Buenas intenciones en un libro generalista y poco riguroso

Por Federico Türpe

31 Agosto 2003
Si no fuera por su título, "La Argentina postergada", bien podría ser un manual de Instrucción Cívica para el secundario (hoy EGB 3 y Polimodal).
Desde su inicio, el autor, Héctor Sanguinetti, agradece haber tenido el privilegio de pertenecer a la vieja escuela pública argentina y, como un correcto alumno que parece haber sido, abunda en citas textuales, hasta el exceso, de pensadores de la sociología argentina y universal, como José Ingenieros, José Ortega y Gasset o Vicente Fidel López.
Si bien no pueden desvirtuarse los valores que hasta el cansancio destaca Sanguinetti, como la importancia de la educación, la honestidad, el respeto a las leyes, la familia o el patriotismo, como tampoco merece ser cuestionado cuando objetivamente denosta a la corrupción, la holgazanería, la demagogia, la incapacidad y demás vicios de la politiquería argentina, sus consignas y definiciones son, en el mejor de los casos, correctas, por no decir básicas y elementales, aunque obvias para un lector medianamente instruido.
Convencido de que la decadencia nacional se explica en el abandono de los "ideales de Mayo" y también de que la sociedad no ha prestado la debida atención a los horizontes planteados por ilustres como Sarmiento, Alberdi, Mitre o Echeverría, sus conclusiones son atemporáneas en exceso, al punto de que el autor comete el mismo error que les critica a los argentinos -según él, distintos de la patria Argentina-, que es el de ignorar su propia historia, ya que hace escasa alusión a trascendentales hechos, sobre todo de las últimas décadas, así como también a ideas y a pensadores, que sin duda son muchos y diversos, posteriores y superadores a Ingenieros. Sin desmerecer la plena vigencia de las grandes concepciones, que siempre lo serán, parece un tanto cándido pretender explicar o resolver la complejísima realidad actual, posmoderna, globalizante o como se la prefiera nombrar, diciendo por ejemplo, que "son los medios de difusión los que han deformado las características y las costumbres del pueblo argentino, tornándolo irreconocible para los que habitaron este suelo en otros tiempos".
Sanguinetti, médico anestesista de prolongada trayectoria en el ámbito público, manifiesta sin dudas buenas intenciones al ponderar los principios fundacionales de la nación, pero resulta por demás generalista y poco riguroso en sus postulados, si es que con su búsqueda pretende rescatar al país de la relegación. Tal es el caso de la consabida corrupción, que se menciona de manera constante, pero sin hacer alusión a un solo responsable ni a un hecho concreto en el transcurso de sus 300 páginas, sino que, de máxima, acusa a una sociedad cómplice que, con su silencio, deficiencia moral y falta de amor al trabajo, consiente la depravación de las instituciones.(c) LA GACETASi no fuera por su título, "La Argentina postergada", bien podría ser un manual de Instrucción Cívica para el secundario (hoy EGB 3 y Polimodal).
Desde su inicio, el autor, Héctor Sanguinetti, agradece haber tenido el privilegio de pertenecer a la vieja escuela pública argentina y, como un correcto alumno que parece haber sido, abunda en citas textuales, hasta el exceso, de pensadores de la sociología argentina y universal, como José Ingenieros, José Ortega y Gasset o Vicente Fidel López.
Si bien no pueden desvirtuarse los valores que hasta el cansancio destaca Sanguinetti, como la importancia de la educación, la honestidad, el respeto a las leyes, la familia o el patriotismo, como tampoco merece ser cuestionado cuando objetivamente denosta a la corrupción, la holgazanería, la demagogia, la incapacidad y demás vicios de la politiquería argentina, sus consignas y definiciones son, en el mejor de los casos, correctas, por no decir básicas y elementales, aunque obvias para un lector medianamente instruido.
