Sobre la naturaleza del humor

Para LA GACETA - TUCUMAN

24 Agosto 2003
Lo que llamamos realidad se halla aureolado de lo que, sin ser real, constituye algo así como su atmósfera. En esa región se encuentra lo que es posible, sin ser empero un hecho; lo que no puede ser señalado con el dedo por ser abstracto, o futuro, o pasado, y sólo puede entonces captarse mediante una representación; lo que no sólo no está dado, sino que es exactamente lo contrario de lo dado, pero por eso mismo configura una evocación inevitable; lo que, en una palabra, sin ser real, es "casi" real.
Nótese que lo "casi" real no se reduce a la pura irrealidad: un círculo cuadrado, una montaña infinita o un hombre inmortal no cuentan en su ámbito. Este, si bien "irreal", es fronterizo de la realidad. Y como la comprensión de toda realidad exige la percepción de sus límites, cabe afirmar que sólo comprende los hechos quien es capaz de aprehender ese medio amniótico de "no hechos" en que aquellos se bañan.La ciencia, la filosofía, la literatura de ficción, la poesía son capaces de iluminar la realidad precisamente porque tienden a ir más allá de los hechos crudos, por su aptitud de sumirse en esas aguas nutricias de las que las puras cosas emergen, aquí y allá, como cristalizaciones.
Pues bien, el humor -aunque ello no siempre resulte evidente- pertenece a la familia de aquellas ilustres actividades del espíritu, productoras todas de alguna clase de teoría de la realidad.
El motivo que impide percibir ese parentesco es que el humor forma parte de todo aquello que, en los negocios ordinarios de la vida, "no va en serio". Es cierto que una observación reflexiva advierte sin esfuerzo que el humor, en algunas de sus variedades, cala muy hondo en "lo que va en serio", pero de buenas a primeras lo humorístico no ha de tomarse literalmente; su letra no es la de la prosa en que se componen los asuntos corrientes de las personas. Un contrato no se redacta ni se firma en broma, no es un chiste pagar impuestos ni cumplir horarios. Por otra parte, es arduo avistar una semejanza entre el humor y unos menesteres que, como la filosofía, la ciencia y la poesía, comercian sin conflicto en registros del espíritu de los que lo humorístico se halla por completo excluido, a saber: la solemnidad, el duelo, la melancolía. Cuando se celebra misa, cuando se entona el himno nacional, cuando se comunica un pésame conviene abstenerse del humor.¿Por qué nos empeñamos en sostener, entonces, que el humor es pariente de aquellos oficios "teóricos"? Pues porque creemos poder identificar el modo en que la mirada humorística aprehende la realidad, y, si no erramos en nuestra creencia, resultará que ese modo es análogo al de aquellas actividades "serias", aunque -como esperamos mostrar- lo es en sentido contrario.
En efecto, hemos dicho que las cosas reales se hallan como suspendidas en un medio de "no cosas", o de cosas virtuales, que ejercen una gravitación sin la cual la realidad no podría ser comprendida. Esa gravitación obra en dos sentidos: por una parte, atrae a las cosas hacia un ser más que lo que son, las impulsa hacia la unión con otras mediante las que agrandarían su entidad; por otra parte, retrae las cosas hacia un ser menos que lo que son, las disuelve en sus componentes de menor valía. He aquí que de alguien que no conocemos nos dicen que es abogado; podemos entender que es un profesional de las leyes y por ende de la justicia, una persona habilitada para llegar a ser nada menos que juez. Pero también podemos entender que es un diestro en expedientes tribunalicios, acaso un picapleitos no ajeno a vaya uno a saber qué manejos. La primera perspectiva exalta el rasgo percibido vinculándolo con los valores superiores mediante los cuales los portadores de ese rasgo definen su propia realidad; nos dicta locuciones como: "El letrado Juan Ramírez, docto en leyes". La segunda perspectiva mengua los quilates del rasgo percibido, alumbrando sus aspectos turbios y arruinando sus pretensiones de grandeza; nos dicta frases ingeniosas como: "El letrado Juan Ramírez, abogado pero honesto...". En cuanto a la realidad misma, es seguro que se halla en algún punto comprendido entre las posibilidades extremas que captan una y otra manera de mirar.
El ejemplo dado es generalizable a todos los asuntos humanos, los únicos que constituyen la materia del humor. (Como se sabe, cuando este parece versar de la naturaleza, a la manera de las fábulas, se trata de una adjudicación de atributos humanos a los animales o a las plantas).
Ahora bien, mientras la ciencia y la filosofía comprenden la realidad desde su concepto, esto es, otorgándole el crédito necesario para elevarse al orden abstracto de las definiciones (que las cosas, de hecho, nunca alcanzan), y mientras la poesía va más lejos aun, para expresar el anhelo de universo que late en el alma de los objetos, el humor en cambio delata lo humilde de su condición, lo ridículo de una solicitud de crédito presentada por lo que es tan poca cosa.
