07 Septiembre 2003 Seguir en 

En los últimos tiempos, el debate sobre los problemas que aquejan al sistema internacional se ha incrementado de manera notable. Más concretamente, después del 11 de setiembre de 2001, el estudio de las cuestiones vinculadas a la política, la seguridad y la defensa a nivel internacional se ha convertido en una prioridad para los especialistas y en un desafío intelectual que ha trascendido todas las fronteras. ¿En qué mundo vivimos? ¿Existe actualmente un determinado tipo de orden en el sistema internacional? ¿Cuál es el rumbo que está tomando la sociedad global en estos primeros años del siglo XXI?
Reunidos en un seminario organizado por la Universidad Complutense de Madrid, un equipo de especialistas españoles ha analizado las alternativas de esta especial coyuntura histórica en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN). Lo que aquí presentamos es una breve síntesis de algunos de sus contenidos más significativos.
Indudablemente, uno de los signos de la Historia es el cambio y por lo tanto, el valor de las transformaciones a lo largo de los siglos es profundamente significativo. Como sostiene Braudel, su evaluación es crucial y debe realizarse a través de una perspectiva que permita contemplar, no sólo la incidencia de los acontecimientos aislados, sino sobre todo, los procesos que tienen lugar en el mediano y el largo plazo (1).
Desde hace poco más de una década el mundo viene experimentando una serie de mutaciones cuyas proyecciones son aún difícilmente previsibles. En 1989 se derrumbaba el Muro de Berlín y poco después en 1991, la desintegración de la URSS ponía fin a la existencia de una de las dos superpotencias más poderosas del mundo. Este hecho provocó, a su vez, la clausura de un modelo de organización internacional (el sistema bipolar) que estuvo caracterizado por la confrontación ideológica entre dos grandes bloques de poder, durante más de 44 años.
La importancia de este acontecimiento motivó a algunos historiadores a tomar esta fecha como el punto de inflexión que marcaba -históricamente hablando- la finalización del siglo XX (2). Con el siglo XXI, se iniciaba una etapa que renovó las esperanzas de construir un mundo sin guerras y con menos conflictos; un mundo más estable y orientado a fomentar el desarrollo, la cooperación, la paz y la justicia. En este marco, el fenómeno de la globalización significó -para algunos- un instrumento eficaz para mejorar la calidad de la vida humana y una vía para superar las tremendas asimetrías económicas, tecnológicas y hasta políticas de las diversas sociedades del planeta. En 1991, la Primera Guerra del Golfo puso a prueba las capacidades de la ONU para alcanzar el consenso necesario que le permitiría mantener la vigencia de los principios universales sostenidos por su carta y materializar la derrota de quien se había permitido violarlos. Este suceso estimuló el optimismo y creó una intensa sensación de seguridad colectiva. La década de los años 90 vio progresar los intercambios comerciales, científicos y tecnológicos y alimentó la ilusión de un mundo más equitativo y equilibrado. Sin embargo, pronto se hizo evidente que el mundo tenía otro rostro; el rostro de los nacionalismos xenófobos, de los conflictos regionales, de los genocidios raciales, de los fundamentalismos religiosos y culturales. El rostro de la pobreza, la marginación y el resentimiento creciente (3).
Paulatinamente, la "nueva utopía de la globalización" dejó camino a la comprobación de que el sistema internacional era, en realidad, un espacio desequilibrado, complejo y conflictivo cuyos parámetros de orden parecían demasiado ambiguos y en el cual la seguridad no constituía más que un anhelo.
El 11-S de 2001 vino a corroborar estas percepciones y a demostrar cabalmente que la vulnerabilidad era una condición inherente a cualquier actor del sistema, por muy poderoso que este fuera. En efecto, junto con las torres del Trade Center, se derrumbaron las últimas ilusiones de seguridad y de control planetario. La campaña militar a Afganistán no hizo más que incrementar los temores y muchos Estados reaccionaron buscando ampliar sus márgenes de protección y defensa mediante la consolidación de sus capacidades políticas, tecnológicas y militares.
Simultáneamente, decenas de especialistas se abocaron a la tarea de intentar explicar los acontecimientos y de realizar proyecciones hacia el futuro. Un verdadero impulso, casi instintivo y atávico, condujo desde entonces los debates y los esfuerzos colectivos hacia los temas de la seguridad y la defensa. Los estudios en el área se incrementaron y se fortalecieron buscando, a través de métodos científicos, respuestas más adecuadas, más ajustadas, más eficaces.
Un año después, en setiembre de 2002, George Bush formulaba una nueva Doctrina Estratégica de Seguridad Nacional. Con este documento ponía fin a la antigua Doctrina de la Disuasión y enunciaba los principios que habrían de regir la política exterior norteamericana hacia el futuro.
