14 Septiembre 2003 Seguir en 

2002 fue sobre todo el año de la crisis, de la ira y de los jacobinos. También, el del voluntarismo. La inestabilidad política, el corralito, la devaluación que siguió poco después, todo dejó como saldo una sociedad movilizada, furiosa y ciega, que arremetía sin mirar demasiado contra quien. En medio de la crisis muchos se sintieron compelidos a actuar, a manifestarse cada día. Esta urgencia militante fue diferente de otras anteriores: no se sabía exactamente dónde estaba el bien y dónde el mal. Los políticos ocuparon el lugar del mal, pero de manera un poco vicaria: la llamada crisis de representación -resumida en la consigna que se vayan todos- era, a su modo, una manera de tapar el cielo con un harnero. Entre los muchos que gritaban a ciegas, reclamando por lo suyo, hubo quienes imaginaron que podría terminar de derribarse todo el edificio institucional podrido. Así, se reclamó una reorganización total, una suerte de asamblea constituyente, en la que, más allá de la cuestionada mediación política, pudieran expresarse las fuerzas puras de la sociedad. Se dibujaba una nueva ilusión: la regeneración.
Pero sorpresivamente la historia siguió otro rumbo. En lo más profundo de la crisis, nadie había propuesto caminos diferentes de los democráticos, pues hasta los más radicales aspiraban en realidad a alguna forma de democracia directa. En la segunda mitad de 2002, mientras en lo visible la economía mostraba una cierta tranquilidad -contra los pronósticos, el default no había acarreado la catástrofe total-, el llamado a elecciones presidenciales reflotó a los políticos, a veces a través de los partidos tradicionales y a veces en agrupaciones nuevas de nombre, pero bastante parecidas a las viejas.
La campaña electoral trajo otra sorpresa: la poderosa irrupción del ex presidente Menem, que conservaba fuerte arraigo en el peronismo, sirvió para que un amplio arco político, hasta entonces desarticulado, encontrara en él un referente negativo contra quien unirse. Aunque su retirada final impidió que la historia se consumara de manera plena, Menem ayudó a dar forma a la clásica figura democrática, en la que el pueblo se une para derrotar al enemigo del pueblo. No faltó otro elemento tradicional en esta figura democrática: la cruzada popular era encabezada por el jefe del Estado, el presidente Duhalde; la Providencia, o la razón histórica, se vale de curiosos instrumentos para realizar sus fines. Ungido en mayo de 2003 con pocos votos reales, pero muchos potenciales, el presidente Kirchner -al fin de cuentas, un miembro de la clase política- logró extraer de ese mandato constitucional una fuerza política impensable para quienes, apenas seis meses antes, pronosticaban que las elecciones simplemente acelerarían la disgregación del régimen político y del Estado mismo.
No sabemos si este sorpresivo giro de la crisis es una gran curva en el curso del río, o apenas un meandro. Como ocurre cuando se sube una montaña, y el mismo paisaje se nos aparece con perspectivas novedosas, esta nueva situación no permite mirar el panorama de la crisis desde otro ángulo, muy interesante. Examinemos brevemente qué puede verse de nuevo en la sociedad y en la democracia.
La crisis, que terminó de pulverizar la antigua sociedad integrada, móvil y democrática, creó actores nuevos. Tres figuras sociales pueden sintetizar la nueva realidad: los caceroleros, los piqueteros y los cartoneros. Los primeros, en general provenientes de sectores de clase media, que reclaman ante los bancos o las sedes gubernamentales por sus ahorros perdidos o por la corrupción de los políticos, expresan la protesta rabiosa e irreflexiva de los defraudados. Los segundos, desocupados que se manifiestan cortando caminos, son la voz, terrible y justa a la vez, de los excluidos. Los últimos, que por las noches revuelven la basura para juntar papeles y cartones que valen su peso en dólares, semejan la invasión de los ejércitos de las tinieblas sobre la ciudad propia, como decía hacia 1870, en circunstancias similares, el intendente de Santiago de Chile, Benjamín Vicuña Mackenna.
