14 Septiembre 2003 Seguir en 

La suya fue una vida breve y urgente. Soledad Rosas tenía veintitrés años y era una linda chica de clase media que exhibía un flamante título de Licenciada en Hotelería cuando, a mediados de 1997, viajó a Europa y su existencia cambió para siempre. En Turín conoció la vida de los okupas, se unió a ellos y se enamoró. Seis meses después, el Estado italiano la detuvo junto a su novio y a un amigo para acusarlos infundadamente de ecoterrorismo. Tras negarse a cualquier arreglo diplomático, la joven argentina decidió suicidarse ahorcándose en el cuarto donde estaba detenida. ¿Qué es lo que lleva a semejante transformación? ¿Qué motivos tendría esta chica argentina de barrio norte para cambiar su vida apacible por una mugrienta cárcel de Turín? Este es el interrogante que trata de responder Martín Caparrós en su nuevo libro, "Amor y anarquía", en el que reconstruye la vida de la joven que, con su muerte, se convirtió en un símbolo de los okupas europeos.
Con un lenguaje ameno y contundente, Caparrós va tejiendo la urdimbre de la vida de Soledad desde su nacimiento hasta sus últimos días en Italia. Y lo hace usando un recurso que les ha dado muy buenos resultados a escritores como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa: la entrevista. Así, Caparrós matiza anécdotas de la vida de la joven con declaraciones de sus familiares y amigos en una suerte de documental que deja al lector sin aliento. También usa trozos del diario de Soledad y cartas que la joven envió a sus amigos en Buenos Aires. Lo que queda al final del libro es la dolorosa sensación de haber asistido a una vida que se quedó a mitad de camino. Caparrós prefiere no dar respuestas concretas y limitarse sólo a contar la historia de esta muchacha argentina tan particular. Sin embargo, a través de las declaraciones de sus amigos, de sus padres, de su hermana y, sobre todo, de sus novios, el lector descubre a una chica un poco desorientada, vegetariana, que amaba los animales y a los hombres un poco estrafalarios, que paseaba perros por el Jardín Japonés, que fue a la facultad para complacer a sus padres, que soñaba con vivir en una playa desierta de Brasil y que aceptó viajar a Europa a instancia de sus padres para ver si encontraba el rumbo de su vida. Y, en cierta forma, encontró las respuestas que buscaba. Llegó a Turín en agosto de 1997. Pocos días después encontró "El asilo", una casa ocupada que por casualidad la recibió. Y allí conoció la vida de los okupas, jóvenes anarquistas que deciden una forma de vida autónoma, fuera del control familiar y de la normalidad burguesa; un movimiento que se politizó en los años 70 tomando ideas del anarquismo y oponiéndose a las relaciones sociales capitalistas. "En Italia -escribe Caparrós-, las casas ocupadas son lugares de irradiación de una cultura y una política antagonista, una forma de plantar en medio de la ciudad enemiga un campo de batalla". Y no lo dice sólo en forma teórica. El escritor convivió dos meses con los okupas de "El asilo" y hasta durmió en la misma habitación de Soledad Rosas. Allí, la joven había encontrado un grupo de pertenencia, y poco a poco fue empapándose de una ideología en la cual encajó perfectamente; como si hubiera encontrado el espacio para hacer de su diferencia una forma de vida y una militancia.