Una política que, según el presidente: "...privilegiará la acción, estará guiada por sus intereses vitales de seguridad y será planificada para anticiparse a la materialización de cualquier amenaza" (4). En definitiva, una política que no seguiría automáticamente los lineamientos fijados por la Organización de Naciones Unidas. En ese documento se definía ya a los nuevos enemigos y se establecían los procedimientos sobre los cuales se afirmarían las acciones. En febrero de 2003, las tropas norteamericanas y sus aliados invadieron Irak, depusieron al régimen de Hussein e iniciaron una gestión de posguerra cuyos costos y dificultades parecen estar complicándose más de lo previsto. En definitiva, y como sostiene una especialista: "Es indudable que EE.UU. sabe ganar guerras; lo que no está tan claro es que pueda luego gestionar eficazmente la paz".
¿Cuál es en definitiva la situación internacional actual? Indudablemente sería imposible pretender definir sus caracteres en estas líneas, pero intentemos una aproximación. En primer término, puede afirmarse que el sistema internacional atraviesa por una difícil coyuntura de cambio en la cual los actores están intentando reubicarse adecuadamente. En otras palabras, el mundo parece haberse tornado más riesgoso y bastante menos previsible que el del sistema bipolar de la Guerra Fría: nuevos actores, nuevos escenarios, mayores capacidades tecnológicas, pero también mayores contrastes y asimetrías hacen que los expertos insistan en la necesidad de fortalecer la "seguridad cooperativa" y la ayuda mutua en las llamadas hard and soft security (5).
La crisis por la que atraviesa la ONU es uno de los nudos problemáticos más importantes, sobre todo porque la actual estructura del Consejo de Seguridad ya no refleja la distribución real de poder a nivel global ni facilita la operatividad política de la organización (6). La situación de la OTAN (que teóricamente debería haber desaparecido tras la caída de la URSS) también es particular, pues lejos de haberse debilitado, ha reforzado sus capacidades, ha reestructurado sus esquemas de funcionamiento y, lo más importante, ha reformulado sus objetivos, sus misiones y sus recursos (7). La hipótesis de la unipolaridad ha ganado terreno pero esto tampoco constituye una garantía de orden o de seguridad; por el contrario, la existencia de un único poder hegemónico que actúa según sus percepciones e intereses inquieta a muchas sociedades y en este sentido, la definición de los enemigos y las estrategias que se adopten para combatirlos son cuestiones cruciales que despiertan duras polémicas. En cuanto a la estructura de las alianzas, no es demasiado clara y el temor al agravamiento de las crisis es un problema cotidiano. Con respecto a la agenda de riesgos de la Posguerra Fría, el primer lugar es ocupado por el terrorismo, seguido por el narcotráfico, la proliferación de las mafias, de la criminalidad organizada internacional y, finalmente, por el comercio de armas y de medios bélicos.
En el área de los estudios también se han producido cambios importantes y los expertos intentan reformular sus análisis y explicaciones a fin de proporcionar precisiones teóricas y metodológicas que faciliten la tarea de quienes toman las decisiones. Conceptos como los de seguridad, defensa, amenaza, riesgo e incertidumbre han adquirido nuevas connotaciones y han sido revalorizados como términos multifacéticos y holísticos, cuya incidencia ya no debe preocupar sólo a los expertos, sino al conjunto de las sociedades e incluso a los individuos.
En síntesis, vivimos en un mundo complejo que, como Jano, exhibe dos rostros opuestos; dos rostros a través de los cuales se perciben los rasgos de una realidad dicotómica que, en lo inmediato, no parece poder alcanzar un punto de equilibrio. En otras palabras, un mundo asediado por los contrastes que generan el crecimiento de unos y la pobreza de otros, la integración de algunos y los conflictos de muchos, la búsqueda de la paz frente a constantes matanzas y enfrentamientos. En definitiva, un mundo inestable e incierto, el cual los tucumanos no siempre nos ocupamos de examinar; tal vez porque nuestros propios problemas no nos permiten extender la mirada más allá del horizonte cotidiano. Indudablemente este horizonte es mucho más importante para nosotros, pero ello no debería impedirnos tratar de entender la coyuntura internacional de la que somos testigos, aunque sólo fuera para pensar en nuestras alternativas, en nuestras capacidades y errores, y en el rumbo que habremos de fijar hacia el futuro.
NOTAS:
1) Braudel, Fernand. Las ambiciones de la Historia. Crítica, Barcelona, 2002.
2) Hobsbawm, Eric. El siglo XX. Crítica, Barcelona, 1997
3) Yugoslavia, Africa y el Cercano Oriente fueron algunos de sus escenarios más significativos.
4) The National Security Strategy of the United States of America. White House. September, 2002.
5) Expresiones de la Dra. M. Angustias Caracuel, asesora experta del Ministerio de Defensa.
