14 Septiembre 2003 Seguir en 

Por involucrar a Tucumán y a un joven guatemalteco que llegó a ser presidente de su patria, el caso despertará interés. El personaje: Juan José Arévalo Bermejo (1904-1990). Llegó becado a la Argentina para estudiar en la Universidad de La Plata, donde se doctoró. Durante su formación intelectual recibió la influencia de grandes maestros; entre otros, el eminente filólogo dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). Posteriormente, fue nombrado profesor en la Universidad platense y en la de Buenos Aires. Había escrito ya dos libros. Años después, para conocer otras universidades, fue a la de Cuyo y luego vino a la de Tucumán. En esta desarrolló cursos de Literatura. Por motivos circunstanciales tuve el honor de hablar con él. Frisaba entonces los 38 años.
Apuesto de porte, despertaba mucha simpatía, pero por su alta talla, recia contextura y firmeza de habla, evidenciaba ser hombre de fuerte carácter y de acción. Renunció como docente por su postulación a la Presidencia de Guatemala, después de la revolución de 1944 que puso fin a la larga y sanguinaria dictadura de Jorge Ubico (1879-1946). Triunfó ampliamente para el período presidencial (1945-1951), apoyado por una coalición de dirigentes civiles y de jóvenes militares de tendencia progresista. Casado con la maestra argentina Eliza Martínez, al asumir el mando, expresó: "Yo no vengo a vivir, sino a morir por Guatemala".
Su gobierno fue ejemplar, tanto en el campo laboral como educacional. Promulgó una nueva Constitución que eliminaba las reelecciones. Fue su ministro de Guerra el joven coronel Jacobo Arbenz Guzmán (1913-1971), a quien promocionó exitosamente como su sucesor para el período 1951-1954. Arévalo planificó, al terminar su mandato, el plan de reforma agraria que pondría en ejecución Arbenz. El plan consistía en dar fin al execrable vasallaje impuesto en Guatemala por la United Fruit Company (UFC). Esta, con la complicidad de corruptos gobernantes títeres, manipulaba toda la política y la economía del país y de las llamadas "repúblicas bananeras" del Caribe. Poderosa propietaria de extensas y ricas tierras cultivables, la compañía poseía también extensiones igualmente ricas que no cultivaba porque, por el exiguo valor en que los ya aludidos títeres permitían tasarlas, se eximían de pagar altísimos impuestos que no ingresaban al fisco. Aparte de eso, millares de aborígenes que trabajaban en las áreas cultivadas estaban sometidos a un régimen de inhumana explotación.
Por esta indignante situación, Arbenz -como presidente- resolvió confiscar las áreas ociosas, pero pagando a la UFC, como indemnización, el mismo valor que la propia compañía les había asignado. La intención de Arbenz era poner en vigor una reforma agraria para distribuir tierras entre los campesinos. La reacción de la Secretaría de Estado y de la CIA (Central Intelligence Agency), organismos de los EE.UU. que controlan respectivamente toda la política exterior y las tareas de espionaje y contraespionaje, interno y externo, fue inmediata. De parte de la Secretaría, bajo la forma de una enérgica presentación diplomática ante el gobierno de Guatemala en defensa de la UFC (en verdad, los más altos funcionarios de ambos organismos eran los principales accionistas de la empresa).
