31 Agosto 2003 Seguir en 

El campo cultural argentino tiene zonas postergadas, terrenos baldíos que casi nadie visita. En esa periferia se ha ubicado durante décadas la obra del escritor cordobés Juan Filloy. A cambio, desde hace unos años le viene siendo concedida una versión perversa de la fama, estrictamente ajustada a su figura de anciano venerable, ocurrente y vital. El interés tardío y apenas periodístico por el "escritor de tres siglos" (nació el 1 de agosto de 1894, en la ciudad de Córdoba, donde murió el 15 de julio de 2000, a los 105 años) no carece de buenas intenciones, pero la insistencia en divulgar los aspectos más o menos extravagantes de su vida no ha hecho más que promover una imagen embalsamada del autor.
En 1994, cuando Filloy cumplió 100 años, la celebración de un escritor cuyos libros resultaban prácticamente desconocidos llegó al paroxismo. Más allá del oportunismo de la fecha, parecía sin embargo que había llegado su momento. Pero tanto ruido en torno de Filloy no fue más que un espejismo. Ni siquiera la noticia de que algunas de sus novelas comenzaban a ser traducidas en Holanda y en Alemania permitió leerlo, aunque más no fuera bajo el hechizo que produce lo que ha sido consagrado en el exterior.
En verdad, la repentina curiosidad de los medios nacionales estuvo abocada más que nada a un recitado de récords y hechos curiosos que hacían de Filloy la pieza más rara del museo literario argentino: más de 50 libros, la indomable superstición de utilizar siete letras en los títulos, su gusto por los palíndromos (escribió más de seis mil), la debilidad por recurrir a todos los términos existentes en el diccionario, su participación en la Reforma Universitaria del 18 y un larguísimo etcétera que tampoco olvidaba su afición a los prostíbulos o su inopinada homofobia.
Ya en 1934, el mismo año de la edición privada de Op Oloop, su cuarto libro, Filloy era señalado por Alfonso Reyes como el progenitor de una nueva dinastía en la literatura americana. La razón de que siete décadas más tarde el sitio asignado al escritor cordobés merezca figurar en una enciclopedia de lugares imaginarios, responde a varios factores. Aunque nadie atina a decir cuáles son exactamente los pecados por los que su obra ha permanecido en una especie de purgatorio de la literatura nacional, sin poder acceder más que en contadas ocasiones al cielo subalterno de la crítica académica.
El prestigio que sus libros supieron ganar entre críticos y escritores de peso, como Borges, Juan José Saer o Julio Cortázar ("¿qué será de Filloy, che?", se lee en un célebre pasaje de Rayuela que rinde homenaje a la exploración del mundo de los linyeras que lleva a cabo el autor cordobés en Caterva), pocas veces traspasó el ámbito de las contraseñas cambiadas entre entendidos. Es curioso, pero el número y la jerarquía de los elogios que recibió son inversamente proporcionales a la cantidad de lectores que tuvo. Otro hecho llamativo es la influencia -recal-cada más de una vez por Mempo Giardinelli- de novelas de Filloy como Op Oloop y Caterva sobre el Adán Buenosayres y El banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal. Pese a que pueden trazarse los mapas que conducen a los tesoros escondidos por Filloy y recuperados en obras de sus contemporáneos con mayor suerte, esa influencia pocas veces se cita y mucho menos ha servido para valorar su literatura.
Una opinión frecuente le adjudica a la complejidad de su estilo la escasa recepción que consiguieron sus libros. Es una hipótesis que a duras penas podría explicar su persistente anonimato entre el gran público, pero no dice nada acerca de la marginalidad de su escritura entre quienes escriben las viejas y nuevas historias de la literatura argentina. Por ejemplo, una novela como El frasquito, de Luis Gusmán, publicada en 1973, el mismo año en que La potra de Filloy aparecía en la prestigiosa editorial Paidós, propone una especulación teórica (cruzada por la impronta lacaniana) que no es menos compleja ni se resiste menos a una comprensión lineal que algunos títulos del narrador y poeta cordobés. Y, de hecho, ello no ha sido un obstáculo para que los críticos sepan cómo ubicar a Gusmán en el panorama de la experimentación.
