Auschwitz marca a fuego la historia alemana e hizo posible un entendimiento

Por Federico Abel

14 Septiembre 2003
En 1996, el profesor de Harvard Daniel Goldhagen causó una convulsión al demostrar que la mayoría de los alemanes corrientes -de a pie, como se dice en la Argentina-, lejos de no saber lo que hacían los nazis con los judíos, apoyaba fervientemente la matanza en los campos de concentración. Hasta entonces los principales estudios del período 1933-1945 se habían centrado en la personalidad de Adolf Hitler y de sus colaboradores. Tendía a responsabilizarse a ellos de la locura que se instaló en la culta Alemania y que la hizo descender a los más perversos infiernos humanos.
Por el contrario, Goldhagen se preocupó por demostrar cuán arraigado estaba el antisemitismo en la sociedad germana y cómo los ejecutantes de la solución final, pese a ser conscientes de la enormidad de la criminalidad que estaban cometiendo, condenaron a millones de personas a las cámaras de gas. Goldhagen se propuso devolverles el carácter de seres humanos con voluntad y poder de decisión a quienes, en definitiva, apretaban los botones de la maquinaria montada por Hitler. Pretendió -y lo consiguió- restituirles la condición de sujetos morales que, pudiendo haber dicho que no, siguieron adelante. El trabajo se convirtió en una respuesta a la tesis de Hannah Arendt. Esta, luego de estudiar el comportamiento del teniente coronel de las SS Adolf Eichmann durante el juicio que el Estado de Israel le efectuó en 1961, elaboró la tesis de la banalidad del mal. Según esta, los perpetradores del mayor genocidio de la historia se comportaron como fríos y obedientes engranajes de una sistematizada carnicería en la que, más que el odio a los judíos, importaba la eficiencia con que se actuaba. Antes que Goldhagen, el recordado jurista argentino Carlos Santiago Nino, a propósito del juzgamiento de las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura militar, ya advertía que la banalidad no le quita maldad al mal.
En el libro que se comenta, Enzo Traverso está obsesionado por ligar la violencia nazi con la cultura de Occidente. En efecto, sostiene que el error de Goldhagen -desde 1996 casi todo en este tema se hace en respuesta a él- consistió en criminalizar el pasado alemán y "reducirlo a una antecámara de Auschwitz".El, por el contrario, afirma que la singularidad del nazismo radica en haber sido "una síntesis única de un vasto conjunto de modos de dominación y de exterminio que ya habían sido experimentados, por separado, en el transcurso de la historia occidental moderna".Traverso identifica a la guillotina como el primer ensayo de un largo proceso destinado a perfeccionar las formas de asesinar y que encuentra en los campos de concentración y en la bomba atómica el punto más alto. Lo mismo hace con las prácticas imperialistas y racistas que las potencias extranjeras impusieron en sus colonias antes que el propio fascismo. En definitiva, el autor asevera que Hitler amalgamó y radicalizó en un solo movimiento tres elementos hasta entonces dispersos: anticomunismo, expansionismo imperialista y antisemitismo.La necesidad de refutar a Goldhagen a toda costa casi hace caer a Traverso en algo más peligroso: el determinismo. Si no hay algo específicamente alemán -entendido como relacionado con el uso que esta sociedad hizo de su libertad durante un período concreto de la historia-, entonces Auschwitz podría haber estallado en cualquier parte de Europa y todos sabemos que no fue así: los hechos dicen lo contrario. Por ello, hubiera sido más interesante que el autor persistiera en la tesis -también esbozada en el libro- de que los fascismos fueron una revuelta de quienes, asustados por la supuesta decadencia de las tradiciones de sus países, se apropiaron de los medios de la modernidad (industria, ciencia y técnica), pero para acabar con ella. La revolución moderna, más allá de sus pecados, sigue siendo sinónimo de emancipación de la oscuridad y de los prejuicios religiosos, sociales y políticos, de predominio del saber científico y de tolerancia entre los hombres. Aun ilegítimo, Auschwitz jamás puede ser un hijo de la Ilustración y de la racionalidad. Mal que pese a algunos, es hijo de Alemania -de sus contradicciones incluso con Occidente- y sólo de ella. Günter Grass sigue teniendo razón: "ninguna afirmación de buena voluntad de las que han nacido después puede relativizar ni eliminar esa experiencia que, nosotros como autores y las víctimas con nosotros, tuvimos como alemanes. No podemos pasar por alto Auschwitz. No deberíamos, por mucho que nos atrajera, tratar de realizar ese acto de violencia, porque Auschwitz forma parte de nosotros; es una marca a fuego permanente de nuestra historia y -¡como ganancia!- hizo posible un entendimiento que podría expresarse así: por fin nos conocemos los alemanes". (c) LA GACETA

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