Arbenz, como presidente, siguió adelante, por lo que la CIA organizó subrepticiamente un golpe militar para derrocarlo. A tal fin, todo el gobierno americano dio apoyo financiero y militar al coronel de derecha Carlos Castillo Armas (1914-1957), quien asumió la Presidencia el 18 de junio de 1954. De inmediato anuló la reforma agraria y restituyó a la UFC todos sus privilegios. Pagó con su vida esta traición al pueblo de Guatemala pues, dos años después, fue asesinado por uno de sus guardias personales. En cuanto a Arbenz y a Arévalo, pudieron exiliarse en Méjico. Como en verdad estas líneas sólo aspiran a recordar a un ex profesor de la UNT que en un momento dado tuvo renombre internacional, las cerraré con una breve mención de su actividad intelectual, que nunca abandonó. Escribió muchos libros, sobre temas políticos y educacionales. Citaré, por ejemplo: "La democracia y el imperio", "Anticomunismo en América Latina", "Pedagogía de la personalidad" y "Fábula del tiburón y la sardina". Luego de su largo exilio regresó a Guatemala, donde falleció en octubre de 1990. (c) LA GACETA
Apuesto de porte, despertaba mucha simpatía, pero por su alta talla, recia contextura y firmeza de habla, evidenciaba ser hombre de fuerte carácter y de acción. Renunció como docente por su postulación a la Presidencia de Guatemala, después de la revolución de 1944 que puso fin a la larga y sanguinaria dictadura de Jorge Ubico (1879-1946). Triunfó ampliamente para el período presidencial (1945-1951), apoyado por una coalición de dirigentes civiles y de jóvenes militares de tendencia progresista. Casado con la maestra argentina Eliza Martínez, al asumir el mando, expresó: "Yo no vengo a vivir, sino a morir por Guatemala".
Su gobierno fue ejemplar, tanto en el campo laboral como educacional. Promulgó una nueva Constitución que eliminaba las reelecciones. Fue su ministro de Guerra el joven coronel Jacobo Arbenz Guzmán (1913-1971), a quien promocionó exitosamente como su sucesor para el período 1951-1954. Arévalo planificó, al terminar su mandato, el plan de reforma agraria que pondría en ejecución Arbenz. El plan consistía en dar fin al execrable vasallaje impuesto en Guatemala por la United Fruit Company (UFC). Esta, con la complicidad de corruptos gobernantes títeres, manipulaba toda la política y la economía del país y de las llamadas "repúblicas bananeras" del Caribe. Poderosa propietaria de extensas y ricas tierras cultivables, la compañía poseía también extensiones igualmente ricas que no cultivaba porque, por el exiguo valor en que los ya aludidos títeres permitían tasarlas, se eximían de pagar altísimos impuestos que no ingresaban al fisco. Aparte de eso, millares de aborígenes que trabajaban en las áreas cultivadas estaban sometidos a un régimen de inhumana explotación.
Por esta indignante situación, Arbenz -como presidente- resolvió confiscar las áreas ociosas, pero pagando a la UFC, como indemnización, el mismo valor que la propia compañía les había asignado. La intención de Arbenz era poner en vigor una reforma agraria para distribuir tierras entre los campesinos. La reacción de la Secretaría de Estado y de la CIA (Central Intelligence Agency), organismos de los EE.UU. que controlan respectivamente toda la política exterior y las tareas de espionaje y contraespionaje, interno y externo, fue inmediata. De parte de la Secretaría, bajo la forma de una enérgica presentación diplomática ante el gobierno de Guatemala en defensa de la UFC (en verdad, los más altos funcionarios de ambos organismos eran los principales accionistas de la empresa).
Arbenz, como presidente, siguió adelante, por lo que la CIA organizó subrepticiamente un golpe militar para derrocarlo. A tal fin, todo el gobierno americano dio apoyo financiero y militar al coronel de derecha Carlos Castillo Armas (1914-1957), quien asumió la Presidencia el 18 de junio de 1954. De inmediato anuló la reforma agraria y restituyó a la UFC todos sus privilegios. Pagó con su vida esta traición al pueblo de Guatemala pues, dos años después, fue asesinado por uno de sus guardias personales. En cuanto a Arbenz y a Arévalo, pudieron exiliarse en Méjico. Como en verdad estas líneas sólo aspiran a recordar a un ex profesor de la UNT que en un momento dado tuvo renombre internacional, las cerraré con una breve mención de su actividad intelectual, que nunca abandonó. Escribió muchos libros, sobre temas políticos y educacionales. Citaré, por ejemplo: "La democracia y el imperio", "Anticomunismo en América Latina", "Pedagogía de la personalidad" y "Fábula del tiburón y la sardina". Luego de su largo exilio regresó a Guatemala, donde falleció en octubre de 1990. (c) LA GACETA







