24 Agosto 2003 Seguir en 

Convertido en un clásico de las letras del siglo XX, John Cheever (1912-1982) es reeditado por Emecé en el género del cual fue maestro: la narrativa breve -no brevísima, aclaro-. Son textos medulosos, de construcción elaborada, en los que suceden cosas. A diferencia de Cuentos y relatos, de 1980, que reunía cuarenta y nueve textos impresos en letra pequeñita y márgenes mezquinos, esta edición incluye solamente dieciocho, cómodamente distribuidos en unas 380 páginas. Toda una pérdida, porque leer a Cheever puede ser adictivo, y uno queda con ganas de más. Pero en otro sentido es una ganancia, ya que Rodrigo Fresán, el narrador y crítico argentino encargado de la selección, del prólogo y de una breve introducción previa a cada relato, selecciona bien, prologa bien y encuentra material del mismo Cheever -sus Diarios, su correspondencia- para un breve comentario que integra cada cuento a la vida de su creador, una vida por cierto no carente de vicisitudes pesarosas.
Escritor precoz, colaborador asiduo de The New Yorker, fue celebrado por la crítica y seguido fielmente por los lectores. Pero los demonios de Cheever se encarnaron en sus relaciones familiares conflictivas y en su alcoholismo, y es fácil notar la frecuencia con que ambos campean en sus relatos. El también estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), quien dio sustento teórico al cuento moderno como género literario, fue acosado por idénticos demonios, pero, más pudoroso, casi no incluye la bebida en sus historias. Brillante narrador y perceptivo crítico, Poe hubiera celebrado la unidad de efecto que Cheever logra en cada cuento y la originalidad que despliega en su desarrollo.
Cheever ha sido llamado "el Chekhov de los suburbios", por ubicar la mayoría de sus tramas en esa elegante geografía cercana a las grandes ciudades donde transcurren las vidas cómodas y bastante previsibles de personajes de una clase media alta. Estos hombres y mujeres, victimarios a veces de sus propios hijos, suelen llenar sus vacíos afectivos con infidelidades, reuniones sociales matizadas con copiosas libaciones, recuentos de qué es lo que tienen sus vecinos y de lo que ellos carecen, todo impregnado de bastante hipocresía y mezclado sabiamente con problemas de carácter más universal, como la libertad, la responsabilidad, el paso del tiempo y todas esas tensiones espirituales inseparables de la condición humana.
La selección incluye, afortunadamente, joyitas como "El marido rural", sutil incursión en la psicología del hombre que va dejando su juventud; "El nadador" y "El enorme receptor de radio", con esos tintes fantásticos que acentúan la realidad de sus planteos y "Adiós hermano mío", cuya inteligente forma de ensamblar la tradición clásica y la herencia puritana, ingredientes fundacionales de la cultura yanqui, configuran una suerte de cosmos simbólico en el que el protagonista debe definir su adhesión a los valores que van a guiar su vida.
Cheever no filosofa ni predica: muestra, sugiere, describe con sencillez, avanza sin malabarismos retóricos, traza sus personajes a través de sus actitudes, conserva el foco de atención sobre su protagonista, casi siempre varón, habitualmente en precario equilibrio sobre la cuerda de su propio destino, a menudo sólo en escenarios que recuerdan los cuadros de Edward Hopper.
¿Pesimismo, rasgo reiterado en la narrativa breve del siglo XX? No mucho. Como en la caja de Pandora, siempre queda la esperanza, que a menudo adquiere un brillo inusitado: "...y me alejé silbando alegremente en la oscuridad", la frase final del excelente "El ladrón de Shady Hill" es emblemática.
La traducción es de Aníbal Leal, quien la hizo para la edición de 1980 con una solvencia que compite con su apellido para desmentir aquello de "traduttore, tradittore". (c) LA GACETA
Escritor precoz, colaborador asiduo de The New Yorker, fue celebrado por la crítica y seguido fielmente por los lectores. Pero los demonios de Cheever se encarnaron en sus relaciones familiares conflictivas y en su alcoholismo, y es fácil notar la frecuencia con que ambos campean en sus relatos. El también estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), quien dio sustento teórico al cuento moderno como género literario, fue acosado por idénticos demonios, pero, más pudoroso, casi no incluye la bebida en sus historias. Brillante narrador y perceptivo crítico, Poe hubiera celebrado la unidad de efecto que Cheever logra en cada cuento y la originalidad que despliega en su desarrollo.
Cheever ha sido llamado "el Chekhov de los suburbios", por ubicar la mayoría de sus tramas en esa elegante geografía cercana a las grandes ciudades donde transcurren las vidas cómodas y bastante previsibles de personajes de una clase media alta. Estos hombres y mujeres, victimarios a veces de sus propios hijos, suelen llenar sus vacíos afectivos con infidelidades, reuniones sociales matizadas con copiosas libaciones, recuentos de qué es lo que tienen sus vecinos y de lo que ellos carecen, todo impregnado de bastante hipocresía y mezclado sabiamente con problemas de carácter más universal, como la libertad, la responsabilidad, el paso del tiempo y todas esas tensiones espirituales inseparables de la condición humana.
La selección incluye, afortunadamente, joyitas como "El marido rural", sutil incursión en la psicología del hombre que va dejando su juventud; "El nadador" y "El enorme receptor de radio", con esos tintes fantásticos que acentúan la realidad de sus planteos y "Adiós hermano mío", cuya inteligente forma de ensamblar la tradición clásica y la herencia puritana, ingredientes fundacionales de la cultura yanqui, configuran una suerte de cosmos simbólico en el que el protagonista debe definir su adhesión a los valores que van a guiar su vida.
Cheever no filosofa ni predica: muestra, sugiere, describe con sencillez, avanza sin malabarismos retóricos, traza sus personajes a través de sus actitudes, conserva el foco de atención sobre su protagonista, casi siempre varón, habitualmente en precario equilibrio sobre la cuerda de su propio destino, a menudo sólo en escenarios que recuerdan los cuadros de Edward Hopper.
¿Pesimismo, rasgo reiterado en la narrativa breve del siglo XX? No mucho. Como en la caja de Pandora, siempre queda la esperanza, que a menudo adquiere un brillo inusitado: "...y me alejé silbando alegremente en la oscuridad", la frase final del excelente "El ladrón de Shady Hill" es emblemática.
La traducción es de Aníbal Leal, quien la hizo para la edición de 1980 con una solvencia que compite con su apellido para desmentir aquello de "traduttore, tradittore". (c) LA GACETA
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