos solo en la pantalla.
Televisión y maní salado en exceso jamás se mezquinan en los beberajes bajo el pretexto de "gentileza de la casa", gentileza que encierra tanto distracción como incentivo a la física de la ósmosis de los visitantes pagos.
En el salón del autodesignado bar y restaurante, de piso de baldosones rojos y partidos apenas barridos y nunca lavados, la "copa" del refrán era implícitamente interpretada por Aurelio como caja de cartón de litro como unidad de medida. Y lógicamente, por mucho más que tres unidades. Más precisamente, por el número de cajas que soportaban ser compradas por sus escuálidos bolsillos o por la permisividad de su cada vez más extraviada conciencia. Como dicen los avisos comerciales de ofertas: a lo que se acabe primero; traducido al caso en cuestión, libar hasta que se agoten las monedas o el pequeño saldo de neuronas activas, que en el caso de las disponibilidades de Aurelio fueron ambas, por supuesto.
Sábado de fiesta para Aurelio: unos pocos pesos cobrados ese día como inepto jardinero, fútbol de primera con el volumen al máximo, vino de calidad tetra brick, y encima el acompañamiento de sus diálogos imaginarios, montados como a él se le ocurría y que por otra parte terminaban como él quería, mientras ahogaba con tinto su mínima conciencia.
"Raco da para todo", pensaba Aurelio mientras se tocaba la parte posterior del cinturón para palpar la continuidad del único bien temporal que a él le importaba: su inflador de la bicicleta que enfundaba por atrás del pantalón. "No vaya y sea que lo pierda" le pasaba por la cabeza como única cosa lógica de ese agonizante día sábado.

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Martín y sus amigos de rugby, a dos kilómetros de Aurelio, festejaban impiadosamente con Fernet con coca el partido ganado, exagerando los pases de la pelota y la dibujada disciplina de la línea para lograr el try ganador después de un alternante partido en el que los pocos puntos obtenidos fueron por penales, y en el que las únicas constantes fueron la brutalidad de la golpiza y las múltiples contusiones que se propinaron mutuamente. Y si no, que lo diga su hombro izquierdo, dos veces operado por luxaciones reiteradas como producto de esos partidos.
Pero eso sí, luego mentirosamente relatados de manera que se parecieran más a esas disciplinas artísticas propias de gráciles niñitas olímpicas que desplazan armoniosamente cintitas de colores por el aire que a un traumatizante encuentro.
El relato del partido duró todo el tiempo en que se dieron la razón, y sólo fue interrumpido cuando Coco observó preocupado la incoordinación verbal y motora de Fernando que debía manejar la camioneta, lo que hizo despertar su subconsciente protector, tanto el propio como el de la muchachada rugbística. Mucho más ahora que tenían que viajar a Tilcara esa misma noche para otro partido en esas vacaciones de julio.
Aurelio, ya con su sistema nervioso de color tinto, subió a su bicicleta y enfiló hacia la ruta esperando llegar a su casa en piloto automático. Su incoordinación motora era la propia de un paciente de neurología del Hospital Padilla. Sus desplazamientos con la bicicleta eran tan zigzagueantes que si un ciclista profesional los hubiese querido repetir no habría podido. Y así partió por la ruta.
Fernando repetía que estaba bien para manejar, reiterándoselo a sus pasajeros más veces que las necesarias, con lo que certificaba todo lo contrario.Su auditorio tampoco estaba en las mejores condiciones, pero a indicaciones de Martín subieron en la doble cabina de la camioneta y siguieron por idéntica ruta y dirección que Aurelio.
Lo alcanzaron a ver a unos 100 metros, frenando lo suficiente para no atropellarlo y también para observar este increíble espectáculo de equilibrio inestable.

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-"Mirá que se cae" -"Tené cuidado, pobrecito"-, -"Frená"- "Se está cayendo".
Metros adelante ocurrió lo predecible: el chip central de Aurelio colapsó en alcohol y Aurelio y bicicleta eran un solo enredo en la banquina.
- Subilo a la caja de la camioneta.
- Lo llevemos a su casa.
- ¡Pero si no sé quién es ni dónde vive!
La solidaridad con la curda de Aurelio duró apenas unos segundos, hasta que la ocurrencia de Martín selló el dipsomaníaco acuerdo: "Lo llevemos a Tilcara".
Dicho y hecho, y como mejor que prometer es realizar, Aurelio y su bicicleta fueron encaminados en la caja de la camioneta rumbo a Tilcara en un comatoso sueño de cuatro horas.
Lo bajaron dormido en la banquina de la ruta jujeña, depositándolo en la misma posición en que lo encontraron cuatrocientos kilómetros atrás, en Raco.
Aurelio jura que unos hombrecitos enanos y verdes lo succionaron mediante una fuerte luz, incluso a un canal de televisión y a varias radios de todo el país les relató que le hicieron unos experimentos raros mientras balbuceaban entre ellos un lenguaje de chillidos inintelegibles a la audición, pero que él comprendía mentalmente, sin recordar qué.
La Manuela no le cree nada. Y mientras le observaba a Aurelio un pedacito de cáscara de maní salado todavía pegado a un diente pensaba: "Raco da para todo".(c) LA GACETA.

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