Memorias a las cuales la política otorga sentido

Por Walter Vargas

21 Septiembre 2003
A fines de agosto Hillary Rodham Clinton confirmó un secreto a voces: que más tarde o más temprano irá por la presidencia de los Estados Unidos. Si se lo preguntan en forma explícita dice que no, que nada más alejado de sus ambiciones, pero esa última aparición pública relevante, en la alcaldía de Nueva York, supone un dato de enorme valor. Hillary acusó de mentiroso al mismísimo George Bush, lo puso contra las cuerdas y contribuyó a la creciente turbulencia que se deja ver en las aguas republicanas.
Dicen los especialistas, y asienten los más agudos mentores de Hillary, que la reciente publicación de sus memorias forma parte de un virtual lanzamiento de campaña y, en rigor, de la lectura de Historia viva no se desprenden argumentos sólidos para refutar la especie. La señora es un genuino animal político y es la política la que vertebra y da sentido a sus evocaciones. Después de todo, de no ser quien es, ¿a quién podrían interesarle sus vacaciones en el lago Winola, su fruición adolescente en la ingesta de "patatas mojadas en ketchup" o el amarretismo de un padre circunspecto y prejuicioso?
Hillary es Hillary Rodham de Clinton, claro, dato que cuanto menos conduce a dos caminos tentadores. Uno atañe a comprobar cuál ha sido su verdadera dimensión como primera dama. En este sentido, sus méritos son innegables, por gravitación legislativa y por labores tan diversas como la defensa de los derechos del niño, de la mujer, políticas sanitarias, etcétera. ¿Y todo esto arropada por su marido, el ex presidente? Sí y no. No todo el mundo sabe, por ejemplo, que la joven abogada Hillary Rodham trabajó en el equipo de investigación que llevó a cabo el impeachment a Richard Nixon.
El segundo foco de interés que suscita Hillary se inscribe en el cotilleo de peluquería. ¿Qué dirá de los escarceos eróticos de Bill y Mónica Lewinsky en el salón Oval? ¿Y qué dice? Poco, poco o nada, una verdadera decepción para fisgones, chismógrafos y afines. A Lewinsky la menciona diez veces y en ninguna para analizar sus motivaciones y menos aún para juzgarla. Y tampoco se mete con las razones que llevaron a Clinton a mantener "una relación íntima inapropiada".
Hillary refiere "la agonía de la infidelidad", confiesa que se sintió traicionada, mancillada, furiosa; que ese episodio puso en serio peligro a su matrimonio; que demandó largas sesiones de terapia de pareja; que se quedó con él sencillamente porque no dejó de amarlo aunque, en última instancia, por qué la engañó, por qué pasó lo que pasó, "es algo que sólo él sabe, y debe contarlo él de la manera que crea más oportuna".
En definitiva, Hillary asume con entereza su condición de tercera excluida en los tórridos sucederes del salón Oval y hasta daría la impresión de que sus mayores pesares se hubieran remitido a los perjuicios sufridos por Bill en tanto primer mandatario. Más que una primera dama, Hillary es toda una dama, a secas, y una dama, eso sí, muy norteamericana; práctica, pulcra, elíptica, recatada, profundamente católica y ligeramente asexuada. Si a su discurso nos circunscribimos, su aceptación a los placeres carnales se testimonia sólo por el lado del sobreentendido formal: la gestación de su hija Chelsea.
La Hillary más enfática, en todo caso, es la que una y otra vez enumera y subraya sus galones, y la del metódico martilleo sobre el clásico de los clásicos: demócratas versus republicanos. En este punto nos transmite un cierto alivio saber que el vale todo en las arenas políticas no es un lastre que sólo padecemos por estos confines. En comparación con varios personajes que nos describe la buena de Hillary, algunos de nuestros ejemplares más tenebrosos asoman tan entrañables como Piñón Fijo, pero, claro, tampoco es cuestión de omitir que el tono de sus relatos es esencialmente, maniqueo. Los republicanos son taimados, orgánicamente dañinos y, en cambio, los demócratas encarnan lo mejor, lo más confiable, lo inmaculado del sueño americano, del gran país del norte, tierra de buenaventuranza si las hay, paraíso prometido que concibe al resto del mundo como un enorme suburbio susceptible de ser orientado, alfabetizado, democratizado... domesticado.
Historia viva, pues, se propone como una módica oferta para incondicionales de las autobiografías, para deseosos de instruirse en las aventuras de una primera dama no decorativa y, desde luego, para miembros del club de admiradores de la senadora Clinton, pero, bien mirada la cuestión, a qué engañarse: es menos un libro para lectores que un libro para electores. (c) LA GACETA

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