Estuvo mucho más feliz en diciembre de 1997, cuando conoció a Edoardo Massari, el amor de su vida, un okupa de larga militancia con antecedentes penales. Juntos vivieron en una casa ocupada de Collegno, un edificio en las afueras de Turín que formaba parte de un ex manicomio municipal. Allí los capturó la policía, el 5 de marzo de 1998. Los okupas de Turín estallaron y se movilizaron casi a diario mientras sus compañeros estuvieron detenidos. La prensa los demonizó: ningún diario siquiera investigó si la acusación era aplicable. El 27 de marzo, Massari, conocido como Baleno (en italiano, "rayo"), se suicidó en su celda. En abril, Soledad consiguió la prisión domiciliaria en la Comunidad Sottoipinti en Bene Vaggeno, un refugio para adictos. Días después apareció colgada de una sábana a la ducha, en una posición muy parecida a la de Edoardo, su novio. Cuando los padres recibieron la noticia de la muerte, decidieron cremarla. Al final del libro, Caparrós deja entrever que el suicidio de la joven fue bastante ambiguo. "Si Soledad se mató por amor o por la causa, nunca lo sabremos", concluye el escritor. Pero cualquiera de las dos razones son bastante anacrónicas y merecen ser contadas. De allí que este libro cumple eficazmente con su finalidad. (c) LA GACETA
Con un lenguaje ameno y contundente, Caparrós va tejiendo la urdimbre de la vida de Soledad desde su nacimiento hasta sus últimos días en Italia. Y lo hace usando un recurso que les ha dado muy buenos resultados a escritores como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa: la entrevista. Así, Caparrós matiza anécdotas de la vida de la joven con declaraciones de sus familiares y amigos en una suerte de documental que deja al lector sin aliento. También usa trozos del diario de Soledad y cartas que la joven envió a sus amigos en Buenos Aires. Lo que queda al final del libro es la dolorosa sensación de haber asistido a una vida que se quedó a mitad de camino. Caparrós prefiere no dar respuestas concretas y limitarse sólo a contar la historia de esta muchacha argentina tan particular. Sin embargo, a través de las declaraciones de sus amigos, de sus padres, de su hermana y, sobre todo, de sus novios, el lector descubre a una chica un poco desorientada, vegetariana, que amaba los animales y a los hombres un poco estrafalarios, que paseaba perros por el Jardín Japonés, que fue a la facultad para complacer a sus padres, que soñaba con vivir en una playa desierta de Brasil y que aceptó viajar a Europa a instancia de sus padres para ver si encontraba el rumbo de su vida. Y, en cierta forma, encontró las respuestas que buscaba. Llegó a Turín en agosto de 1997. Pocos días después encontró "El asilo", una casa ocupada que por casualidad la recibió. Y allí conoció la vida de los okupas, jóvenes anarquistas que deciden una forma de vida autónoma, fuera del control familiar y de la normalidad burguesa; un movimiento que se politizó en los años 70 tomando ideas del anarquismo y oponiéndose a las relaciones sociales capitalistas. "En Italia -escribe Caparrós-, las casas ocupadas son lugares de irradiación de una cultura y una política antagonista, una forma de plantar en medio de la ciudad enemiga un campo de batalla". Y no lo dice sólo en forma teórica. El escritor convivió dos meses con los okupas de "El asilo" y hasta durmió en la misma habitación de Soledad Rosas. Allí, la joven había encontrado un grupo de pertenencia, y poco a poco fue empapándose de una ideología en la cual encajó perfectamente; como si hubiera encontrado el espacio para hacer de su diferencia una forma de vida y una militancia.
Estuvo mucho más feliz en diciembre de 1997, cuando conoció a Edoardo Massari, el amor de su vida, un okupa de larga militancia con antecedentes penales. Juntos vivieron en una casa ocupada de Collegno, un edificio en las afueras de Turín que formaba parte de un ex manicomio municipal. Allí los capturó la policía, el 5 de marzo de 1998. Los okupas de Turín estallaron y se movilizaron casi a diario mientras sus compañeros estuvieron detenidos. La prensa los demonizó: ningún diario siquiera investigó si la acusación era aplicable. El 27 de marzo, Massari, conocido como Baleno (en italiano, "rayo"), se suicidó en su celda. En abril, Soledad consiguió la prisión domiciliaria en la Comunidad Sottoipinti en Bene Vaggeno, un refugio para adictos. Días después apareció colgada de una sábana a la ducha, en una posición muy parecida a la de Edoardo, su novio. Cuando los padres recibieron la noticia de la muerte, decidieron cremarla. Al final del libro, Caparrós deja entrever que el suicidio de la joven fue bastante ambiguo. "Si Soledad se mató por amor o por la causa, nunca lo sabremos", concluye el escritor. Pero cualquiera de las dos razones son bastante anacrónicas y merecen ser contadas. De allí que este libro cumple eficazmente con su finalidad. (c) LA GACETA
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