31 Agosto 2003 Seguir en 

El género epistolar es una tentación para fisgones. En el caso de "Vidas imaginarias", el epistolario de Francis Scott Fitzgerald que editó Beatriz Viterbo, esa tentación es mayor, porque la riqueza del personaje tienta a los lectores a revolver la biblioteca para revivir los diversos personajes del creador de "El gran Gatsby" -tanto los novelescos como los de sus relatos- a la luz de la biografía de su autor.
Por eso -por esa bienvenida confusión que establece Fitzgerald entre vida vivida y vida imaginada-, ningún título más acertado que el elegido para este racimo de cartas con interlocutores de lo más diversos y que abarca casi toda la vida pública del escritor.
Los biógrafos de Fitzgerald aseguran que el escritor norteamericano dejó seis mil cartas, de las cuales se publicaron tres mil, en diversas ediciones (la última, "Querido Scott, Querida Zelda", publicada en 2000). "Vidas imaginarias" sólo reúne cincuenta. Pero bastan para recrear el espíritu del novelista: su atormentada relación con su esposa Zelda; su relación ambivalente con el dinero y con aquel mundo de ricos y decadentes que describe en su obra; su obsesión mundana por la belleza y el placer. También se cuela en este epistolario su reflexión sobre la literatura como producción en escala casi industrial, y no sólo como acto creativo. Algunas de las cartas que muestran esa faceta de Fitzgerald reflejan la experiencia contradictoria del escritor glorificado por su novelística y -a su vez- la del guionista de Hollywood y escritor "a pedido".
Es cierto que en noventa años Fitzgerald se ha consolidado como el gran narrador de un tiempo fundacional del capitalismo norteamericano, de una sociedad sin pasado ni tradición que trata de suplir esa falta con ostentación de riqueza y voluptuosidad, y que mira, disfruta y critica a Europa con la ambigüedad propia de los "sin historia".
Pero -como se dijo más arriba- no es esa la única virtud del autor de "A este lado del paraíso" que se cuela en este epistolario: tanto las cartas de Fitzgerald como su ficción muestran al intelectual atípico que reflexiona con agudeza alrededor del hecho literario. En "Vidas imaginarias", esa vocación crítica aparece en la carta al editor Kenneth Littauer fechada en 1939, donde Fitzgerald cuenta la trastienda del inconcluso "El último magnate", inspirada en el productor hollywoodense Irving Thalberg. "De esa manera espero lograr la verosimilitud de un narrador en primera persona, combinada con la omnisciencia de todo lo que les sucede a mis personajes", le escribe el escritor a Littauer. Y el lector no puede menos que pensar en el Nick Carraway de "El gran Gatsby", ese narrador objetivo pero no siempre distante que Fitzgerald ideó para contar una historia de ricos y decadentes. En igual tono, en su intercambio con Charles Post, confiesa Fitzgerald: "parte de lo que me ha pasado está en mis novelas y en mis cuentos". Manía de autorreferencialidad que ya aparece en su primera novela, en el Amory Blaine de "A este lado del paraíso". O en "Suave es la noche", donde expone su relación atormentada con su esposa Zelda, o en tantos de los alter ego detrás de los que él se escuda en muchos de los 160 cuentos cortos que él subestimó, y que fueron publicados -y disfrutados- a lo largo de cuatro décadas en la ya mítica revista "Squire" o en el "Saturday Evening Post".
En "Vidas imaginarias" son varias las cartas en las que el intérprete de la doble moral del sueño americano muestra que la escritura es para él un oficio, y no sólo inspiración. Lo hace en la correspondencia con su gran amigo Ernest Hemingway, donde diseca "Adiós a las armas" con precisión de entomólogo ("Papa", que llegó a definir a Fitzgerald como el mejor escritor norteamericano de su tiempo, atendió sus consejos, y cortó donde sugería el amigo) o en su carta a "El editor", donde muestra la génesis y el desarrollo de una simple idea que termina convertida en relato, y que en ese ejemplo preciso es el cuento "El palacio del hielo". Esas son apenas algunas de las cartas en las que queda demostrado que la narrativa, para Fitzgerald, es una arquitectura en la que confluyen un manejo luminoso del lenguaje y la lucidez para interpretar, describir y narrar una época, las dos décadas intensas de la vida norteamericana que van del año 1920 a 1940.