Lo cierto es que el propio Filloy contribuyó a la creación del mito del escritor escondido. Lo hizo al menos en dos planos. Por un lado, permaneció completamente ajeno a las modas literarias del momento. A fines de los 60, cuando se reeditaron sus novelas Op Oloop y ¡Estafen!, ratificó que no tenía ningún interés en lo que María Teresa Gramuglio ha llamado "las corrientes telúrico-maravillosas for export que alimentaban a la narrativa hispanoamericana más exitosa por esos años". Por otro lado, persistió en dar a sus libros una difusión casi secreta. A las puertas del boom, cuando incluso Gabriel García Márquez se asombraba de haber visto caer una novela de Cortázar de la bolsa de las compras de un ama de casa de Buenos Aires (una anécdota que ilustraba sobre la fuerza del mercado editorial para hacer que los libros se vendieran como pan caliente, incluso en los supermercados), Filloy todavía se enorgullecía de haber ejercido lo que denominaba la edicta amicorum: hacía tiradas que no superaban los 500 ejemplares, los cuales eran distribuidos por su cuenta entre amigos y conocidos.
La obra de Filloy, excesiva no sólo en virtud de su volumen, sino también porque propone grados de provocación infrecuentes y oscilaciones en la escritura que a veces requieren de muchísima paciencia, no dejó género sin visitar. Publicó, entre otras, las novelas Periplo (1931), Aquende (1935), Finesse (1939), Vil & Vil (1975), obra secuestrada por la Junta Militar y que le valió un interrogatorio de horas, y La purga (1992); el ensayo histórico Urrumpta (1977), que recoge el nombre indígena de Río Cuarto (la ciudad del sur de Córdoba donde vivió 64 años ejerciendo el oficio de juez); el tratado de palindromía Karcino (1988); los libros de relatos Los Ochoa (1972), Tal cual (1980), Gentuza (1991); y los poemarios Balumba (1933) y Elegías (1994, sonetos).Los intentos de rescatar a Filloy de las sombras han sido muchos y siempre en vano. En 1967, cuando la novela Op Oloop (primer título del cordobés que tuvo distribución comercial) fue reeditada en la colección Letras Argentinas de Paidós, Bernardo Verbitsky señalaba en el prólogo que "llevar al lector actual los libros de Filloy significa remediar una fractura".
Pasadas más de tres décadas, la frase mantiene toda su vigencia, y podría volver a utilizarse sin cambiar una coma para describir un panorama que no se ha modificado y que obliga a que cada texto sobre el escritor se sume a una interminable presentación en sociedad.
En algunas bibliotecas y mesas de saldos todavía se consiguen unos pocos libros de Filloy, sacados en préstamo o adquiridos por lectores que se parecen demasiado a los fieles de un raro culto esotérico.
Ahora, la promesa de que ese círculo de iniciados pueda convertirse en una espiral, con circunferencias cada vez más amplias, se renueva gracias a la apuesta del sello Interzona, que acaba de reeditar Los Ochoa y La potra (primero y segundo volúmenes de una saga que se completa con Sexamor y Decio 8A). Aún es muy pronto para ver qué efecto tendrán, pero se trata de una nueva oportunidad para medirse con una obra desbordante, escrita con el desparpajo que sólo permite el hecho de haber permanecido al margen de los circuitos de lecturas hegemónicas.
Quizá haya llegado por fin el momento de leer a Filloy. Eso permitirá dejar de dar por descontada su grandeza (que desde luego existe, pero no en todos sus libros). La potra ofrece además la ventaja de que puede ser pensada como una suerte de nave insignia de la literatura de Filloy, dado que despliega muchos de sus recursos.