Es fácil ver en ellos el signo de la disgregación y hasta de la explosión del orden social y del inicio de un camino sin futuro. Y, sin embargo, no son ni anárquicos ni destructivos: los caceroleros amainaron pronto, y los más militantes se convirtieron en grupos de gestión de problemas barriales. Los piqueteros llevan hasta sus últimas consecuencias la técnica, largamente conocida, de organizarse para reclamarle beneficios al Estado; presionan lo justo y programan sus acciones, de modo que evitar los piquetes del día se integra a las rutinas de los demás habitantes. Los cartoneros son en realidad un engranaje de una empresa de vastos alcances, económicos y políticos, de modo que usualmente se concentran en lo suyo, eficiente y pacíficamente. Algunos de ellos tendrán una existencia más perdurable que otros. Pero todos nos muestran nuevos tipos de organización, sociabilidad y reclamo sectorial; probablemente así fueron vistos, en su momento, los primeros pasos de formas de organización social sectorial que hoy nos parecen normales y legítimas. En todo caso, estas nuevas organizaciones nos recuerdan que los caminos de salida de las crisis, nunca lineales, suelen sorprender a quienes las viven.
Algo parecido ocurre con la democracia, pues con la crisis le llegó la hora de la verdad. Desde 1983 habían coexistido, para asombro de los analistas, una democracia política que funcionaba y una sociedad que ya no era democrática, pero que, a diferencia de otras, lo había sido, y todavía podía recordarlo. Durante unos años muchos especularon acerca de cuánto podía durar ese divorcio: un sistema político democrático en una sociedad que se vaciaba de ciudadanía; un sistema fundado en la igualdad política -un hombre, un voto- pero que era incapaz de modificar la tendencia de la sociedad hacia la desigualdad creciente.
Es posible que un sistema de partidos eficiente y aceitado pueda funcionar sin la participación cotidiana de la ciudadanía. Pero es más difícil imaginar que se sostenga si no hay entre los representados algo del fuego sagrado de la fe; sobre todo si esta carencia no es compensada con alguna valoración de la eficacia gubernamental. La ilusión democrática inicial se había trocado en los años 90 en indiferencia; el 19 de diciembre de 2001 se produjo el pasaje del desapego a la furia, y efectivamente todo el andamiaje se conmovió. Pero no se derrumbó. No aparecieron espadones ni mesías. Si la representación política está en crisis, al menos subsiste la idea de que cualquier solución deberá transcurrir en el marco de un orden institucional: débil, violentado, pero que de alguna manera se mantiene.
Las posibilidades de supervivencia y consolidación de la democracia dependen hoy principalmente de la demostración de alguna eficiencia por parte del Estado, gobernado democráticamente. En suma, el núcleo saliente, inmediato e impostergable de la crisis reside en el Estado y en su escasa capacidad para convertirse en ejecutor de las políticas diseñadas por los gobernantes, para ser algo distinto que la mera resultante de un cúmulo de fuerzas instaladas en su interior. Toda discusión acerca de proyectos y modelos es hoy banal: nadie está, por el momento, en situación de encarar la realización de ninguno de ellos.
A mediados de 2002 parecía que aún había una cuestión previa: el restablecimiento de un centro mínimo de autoridad institucional y política. Por entonces la imagen del vacío de poder parecía pertinente. Promediando 2003, esto parece logrado, porque las elecciones han conferido una autoridad constitucional importante al nuevo presidente y también -o quizá antes- porque empezaron a resolver la cuestión de la jefatura en el peronismo.
La segunda tarea, descomunal como los trabajos de Hércules, es empezar a despejar las oficinas del Estado, a desalojar a quienes las han colonizado. No se trata solamente de eliminar a algunos personajes conspicuos; se trata de destrabar las redes de relaciones e intereses que durante veinte años constituyeron los bajos fondos de la política democrática, y que eran la continuación, a veces sin mayores cambios, de otras ya anudadas desde mucho antes, inclusive durante la Argentina vital. Muchas de las acciones iniciales del nuevo gobierno constitucional van en ese sentido, atacando principalmente aquellos reductos ocupados por personas o grupos estrechamente vinculados a Menem. No es extraño: el Presidente se juega allí su supervivencia. Es sólo el comienzo, el primer round, y podría decirse que se avecina un combate interesante.