Así, la antropología o la sociología, definiendo el matrimonio, dirán algo como: "Institución que regula la actividad sexual de los individuos, estabilizándola en vista de la reproducción de la especie y de la socialización de la progenie"; "Nupcias perennes de los cuerpos y las almas", dirá la poesía; "Helado sepulcro de la pasión", comentará el humor.
Este, en suma, pertenece al género de las actitudes que contemplan los hechos desde cierta distancia; su gesto fundamental es "teórico", pero en vez de observar hacia arriba observa hacia abajo, donde aparece la diferencia entre lo que las cosas son y lo que afectan ser; donde las cosas, en fin, muestran su hilacha. La súbita percepción de la hilacha de las cosas es lo que dispara la carcajada, o la risa, o la sonrisa, según la calidad de la mirada humorística.
Porque es claro que las formas del humor configuran una escala, en cuyos peldaños interiores hallamos la mera burla, la complicidad de bufón, mientras que en los grados superiores nos las habemos con la ironía que capta verdades sutiles y profundas, y que no carece de un matiz de compasión, o de simpatía para con aquello que le mueve a sonreír.
Si lo que llevamos dicho es verdad, se comprenderá fácilmente por qué el humor ha sido siempre uno de los medios más eficaces para poner en tela de juicio cualquier orden social o político. Puesto que su mirada es intrínsecamente crítica, bastará con que se dirija a un sistema de costumbres, o de valores, o de poderes, para que reduzca al absurdo la justificación que de sí mismos dan tales regímenes. La más disolvente crítica de las ideologías es, por eso, la que recurre al sentido del humor. Recíprocamente, donde este termina, "comienza el campo de concentración", según aseveraba E. Ionesco.
¿Por qué, sin embargo -salvo caso de despotismo absoluto o de estupidez extrema- el humor es tolerado, y aun requerido? Pues porque, a diferencia de otras actitudes críticas, como la del grave filósofo que nos endilga sermones sobre los males del mundo, hay en el humor un aire de levedad -de gracia, precisamente- que suscita inmediatos efectos terapéuticos. Los trabajos que forzosamente sobrellevamos por causa de los conflictos inherentes a los vínculos que nos ligan con nosotros mismos y con los demás, hallan alivio en el gesto o en el dicho que declara esas contradicciones, y al declararlas, nos las pone fuera, como si nos purgara de ellas. Y, puestas a distancia, no nos pesan ya con la fuerza del drama ni nos hieren con el filo de la tragedia. Lenitivo y analgésico del espíritu, el humor es un artículo de primera necesidad. Sus propiedades higiénicas pueden verificarse sencillamente en ocasión de la política y de los velorios, circunstancias que -de no mediar la faena de los humoristas- sólo serían fuente de tribulaciones.
Nuestro país ha sido pródigo en la generación de excelentes profesionales del humor, tal vez en virtud del cuasi teorema según el que la calidad de los humoristas de una nación varía en razón inversa de la de sus gobernantes. (Un caso límite es el que se presenta cuando los gobernantes resultan ser los peores posibles; en ese caso los extremos se tocan, los gobernantes se constituyen ipso facto en los mejores humoristas, y no hay muestras de humor más meritorias que la sola repetición de sus dichos).Releemos estas líneas y advertimos que, aunque lo que ellas afirman podría ser ejemplificado con lo hecho por cualquiera de nuestros artistas del humor, he aquí que han sido concebidas con especial referencia a la obra de Quino.
Y es que esa obra, por su extensión y por su hondura, encarna en grado de perfección el concepto del humor que tratamos de exponer.
No hay aspecto de la condición humana que haya escapado de la mirada de Quino: los pequeños incidentes que componen la vida cotidiana, las relaciones familiares, los usos y costumbres que emanan de la estructura de clases de la sociedad, los objetos y los decorados que constituyen su paisaje, los vínculos de la humanidad con la naturaleza son todos asuntos que han dado materia a su talento.
Este, por su parte, ha consistido en proyectar esos asuntos contra el telón de fondo de una interrogación por el sentido último de los actos; de ahí las frecuentes incursiones teológicas de su pluma, que no hubieran desagradado a Leibniz pero tampoco a Voltaire. Porque es claro que Quino, humor mediante, es un pensador, y acaso de los más perspicaces que ha dado nuestra República.
El efecto de sus dibujos resulta de que estos descubren, en los lugares más inocentes, o en los más respetables, una fisura de lo humano que separa lo poco que somos de lo mucho que valemos. Y la descubren no como quien pone el dedo en la llaga, sino como quien se compadece de los que la sufren; por eso su efecto no se manifiesta a mandíbula batiente, sino más bien en una sonrisa comprensiva.
La misma que solicitamos para nosotros, especialmente por parte de los humoristas de profesión, en caso de que el precario razonamiento que acabamos de presentar resulte un disparate.(c) LA GACETA

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