El relato, que persigue los amores clandestinos entre una patroncita de origen inglés y un peón de campo, admite en sus madrigueras estilísticas registros que van desde los monólogos alucinados a las jergas que traducen a la escritura la oralidad ingeniosa y procaz de la gauchada, de los conocimientos técnicos sobre la producción agropecuaria a la tesis de Hegel sobre el continente americano como tierra sin historia. Toda una invitación y un desafío, cada vez menos frecuentes en medio de tanta literatura que vende tan bien a fuerza de evitar la libertad y sus peligros.(c) LA GACETA
En 1994, cuando Filloy cumplió 100 años, la celebración de un escritor cuyos libros resultaban prácticamente desconocidos llegó al paroxismo. Más allá del oportunismo de la fecha, parecía sin embargo que había llegado su momento. Pero tanto ruido en torno de Filloy no fue más que un espejismo. Ni siquiera la noticia de que algunas de sus novelas comenzaban a ser traducidas en Holanda y en Alemania permitió leerlo, aunque más no fuera bajo el hechizo que produce lo que ha sido consagrado en el exterior.
En verdad, la repentina curiosidad de los medios nacionales estuvo abocada más que nada a un recitado de récords y hechos curiosos que hacían de Filloy la pieza más rara del museo literario argentino: más de 50 libros, la indomable superstición de utilizar siete letras en los títulos, su gusto por los palíndromos (escribió más de seis mil), la debilidad por recurrir a todos los términos existentes en el diccionario, su participación en la Reforma Universitaria del 18 y un larguísimo etcétera que tampoco olvidaba su afición a los prostíbulos o su inopinada homofobia.
Ya en 1934, el mismo año de la edición privada de Op Oloop, su cuarto libro, Filloy era señalado por Alfonso Reyes como el progenitor de una nueva dinastía en la literatura americana. La razón de que siete décadas más tarde el sitio asignado al escritor cordobés merezca figurar en una enciclopedia de lugares imaginarios, responde a varios factores. Aunque nadie atina a decir cuáles son exactamente los pecados por los que su obra ha permanecido en una especie de purgatorio de la literatura nacional, sin poder acceder más que en contadas ocasiones al cielo subalterno de la crítica académica.
El prestigio que sus libros supieron ganar entre críticos y escritores de peso, como Borges, Juan José Saer o Julio Cortázar ("¿qué será de Filloy, che?", se lee en un célebre pasaje de Rayuela que rinde homenaje a la exploración del mundo de los linyeras que lleva a cabo el autor cordobés en Caterva), pocas veces traspasó el ámbito de las contraseñas cambiadas entre entendidos. Es curioso, pero el número y la jerarquía de los elogios que recibió son inversamente proporcionales a la cantidad de lectores que tuvo. Otro hecho llamativo es la influencia -recal-cada más de una vez por Mempo Giardinelli- de novelas de Filloy como Op Oloop y Caterva sobre el Adán Buenosayres y El banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal. Pese a que pueden trazarse los mapas que conducen a los tesoros escondidos por Filloy y recuperados en obras de sus contemporáneos con mayor suerte, esa influencia pocas veces se cita y mucho menos ha servido para valorar su literatura.
Una opinión frecuente le adjudica a la complejidad de su estilo la escasa recepción que consiguieron sus libros. Es una hipótesis que a duras penas podría explicar su persistente anonimato entre el gran público, pero no dice nada acerca de la marginalidad de su escritura entre quienes escriben las viejas y nuevas historias de la literatura argentina. Por ejemplo, una novela como El frasquito, de Luis Gusmán, publicada en 1973, el mismo año en que La potra de Filloy aparecía en la prestigiosa editorial Paidós, propone una especulación teórica (cruzada por la impronta lacaniana) que no es menos compleja ni se resiste menos a una comprensión lineal que algunos títulos del narrador y poeta cordobés. Y, de hecho, ello no ha sido un obstáculo para que los críticos sepan cómo ubicar a Gusmán en el panorama de la experimentación.