En paralelo, el nuevo gobierno deberá encarar una negociación más civilizada, pero igualmente dura: obtener algún margen de maniobra mayor de parte de los tenedores de la deuda externa y sus representantes. Si al cabo de cuatro años esta gestión presidencial logra recuperar para el Estado un cierto margen de autonomía, y a la vez iniciar la reconstrucción de sus cuadros burocráticos y restablecer una base mínima de ética institucional, es posible -no me atrevo a decir que probable- que entonces pueda plantearse una discusión acerca del rumbo del país, acerca de los modelos o proyectos, o simplemente acerca de cómo transformar el ingreso catastrófico de la Argentina en el mundo del capitalismo mundial en una integración razonada y controlada. El Estado será muy distinto del que supo tener la Argentina potente; quizá no pueda tomar decisiones grandes, dramáticas y profundas; pero al menos deberá poder gestionar razonablemente bien una sociedad que quiere encontrar una adecuada combinación de capitalismo, democracia y bienestar.El Estado -cualesquiera que sean sus características- es con seguridad una condición necesaria, pero no suficiente. En un futuro muy próximo, antes de que estos cambios puedan cuajar y modificar el cuadro de la situación, deberá resolverse la cuestión del peronismo y su jefatura. Parece claro hoy que, en un proceso de crisis que aún no ha sido superado, sólo los peronistas pueden gobernar este país, no tanto por sus méritos intrínsecos como por su segura capacidad para bloquear la acción de cualquier otra fuerza política. La Argentina no ha conocido nada más potencialmente disolvente que un peronismo opositor.
Queda por resolver quién manda en el peronismo, quién es el jefe. El peronismo siempre fue un movimiento de líder, donde se hace culto tanto de la verticalidad como de la conducción: Pérez conducción es la consigna que primero vocea quien funda una unidad básica e inicia su cursus honorum en el peronismo. Muerto Perón, el movimiento anduvo a los tumbos hasta que Menem construyó, de manera técnicamente impecable, su posición de conductor. Es evidente que ella está vacante hoy. ¿Quién la ocupará? El jefe del Estado es, naturalmente, el principal candidato. Pero hoy el peronismo se asemeja a la etapa de la fragmentación feudal que en Europa precedió al crecimiento monárquico; hay jugadores fuertes, que controlan fragmentos importantes de la estructura territorial, y que se han acostumbrado a la autonomía y a sus ventajas: particularmente, poder presionar y exprimir al gobierno central.Puede pensarse que el peronismo ingresa en una nueva etapa, más horizontal, sin líder, sin monarca. Quién puede saberlo. Pero si Kirchner aspira a fundar un nuevo liderazgo, deberá someter, uno a uno, a los grandes magnates, y combinar el premio y el castigo, el palo y la zanahoria. Así lo hizo Menem en su ocasión. Su base propia es pequeña, pero los resortes que maneja el gobierno nacional son importantes. En cualquier caso, la gran batalla se dará en la provincia de Buenos Aires: así ocurrió con Roca en 1880, o con Yrigoyen, cuando desalojó a los conservadores en 1917, o con Perón, cuando eliminó a Mercante en 1950. No es fácil saber cómo terminará esta historia que, otra vez, parece interesante.Toda crisis es interesante, sobre todo cuando una leve mejoría permite avizorar mejor el panorama. Porque el fondo de la crisis -allí estuvimos, quiero creer, en 2002- es el peor lugar para entender cuál es su dinámica y cuáles son sus salidas. San Agustín, obispo de Hipona, vivió a principios del siglo V, soportó la invasión de los vándalos al Africa del Norte y contempló el derrumbe del Imperio Romano. En sus ojos, la civilización entera desaparecía con él: el mundo es un infierno en pequeña escala, escribió en 429. Y sin embargo, en ese mismo momento, en las ruinas del mundo romano se estaba produciendo el nacimiento de una cultura cristiana nueva y esplendorosa, de la que el mismo Agustín sería posteriormente reconocido como uno de los Padres. Es posible, pues, que delante de nuestros ojos estén apareciendo formas de sociabilidad y de gestión de la política novedosas y creativas. Una medida prudente es mirarlas con seriedad e interés, y también con algo, no mucho, de esperanza. (c) LA GACETA
Pero sorpresivamente la historia siguió otro rumbo. En lo más profundo de la crisis, nadie había propuesto caminos diferentes de los democráticos, pues hasta los más radicales aspiraban en realidad a alguna forma de democracia directa. En la segunda mitad de 2002, mientras en lo visible la economía mostraba una cierta tranquilidad -contra los pronósticos, el default no había acarreado la catástrofe total-, el llamado a elecciones presidenciales reflotó a los políticos, a veces a través de los partidos tradicionales y a veces en agrupaciones nuevas de nombre, pero bastante parecidas a las viejas.