Convencido de que la decadencia nacional se explica en el abandono de los "ideales de Mayo" y también de que la sociedad no ha prestado la debida atención a los horizontes planteados por ilustres como Sarmiento, Alberdi, Mitre o Echeverría, sus conclusiones son atemporáneas en exceso, al punto de que el autor comete el mismo error que les critica a los argentinos -según él, distintos de la patria Argentina-, que es el de ignorar su propia historia, ya que hace escasa alusión a trascendentales hechos, sobre todo de las últimas décadas, así como también a ideas y a pensadores, que sin duda son muchos y diversos, posteriores y superadores a Ingenieros. Sin desmerecer la plena vigencia de las grandes concepciones, que siempre lo serán, parece un tanto cándido pretender explicar o resolver la complejísima realidad actual, posmoderna, globalizante o como se la prefiera nombrar, diciendo por ejemplo, que "son los medios de difusión los que han deformado las características y las costumbres del pueblo argentino, tornándolo irreconocible para los que habitaron este suelo en otros tiempos".
Sanguinetti, médico anestesista de prolongada trayectoria en el ámbito público, manifiesta sin dudas buenas intenciones al ponderar los principios fundacionales de la nación, pero resulta por demás generalista y poco riguroso en sus postulados, si es que con su búsqueda pretende rescatar al país de la relegación. Tal es el caso de la consabida corrupción, que se menciona de manera constante, pero sin hacer alusión a un solo responsable ni a un hecho concreto en el transcurso de sus 300 páginas, sino que, de máxima, acusa a una sociedad cómplice que, con su silencio, deficiencia moral y falta de amor al trabajo, consiente la depravación de las instituciones.(c) LA GACETASi no fuera por su título, "La Argentina postergada", bien podría ser un manual de Instrucción Cívica para el secundario (hoy EGB 3 y Polimodal).
Desde su inicio, el autor, Héctor Sanguinetti, agradece haber tenido el privilegio de pertenecer a la vieja escuela pública argentina y, como un correcto alumno que parece haber sido, abunda en citas textuales, hasta el exceso, de pensadores de la sociología argentina y universal, como José Ingenieros, José Ortega y Gasset o Vicente Fidel López.
Si bien no pueden desvirtuarse los valores que hasta el cansancio destaca Sanguinetti, como la importancia de la educación, la honestidad, el respeto a las leyes, la familia o el patriotismo, como tampoco merece ser cuestionado cuando objetivamente denosta a la corrupción, la holgazanería, la demagogia, la incapacidad y demás vicios de la politiquería argentina, sus consignas y definiciones son, en el mejor de los casos, correctas, por no decir básicas y elementales, aunque obvias para un lector medianamente instruido.
Convencido de que la decadencia nacional se explica en el abandono de los "ideales de Mayo" y también de que la sociedad no ha prestado la debida atención a los horizontes planteados por ilustres como Sarmiento, Alberdi, Mitre o Echeverría, sus conclusiones son atemporáneas en exceso, al punto de que el autor comete el mismo error que les critica a los argentinos -según él, distintos de la patria Argentina-, que es el de ignorar su propia historia, ya que hace escasa alusión a trascendentales hechos, sobre todo de las últimas décadas, así como también a ideas y a pensadores, que sin duda son muchos y diversos, posteriores y superadores a Ingenieros. Sin desmerecer la plena vigencia de las grandes concepciones, que siempre lo serán, parece un tanto cándido pretender explicar o resolver la complejísima realidad actual, posmoderna, globalizante o como se la prefiera nombrar, diciendo por ejemplo, que "son los medios de difusión los que han deformado las características y las costumbres del pueblo argentino, tornándolo irreconocible para los que habitaron este suelo en otros tiempos".
Sanguinetti, médico anestesista de prolongada trayectoria en el ámbito público, manifiesta sin dudas buenas intenciones al ponderar los principios fundacionales de la nación, pero resulta por demás generalista y poco riguroso en sus postulados, si es que con su búsqueda pretende rescatar al país de la relegación. Tal es el caso de la consabida corrupción, que se menciona de manera constante, pero sin hacer alusión a un solo responsable ni a un hecho concreto en el transcurso de sus 300 páginas, sino que, de máxima, acusa a una sociedad cómplice que, con su silencio, deficiencia moral y falta de amor al trabajo, consiente la depravación de las instituciones.(c) LA GACETA

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