6) En este sentido, la invasión a Irak ha dejado claro que los mecanismos no funcionan como deberían.
7) En junio de 2003 la Organización modificó su organización funcional y transformó la estructura de mandos, la cual debe prepararse para incorporar a los 10 nuevos miembros -todos ellos países de la Europa del Este- que habrán de incorporarse en los próximos meses.
Reunidos en un seminario organizado por la Universidad Complutense de Madrid, un equipo de especialistas españoles ha analizado las alternativas de esta especial coyuntura histórica en el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN). Lo que aquí presentamos es una breve síntesis de algunos de sus contenidos más significativos.
Indudablemente, uno de los signos de la Historia es el cambio y por lo tanto, el valor de las transformaciones a lo largo de los siglos es profundamente significativo. Como sostiene Braudel, su evaluación es crucial y debe realizarse a través de una perspectiva que permita contemplar, no sólo la incidencia de los acontecimientos aislados, sino sobre todo, los procesos que tienen lugar en el mediano y el largo plazo (1).
Desde hace poco más de una década el mundo viene experimentando una serie de mutaciones cuyas proyecciones son aún difícilmente previsibles. En 1989 se derrumbaba el Muro de Berlín y poco después en 1991, la desintegración de la URSS ponía fin a la existencia de una de las dos superpotencias más poderosas del mundo. Este hecho provocó, a su vez, la clausura de un modelo de organización internacional (el sistema bipolar) que estuvo caracterizado por la confrontación ideológica entre dos grandes bloques de poder, durante más de 44 años.
La importancia de este acontecimiento motivó a algunos historiadores a tomar esta fecha como el punto de inflexión que marcaba -históricamente hablando- la finalización del siglo XX (2). Con el siglo XXI, se iniciaba una etapa que renovó las esperanzas de construir un mundo sin guerras y con menos conflictos; un mundo más estable y orientado a fomentar el desarrollo, la cooperación, la paz y la justicia. En este marco, el fenómeno de la globalización significó -para algunos- un instrumento eficaz para mejorar la calidad de la vida humana y una vía para superar las tremendas asimetrías económicas, tecnológicas y hasta políticas de las diversas sociedades del planeta. En 1991, la Primera Guerra del Golfo puso a prueba las capacidades de la ONU para alcanzar el consenso necesario que le permitiría mantener la vigencia de los principios universales sostenidos por su carta y materializar la derrota de quien se había permitido violarlos. Este suceso estimuló el optimismo y creó una intensa sensación de seguridad colectiva. La década de los años 90 vio progresar los intercambios comerciales, científicos y tecnológicos y alimentó la ilusión de un mundo más equitativo y equilibrado. Sin embargo, pronto se hizo evidente que el mundo tenía otro rostro; el rostro de los nacionalismos xenófobos, de los conflictos regionales, de los genocidios raciales, de los fundamentalismos religiosos y culturales. El rostro de la pobreza, la marginación y el resentimiento creciente (3).
Paulatinamente, la "nueva utopía de la globalización" dejó camino a la comprobación de que el sistema internacional era, en realidad, un espacio desequilibrado, complejo y conflictivo cuyos parámetros de orden parecían demasiado ambiguos y en el cual la seguridad no constituía más que un anhelo.
El 11-S de 2001 vino a corroborar estas percepciones y a demostrar cabalmente que la vulnerabilidad era una condición inherente a cualquier actor del sistema, por muy poderoso que este fuera. En efecto, junto con las torres del Trade Center, se derrumbaron las últimas ilusiones de seguridad y de control planetario. La campaña militar a Afganistán no hizo más que incrementar los temores y muchos Estados reaccionaron buscando ampliar sus márgenes de protección y defensa mediante la consolidación de sus capacidades políticas, tecnológicas y militares.
Simultáneamente, decenas de especialistas se abocaron a la tarea de intentar explicar los acontecimientos y de realizar proyecciones hacia el futuro. Un verdadero impulso, casi instintivo y atávico, condujo desde entonces los debates y los esfuerzos colectivos hacia los temas de la seguridad y la defensa. Los estudios en el área se incrementaron y se fortalecieron buscando, a través de métodos científicos, respuestas más adecuadas, más ajustadas, más eficaces.
Un año después, en setiembre de 2002, George Bush formulaba una nueva Doctrina Estratégica de Seguridad Nacional. Con este documento ponía fin a la antigua Doctrina de la Disuasión y enunciaba los principios que habrían de regir la política exterior norteamericana hacia el futuro.