La campaña electoral trajo otra sorpresa: la poderosa irrupción del ex presidente Menem, que conservaba fuerte arraigo en el peronismo, sirvió para que un amplio arco político, hasta entonces desarticulado, encontrara en él un referente negativo contra quien unirse. Aunque su retirada final impidió que la historia se consumara de manera plena, Menem ayudó a dar forma a la clásica figura democrática, en la que el pueblo se une para derrotar al enemigo del pueblo. No faltó otro elemento tradicional en esta figura democrática: la cruzada popular era encabezada por el jefe del Estado, el presidente Duhalde; la Providencia, o la razón histórica, se vale de curiosos instrumentos para realizar sus fines. Ungido en mayo de 2003 con pocos votos reales, pero muchos potenciales, el presidente Kirchner -al fin de cuentas, un miembro de la clase política- logró extraer de ese mandato constitucional una fuerza política impensable para quienes, apenas seis meses antes, pronosticaban que las elecciones simplemente acelerarían la disgregación del régimen político y del Estado mismo.
No sabemos si este sorpresivo giro de la crisis es una gran curva en el curso del río, o apenas un meandro. Como ocurre cuando se sube una montaña, y el mismo paisaje se nos aparece con perspectivas novedosas, esta nueva situación no permite mirar el panorama de la crisis desde otro ángulo, muy interesante. Examinemos brevemente qué puede verse de nuevo en la sociedad y en la democracia.
La crisis, que terminó de pulverizar la antigua sociedad integrada, móvil y democrática, creó actores nuevos. Tres figuras sociales pueden sintetizar la nueva realidad: los caceroleros, los piqueteros y los cartoneros. Los primeros, en general provenientes de sectores de clase media, que reclaman ante los bancos o las sedes gubernamentales por sus ahorros perdidos o por la corrupción de los políticos, expresan la protesta rabiosa e irreflexiva de los defraudados. Los segundos, desocupados que se manifiestan cortando caminos, son la voz, terrible y justa a la vez, de los excluidos. Los últimos, que por las noches revuelven la basura para juntar papeles y cartones que valen su peso en dólares, semejan la invasión de los ejércitos de las tinieblas sobre la ciudad propia, como decía hacia 1870, en circunstancias similares, el intendente de Santiago de Chile, Benjamín Vicuña Mackenna.
Es fácil ver en ellos el signo de la disgregación y hasta de la explosión del orden social y del inicio de un camino sin futuro. Y, sin embargo, no son ni anárquicos ni destructivos: los caceroleros amainaron pronto, y los más militantes se convirtieron en grupos de gestión de problemas barriales. Los piqueteros llevan hasta sus últimas consecuencias la técnica, largamente conocida, de organizarse para reclamarle beneficios al Estado; presionan lo justo y programan sus acciones, de modo que evitar los piquetes del día se integra a las rutinas de los demás habitantes. Los cartoneros son en realidad un engranaje de una empresa de vastos alcances, económicos y políticos, de modo que usualmente se concentran en lo suyo, eficiente y pacíficamente. Algunos de ellos tendrán una existencia más perdurable que otros. Pero todos nos muestran nuevos tipos de organización, sociabilidad y reclamo sectorial; probablemente así fueron vistos, en su momento, los primeros pasos de formas de organización social sectorial que hoy nos parecen normales y legítimas. En todo caso, estas nuevas organizaciones nos recuerdan que los caminos de salida de las crisis, nunca lineales, suelen sorprender a quienes las viven.
