07 Septiembre 2003 Seguir en 

G. Wells (de la Universidad de Alberta) y R. Petty (de la Universidad de Missouri) (1) hicieron el siguiente experimento. Un grupo numeroso de estudiantes universitarios fue reunido para solicitarles que participaran en una experiencia de audición donde se evaluarían auriculares de alta tecnología. Se trataba -les dijeron- de un estudio de mercado y la empresa fabricante de los auriculares quería determinar si funcionaban bien cuando sus usuarios estuviesen en movimiento.
Los jóvenes (todos ellos de la misma universidad) recibieron cada uno su auricular y fueron divididos en tres grupos. Al primero se le pidió que mientras escuchaban la grabación radiofónica con canciones, movieran la cabeza de arriba abajo sin interrupción. Al segundo grupo se le indicó que meneara la cabeza a uno y otro lado. Y al tercero -que funcionaría como grupo de control- que no moviera la cabeza mientras escuchaba.
Como ocurre a menudo, el experimento escondía información a sus participantes. Se verá luego cuál era el móvil real que guiaba a los experimentadores. En todo caso, entre las canciones intercalaron una voz que defendía la necesidad de aumentar los gastos de matrícula pagados por los estudiantes en esa universidad, desde 587 dólares a 750.
Al finalizar la prueba, los miembros de cada grupo debían responder un cuestionario escrito donde se solicitaba información sobre la calidad de los auriculares y de su funcionamiento bajo movimientos de cabeza. La última pregunta interesaba a los encuestadores: ¿Cuál debería ser el precio anual de la matrícula estudiantil?
Y aquí están los resultados: el grupo de control (que no movía la cabeza mientras escuchaba la grabación) respondió que la matrícula debería ser de 582 dólares. Esto es, una media cercana a la vigente. El grupo que meneaba de un lado a otro la cabeza (como negando algo) se opuso al alza de la matrícula y opinó que ella debía bajar, en promedio, a 467 dólares. Y el grupo que movía la cabeza de arriba abajo (como en señal de asentimiento) opinó que la matrícula debía elevarse a un promedio de 646 dólares.
¿Dos simples movimientos de cabeza -motivados por razones ajenas a la afirmación o a la negación- hizo que un grupo proteste contra el arancel que pagaba voluntariamente y que otro aceptase que se lo subieran?
Si esto es así (y no tengo motivos claros para negarlo), ¿qué extraños resortes pueden manejarnos sin que lo advirtamos? ¿Qué hay de nuestra racionalidad, de la condición libre de nuestras elecciones, de nuestro amor propio de seres superiores en la naturaleza?
Sólo diré, en defensa de nuestro maltratado orgullo, que somos capaces de autoconciencia; esto es, somos capaces de vernos a nosotros mismos respondiendo ese cuestionario -y aceptando que nos saquen más dinero por la matrícula- empujados por el pseudoasentimiento que mecánicamente nos conduce a esa respuesta. Y desde ahí, desde esa mirada, cuando somos capaces de asumirla, sin duda emergerá nuestra condición de animales libres. Y podremos modificar esa respuesta que estamos a punto de escribir. Normalmente no hacemos eso, claro. La libertad no es un don con el que contemos sin condiciones.
Normalmente vemos después, desde el arrepentimiento, ese comportamiento primerizo que tuvimos. Por eso nos equivocamos tan a menudo en nuestras opciones. Por carecer de una segunda mirada que nos ofrezca mayor información sobre lo que estamos a punto de hacer. (c) LA GACETA.
Los jóvenes (todos ellos de la misma universidad) recibieron cada uno su auricular y fueron divididos en tres grupos. Al primero se le pidió que mientras escuchaban la grabación radiofónica con canciones, movieran la cabeza de arriba abajo sin interrupción. Al segundo grupo se le indicó que meneara la cabeza a uno y otro lado. Y al tercero -que funcionaría como grupo de control- que no moviera la cabeza mientras escuchaba.
Como ocurre a menudo, el experimento escondía información a sus participantes. Se verá luego cuál era el móvil real que guiaba a los experimentadores. En todo caso, entre las canciones intercalaron una voz que defendía la necesidad de aumentar los gastos de matrícula pagados por los estudiantes en esa universidad, desde 587 dólares a 750.
Al finalizar la prueba, los miembros de cada grupo debían responder un cuestionario escrito donde se solicitaba información sobre la calidad de los auriculares y de su funcionamiento bajo movimientos de cabeza. La última pregunta interesaba a los encuestadores: ¿Cuál debería ser el precio anual de la matrícula estudiantil?
Y aquí están los resultados: el grupo de control (que no movía la cabeza mientras escuchaba la grabación) respondió que la matrícula debería ser de 582 dólares. Esto es, una media cercana a la vigente. El grupo que meneaba de un lado a otro la cabeza (como negando algo) se opuso al alza de la matrícula y opinó que ella debía bajar, en promedio, a 467 dólares. Y el grupo que movía la cabeza de arriba abajo (como en señal de asentimiento) opinó que la matrícula debía elevarse a un promedio de 646 dólares.
¿Dos simples movimientos de cabeza -motivados por razones ajenas a la afirmación o a la negación- hizo que un grupo proteste contra el arancel que pagaba voluntariamente y que otro aceptase que se lo subieran?
Si esto es así (y no tengo motivos claros para negarlo), ¿qué extraños resortes pueden manejarnos sin que lo advirtamos? ¿Qué hay de nuestra racionalidad, de la condición libre de nuestras elecciones, de nuestro amor propio de seres superiores en la naturaleza?
Sólo diré, en defensa de nuestro maltratado orgullo, que somos capaces de autoconciencia; esto es, somos capaces de vernos a nosotros mismos respondiendo ese cuestionario -y aceptando que nos saquen más dinero por la matrícula- empujados por el pseudoasentimiento que mecánicamente nos conduce a esa respuesta. Y desde ahí, desde esa mirada, cuando somos capaces de asumirla, sin duda emergerá nuestra condición de animales libres. Y podremos modificar esa respuesta que estamos a punto de escribir. Normalmente no hacemos eso, claro. La libertad no es un don con el que contemos sin condiciones.
Normalmente vemos después, desde el arrepentimiento, ese comportamiento primerizo que tuvimos. Por eso nos equivocamos tan a menudo en nuestras opciones. Por carecer de una segunda mirada que nos ofrezca mayor información sobre lo que estamos a punto de hacer. (c) LA GACETA.
1) "The effects of overt Head Movements on persuasion", en Basic and Applied Social Psychology (1980), vol. 1, número 3, páginas 219-230.
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