Los lectores avisados de Scott Fitzgerald disfrutarán doblemente de "Vidas imaginarias", porque ya desde el arranque adivinarán que se les ha propuesto una travesía cómplice, en una carta a su hermana Anabelle detrás de la cual se adivina la idea de "Berenice se corta el pelo", un relato delicioso en el que el humor se impone sobre el drama. Y para aquellos que no habían disfrutado de la narrativa del "inventor de la era del jazz", esta es una buena excusa para investigar por qué Scott Fitzgerald sigue interpretando con tanto fulgor el contradictorio sueño americano, aunque pasen los años.(c) LA GACETA
Por eso -por esa bienvenida confusión que establece Fitzgerald entre vida vivida y vida imaginada-, ningún título más acertado que el elegido para este racimo de cartas con interlocutores de lo más diversos y que abarca casi toda la vida pública del escritor.
Los biógrafos de Fitzgerald aseguran que el escritor norteamericano dejó seis mil cartas, de las cuales se publicaron tres mil, en diversas ediciones (la última, "Querido Scott, Querida Zelda", publicada en 2000). "Vidas imaginarias" sólo reúne cincuenta. Pero bastan para recrear el espíritu del novelista: su atormentada relación con su esposa Zelda; su relación ambivalente con el dinero y con aquel mundo de ricos y decadentes que describe en su obra; su obsesión mundana por la belleza y el placer. También se cuela en este epistolario su reflexión sobre la literatura como producción en escala casi industrial, y no sólo como acto creativo. Algunas de las cartas que muestran esa faceta de Fitzgerald reflejan la experiencia contradictoria del escritor glorificado por su novelística y -a su vez- la del guionista de Hollywood y escritor "a pedido".
Es cierto que en noventa años Fitzgerald se ha consolidado como el gran narrador de un tiempo fundacional del capitalismo norteamericano, de una sociedad sin pasado ni tradición que trata de suplir esa falta con ostentación de riqueza y voluptuosidad, y que mira, disfruta y critica a Europa con la ambigüedad propia de los "sin historia".
Pero -como se dijo más arriba- no es esa la única virtud del autor de "A este lado del paraíso" que se cuela en este epistolario: tanto las cartas de Fitzgerald como su ficción muestran al intelectual atípico que reflexiona con agudeza alrededor del hecho literario. En "Vidas imaginarias", esa vocación crítica aparece en la carta al editor Kenneth Littauer fechada en 1939, donde Fitzgerald cuenta la trastienda del inconcluso "El último magnate", inspirada en el productor hollywoodense Irving Thalberg. "De esa manera espero lograr la verosimilitud de un narrador en primera persona, combinada con la omnisciencia de todo lo que les sucede a mis personajes", le escribe el escritor a Littauer. Y el lector no puede menos que pensar en el Nick Carraway de "El gran Gatsby", ese narrador objetivo pero no siempre distante que Fitzgerald ideó para contar una historia de ricos y decadentes. En igual tono, en su intercambio con Charles Post, confiesa Fitzgerald: "parte de lo que me ha pasado está en mis novelas y en mis cuentos". Manía de autorreferencialidad que ya aparece en su primera novela, en el Amory Blaine de "A este lado del paraíso". O en "Suave es la noche", donde expone su relación atormentada con su esposa Zelda, o en tantos de los alter ego detrás de los que él se escuda en muchos de los 160 cuentos cortos que él subestimó, y que fueron publicados -y disfrutados- a lo largo de cuatro décadas en la ya mítica revista "Squire" o en el "Saturday Evening Post".
En "Vidas imaginarias" son varias las cartas en las que el intérprete de la doble moral del sueño americano muestra que la escritura es para él un oficio, y no sólo inspiración. Lo hace en la correspondencia con su gran amigo Ernest Hemingway, donde diseca "Adiós a las armas" con precisión de entomólogo ("Papa", que llegó a definir a Fitzgerald como el mejor escritor norteamericano de su tiempo, atendió sus consejos, y cortó donde sugería el amigo) o en su carta a "El editor", donde muestra la génesis y el desarrollo de una simple idea que termina convertida en relato, y que en ese ejemplo preciso es el cuento "El palacio del hielo". Esas son apenas algunas de las cartas en las que queda demostrado que la narrativa, para Fitzgerald, es una arquitectura en la que confluyen un manejo luminoso del lenguaje y la lucidez para interpretar, describir y narrar una época, las dos décadas intensas de la vida norteamericana que van del año 1920 a 1940.
Los lectores avisados de Scott Fitzgerald disfrutarán doblemente de "Vidas imaginarias", porque ya desde el arranque adivinarán que se les ha propuesto una travesía cómplice, en una carta a su hermana Anabelle detrás de la cual se adivina la idea de "Berenice se corta el pelo", un relato delicioso en el que el humor se impone sobre el drama. Y para aquellos que no habían disfrutado de la narrativa del "inventor de la era del jazz", esta es una buena excusa para investigar por qué Scott Fitzgerald sigue interpretando con tanto fulgor el contradictorio sueño americano, aunque pasen los años.(c) LA GACETA
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