Lo cierto es que el propio Filloy contribuyó a la creación del mito del escritor escondido. Lo hizo al menos en dos planos. Por un lado, permaneció completamente ajeno a las modas literarias del momento. A fines de los 60, cuando se reeditaron sus novelas Op Oloop y ¡Estafen!, ratificó que no tenía ningún interés en lo que María Teresa Gramuglio ha llamado "las corrientes telúrico-maravillosas for export que alimentaban a la narrativa hispanoamericana más exitosa por esos años". Por otro lado, persistió en dar a sus libros una difusión casi secreta. A las puertas del boom, cuando incluso Gabriel García Márquez se asombraba de haber visto caer una novela de Cortázar de la bolsa de las compras de un ama de casa de Buenos Aires (una anécdota que ilustraba sobre la fuerza del mercado editorial para hacer que los libros se vendieran como pan caliente, incluso en los supermercados), Filloy todavía se enorgullecía de haber ejercido lo que denominaba la edicta amicorum: hacía tiradas que no superaban los 500 ejemplares, los cuales eran distribuidos por su cuenta entre amigos y conocidos.
La obra de Filloy, excesiva no sólo en virtud de su volumen, sino también porque propone grados de provocación infrecuentes y oscilaciones en la escritura que a veces requieren de muchísima paciencia, no dejó género sin visitar. Publicó, entre otras, las novelas Periplo (1931), Aquende (1935), Finesse (1939), Vil & Vil (1975), obra secuestrada por la Junta Militar y que le valió un interrogatorio de horas, y La purga (1992); el ensayo histórico Urrumpta (1977), que recoge el nombre indígena de Río Cuarto (la ciudad del sur de Córdoba donde vivió 64 años ejerciendo el oficio de juez); el tratado de palindromía Karcino (1988); los libros de relatos Los Ochoa (1972), Tal cual (1980), Gentuza (1991); y los poemarios Balumba (1933) y Elegías (1994, sonetos).Los intentos de rescatar a Filloy de las sombras han sido muchos y siempre en vano. En 1967, cuando la novela Op Oloop (primer título del cordobés que tuvo distribución comercial) fue reeditada en la colección Letras Argentinas de Paidós, Bernardo Verbitsky señalaba en el prólogo que "llevar al lector actual los libros de Filloy significa remediar una fractura".
Pasadas más de tres décadas, la frase mantiene toda su vigencia, y podría volver a utilizarse sin cambiar una coma para describir un panorama que no se ha modificado y que obliga a que cada texto sobre el escritor se sume a una interminable presentación en sociedad.
En algunas bibliotecas y mesas de saldos todavía se consiguen unos pocos libros de Filloy, sacados en préstamo o adquiridos por lectores que se parecen demasiado a los fieles de un raro culto esotérico.
Ahora, la promesa de que ese círculo de iniciados pueda convertirse en una espiral, con circunferencias cada vez más amplias, se renueva gracias a la apuesta del sello Interzona, que acaba de reeditar Los Ochoa y La potra (primero y segundo volúmenes de una saga que se completa con Sexamor y Decio 8A). Aún es muy pronto para ver qué efecto tendrán, pero se trata de una nueva oportunidad para medirse con una obra desbordante, escrita con el desparpajo que sólo permite el hecho de haber permanecido al margen de los circuitos de lecturas hegemónicas.
Quizá haya llegado por fin el momento de leer a Filloy. Eso permitirá dejar de dar por descontada su grandeza (que desde luego existe, pero no en todos sus libros). La potra ofrece además la ventaja de que puede ser pensada como una suerte de nave insignia de la literatura de Filloy, dado que despliega muchos de sus recursos.
El relato, que persigue los amores clandestinos entre una patroncita de origen inglés y un peón de campo, admite en sus madrigueras estilísticas registros que van desde los monólogos alucinados a las jergas que traducen a la escritura la oralidad ingeniosa y procaz de la gauchada, de los conocimientos técnicos sobre la producción agropecuaria a la tesis de Hegel sobre el continente americano como tierra sin historia. Toda una invitación y un desafío, cada vez menos frecuentes en medio de tanta literatura que vende tan bien a fuerza de evitar la libertad y sus peligros.(c) LA GACETA
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