Algo parecido ocurre con la democracia, pues con la crisis le llegó la hora de la verdad. Desde 1983 habían coexistido, para asombro de los analistas, una democracia política que funcionaba y una sociedad que ya no era democrática, pero que, a diferencia de otras, lo había sido, y todavía podía recordarlo. Durante unos años muchos especularon acerca de cuánto podía durar ese divorcio: un sistema político democrático en una sociedad que se vaciaba de ciudadanía; un sistema fundado en la igualdad política -un hombre, un voto- pero que era incapaz de modificar la tendencia de la sociedad hacia la desigualdad creciente.
Es posible que un sistema de partidos eficiente y aceitado pueda funcionar sin la participación cotidiana de la ciudadanía. Pero es más difícil imaginar que se sostenga si no hay entre los representados algo del fuego sagrado de la fe; sobre todo si esta carencia no es compensada con alguna valoración de la eficacia gubernamental. La ilusión democrática inicial se había trocado en los años 90 en indiferencia; el 19 de diciembre de 2001 se produjo el pasaje del desapego a la furia, y efectivamente todo el andamiaje se conmovió. Pero no se derrumbó. No aparecieron espadones ni mesías. Si la representación política está en crisis, al menos subsiste la idea de que cualquier solución deberá transcurrir en el marco de un orden institucional: débil, violentado, pero que de alguna manera se mantiene.
Las posibilidades de supervivencia y consolidación de la democracia dependen hoy principalmente de la demostración de alguna eficiencia por parte del Estado, gobernado democráticamente. En suma, el núcleo saliente, inmediato e impostergable de la crisis reside en el Estado y en su escasa capacidad para convertirse en ejecutor de las políticas diseñadas por los gobernantes, para ser algo distinto que la mera resultante de un cúmulo de fuerzas instaladas en su interior. Toda discusión acerca de proyectos y modelos es hoy banal: nadie está, por el momento, en situación de encarar la realización de ninguno de ellos.
A mediados de 2002 parecía que aún había una cuestión previa: el restablecimiento de un centro mínimo de autoridad institucional y política. Por entonces la imagen del vacío de poder parecía pertinente. Promediando 2003, esto parece logrado, porque las elecciones han conferido una autoridad constitucional importante al nuevo presidente y también -o quizá antes- porque empezaron a resolver la cuestión de la jefatura en el peronismo.
La segunda tarea, descomunal como los trabajos de Hércules, es empezar a despejar las oficinas del Estado, a desalojar a quienes las han colonizado. No se trata solamente de eliminar a algunos personajes conspicuos; se trata de destrabar las redes de relaciones e intereses que durante veinte años constituyeron los bajos fondos de la política democrática, y que eran la continuación, a veces sin mayores cambios, de otras ya anudadas desde mucho antes, inclusive durante la Argentina vital. Muchas de las acciones iniciales del nuevo gobierno constitucional van en ese sentido, atacando principalmente aquellos reductos ocupados por personas o grupos estrechamente vinculados a Menem. No es extraño: el Presidente se juega allí su supervivencia. Es sólo el comienzo, el primer round, y podría decirse que se avecina un combate interesante.