Una política que, según el presidente: "...privilegiará la acción, estará guiada por sus intereses vitales de seguridad y será planificada para anticiparse a la materialización de cualquier amenaza" (4). En definitiva, una política que no seguiría automáticamente los lineamientos fijados por la Organización de Naciones Unidas. En ese documento se definía ya a los nuevos enemigos y se establecían los procedimientos sobre los cuales se afirmarían las acciones. En febrero de 2003, las tropas norteamericanas y sus aliados invadieron Irak, depusieron al régimen de Hussein e iniciaron una gestión de posguerra cuyos costos y dificultades parecen estar complicándose más de lo previsto. En definitiva, y como sostiene una especialista: "Es indudable que EE.UU. sabe ganar guerras; lo que no está tan claro es que pueda luego gestionar eficazmente la paz".
¿Cuál es en definitiva la situación internacional actual? Indudablemente sería imposible pretender definir sus caracteres en estas líneas, pero intentemos una aproximación. En primer término, puede afirmarse que el sistema internacional atraviesa por una difícil coyuntura de cambio en la cual los actores están intentando reubicarse adecuadamente. En otras palabras, el mundo parece haberse tornado más riesgoso y bastante menos previsible que el del sistema bipolar de la Guerra Fría: nuevos actores, nuevos escenarios, mayores capacidades tecnológicas, pero también mayores contrastes y asimetrías hacen que los expertos insistan en la necesidad de fortalecer la "seguridad cooperativa" y la ayuda mutua en las llamadas hard and soft security (5).
La crisis por la que atraviesa la ONU es uno de los nudos problemáticos más importantes, sobre todo porque la actual estructura del Consejo de Seguridad ya no refleja la distribución real de poder a nivel global ni facilita la operatividad política de la organización (6). La situación de la OTAN (que teóricamente debería haber desaparecido tras la caída de la URSS) también es particular, pues lejos de haberse debilitado, ha reforzado sus capacidades, ha reestructurado sus esquemas de funcionamiento y, lo más importante, ha reformulado sus objetivos, sus misiones y sus recursos (7). La hipótesis de la unipolaridad ha ganado terreno pero esto tampoco constituye una garantía de orden o de seguridad; por el contrario, la existencia de un único poder hegemónico que actúa según sus percepciones e intereses inquieta a muchas sociedades y en este sentido, la definición de los enemigos y las estrategias que se adopten para combatirlos son cuestiones cruciales que despiertan duras polémicas. En cuanto a la estructura de las alianzas, no es demasiado clara y el temor al agravamiento de las crisis es un problema cotidiano. Con respecto a la agenda de riesgos de la Posguerra Fría, el primer lugar es ocupado por el terrorismo, seguido por el narcotráfico, la proliferación de las mafias, de la criminalidad organizada internacional y, finalmente, por el comercio de armas y de medios bélicos.
En el área de los estudios también se han producido cambios importantes y los expertos intentan reformular sus análisis y explicaciones a fin de proporcionar precisiones teóricas y metodológicas que faciliten la tarea de quienes toman las decisiones. Conceptos como los de seguridad, defensa, amenaza, riesgo e incertidumbre han adquirido nuevas connotaciones y han sido revalorizados como términos multifacéticos y holísticos, cuya incidencia ya no debe preocupar sólo a los expertos, sino al conjunto de las sociedades e incluso a los individuos.
En síntesis, vivimos en un mundo complejo que, como Jano, exhibe dos rostros opuestos; dos rostros a través de los cuales se perciben los rasgos de una realidad dicotómica que, en lo inmediato, no parece poder alcanzar un punto de equilibrio. En otras palabras, un mundo asediado por los contrastes que generan el crecimiento de unos y la pobreza de otros, la integración de algunos y los conflictos de muchos, la búsqueda de la paz frente a constantes matanzas y enfrentamientos. En definitiva, un mundo inestable e incierto, el cual los tucumanos no siempre nos ocupamos de examinar; tal vez porque nuestros propios problemas no nos permiten extender la mirada más allá del horizonte cotidiano. Indudablemente este horizonte es mucho más importante para nosotros, pero ello no debería impedirnos tratar de entender la coyuntura internacional de la que somos testigos, aunque sólo fuera para pensar en nuestras alternativas, en nuestras capacidades y errores, y en el rumbo que habremos de fijar hacia el futuro.
NOTAS:
1) Braudel, Fernand. Las ambiciones de la Historia. Crítica, Barcelona, 2002.
2) Hobsbawm, Eric. El siglo XX. Crítica, Barcelona, 1997
3) Yugoslavia, Africa y el Cercano Oriente fueron algunos de sus escenarios más significativos.
4) The National Security Strategy of the United States of America. White House. September, 2002.
5) Expresiones de la Dra. M. Angustias Caracuel, asesora experta del Ministerio de Defensa.
6) En este sentido, la invasión a Irak ha dejado claro que los mecanismos no funcionan como deberían.
7) En junio de 2003 la Organización modificó su organización funcional y transformó la estructura de mandos, la cual debe prepararse para incorporar a los 10 nuevos miembros -todos ellos países de la Europa del Este- que habrán de incorporarse en los próximos meses.
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