En paralelo, el nuevo gobierno deberá encarar una negociación más civilizada, pero igualmente dura: obtener algún margen de maniobra mayor de parte de los tenedores de la deuda externa y sus representantes. Si al cabo de cuatro años esta gestión presidencial logra recuperar para el Estado un cierto margen de autonomía, y a la vez iniciar la reconstrucción de sus cuadros burocráticos y restablecer una base mínima de ética institucional, es posible -no me atrevo a decir que probable- que entonces pueda plantearse una discusión acerca del rumbo del país, acerca de los modelos o proyectos, o simplemente acerca de cómo transformar el ingreso catastrófico de la Argentina en el mundo del capitalismo mundial en una integración razonada y controlada. El Estado será muy distinto del que supo tener la Argentina potente; quizá no pueda tomar decisiones grandes, dramáticas y profundas; pero al menos deberá poder gestionar razonablemente bien una sociedad que quiere encontrar una adecuada combinación de capitalismo, democracia y bienestar.El Estado -cualesquiera que sean sus características- es con seguridad una condición necesaria, pero no suficiente. En un futuro muy próximo, antes de que estos cambios puedan cuajar y modificar el cuadro de la situación, deberá resolverse la cuestión del peronismo y su jefatura. Parece claro hoy que, en un proceso de crisis que aún no ha sido superado, sólo los peronistas pueden gobernar este país, no tanto por sus méritos intrínsecos como por su segura capacidad para bloquear la acción de cualquier otra fuerza política. La Argentina no ha conocido nada más potencialmente disolvente que un peronismo opositor.
Queda por resolver quién manda en el peronismo, quién es el jefe. El peronismo siempre fue un movimiento de líder, donde se hace culto tanto de la verticalidad como de la conducción: Pérez conducción es la consigna que primero vocea quien funda una unidad básica e inicia su cursus honorum en el peronismo. Muerto Perón, el movimiento anduvo a los tumbos hasta que Menem construyó, de manera técnicamente impecable, su posición de conductor. Es evidente que ella está vacante hoy. ¿Quién la ocupará? El jefe del Estado es, naturalmente, el principal candidato. Pero hoy el peronismo se asemeja a la etapa de la fragmentación feudal que en Europa precedió al crecimiento monárquico; hay jugadores fuertes, que controlan fragmentos importantes de la estructura territorial, y que se han acostumbrado a la autonomía y a sus ventajas: particularmente, poder presionar y exprimir al gobierno central.Puede pensarse que el peronismo ingresa en una nueva etapa, más horizontal, sin líder, sin monarca. Quién puede saberlo. Pero si Kirchner aspira a fundar un nuevo liderazgo, deberá someter, uno a uno, a los grandes magnates, y combinar el premio y el castigo, el palo y la zanahoria. Así lo hizo Menem en su ocasión. Su base propia es pequeña, pero los resortes que maneja el gobierno nacional son importantes. En cualquier caso, la gran batalla se dará en la provincia de Buenos Aires: así ocurrió con Roca en 1880, o con Yrigoyen, cuando desalojó a los conservadores en 1917, o con Perón, cuando eliminó a Mercante en 1950. No es fácil saber cómo terminará esta historia que, otra vez, parece interesante.Toda crisis es interesante, sobre todo cuando una leve mejoría permite avizorar mejor el panorama. Porque el fondo de la crisis -allí estuvimos, quiero creer, en 2002- es el peor lugar para entender cuál es su dinámica y cuáles son sus salidas. San Agustín, obispo de Hipona, vivió a principios del siglo V, soportó la invasión de los vándalos al Africa del Norte y contempló el derrumbe del Imperio Romano. En sus ojos, la civilización entera desaparecía con él: el mundo es un infierno en pequeña escala, escribió en 429. Y sin embargo, en ese mismo momento, en las ruinas del mundo romano se estaba produciendo el nacimiento de una cultura cristiana nueva y esplendorosa, de la que el mismo Agustín sería posteriormente reconocido como uno de los Padres. Es posible, pues, que delante de nuestros ojos estén apareciendo formas de sociabilidad y de gestión de la política novedosas y creativas. Una medida prudente es mirarlas con seriedad e interés, y también con algo, no mucho, de esperanza. (c) LA GACETA
(*) Este artículo forma parte de "La crisis argentina", libro de Luis Alberto Romero que será editado próximamente por Siglo XXI editores.
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